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Con Raquel y Dani de paseo en Sidi Ifni
No una sino dos veces que vinistéis a vernos en el viaje… qué suerte la nuestra… y cómo nos gustó Sidi Ifni, la verdad, con sus casas encaladas y su aire colonial…

El tren más largo del mundo
Así es, nos embarcamos en el el tren màs largo del mundo, o eso dicen. Està en Mauritania. Jorge nos quiso acompañar en la aventura, dura. Más de doce horas de un vagón cochambroso en el que la mayoría de los asientos eran simples tablones de madera. Suerte que la gente que conocimos (como dos malienses camino a comerse España, aquel país donde dicen que se puede ganar 600 o 700 euros al mes…) era realmente interesante.

No se si se nos quedó a ninguno la sonrisa en la boca después del trayecto, ni si volveremos, pero fue una de esas experiencias que había que probar. Para eso viajamos, ¿no?
Desierto
A África de cabo a rabo le gusta el desierto. Le gusta ver la inmensidad de sus dunas, oír el silencio, oler el viento, sentir cómo escurre la arena entre los dedos, paladear la sensación de soledad y libertad.
Allá que nos fuimos, al corazón de Mauritania para sumergirnos de lleno en el desierto del Sáhara, entre dunas de color cambiante con la luz del sol. Y descubrimos que el desierto está lleno de vida y no solo en los oasis.
Arantza se animó a venir con nosotros, a subirse en un camello y recorrer los kilómetros que separan Chinguetti del oasis de Lagueila.

Donde viven los diola
En Oussouye y Mlomp , dos pueblos de Casamance, la región más al sur de Senegal, pudimos ver en detalle dos tipos de construcciones en adobe muy peculiares: las casas a impluvium y las casas à étages (casas de dos pisos). No en vano los diola, la tribu predominante en la zona, están considerados de los mejores arquitectos de África.
Las casas a impluvium son circulares, con ventanas diminutas y una sólida puerta, como si fueran una fortaleza. El interior se caracterizan por tener un patio central con un depósito al que el tejado, en forma de embudo, vierte el agua de lluvia. Alrededor del patio hay habitaciones casi sin ventanas, lo que permite que mantengan una temperatura constante. La luz de la casa, patio y habitaciones incluidas, proviene fundamentalmente del espacio abierto en el centro del tejado.
Esta estructura permitía a los diola defenderse de los ataques de otras tribus y de los colonos blancos. La familia y el ganado se encerraba en su interior, donde tenían víveres, cerraban las puertas herméticamente y se abastecían de agua a través del tejado. Un sistema sencillo y al parecer, eficaz.
Las casas à étages son de casas de adobe de dos pisos. Las que vimos en Oussouye y Mlomp son únicas en África. Tienen columnas en el exterior que delimitan un porche que recorre todo el frontal de la casa, en ambos pisos. En el interior se distribuyen la cocina, el almacén para el grano y alguna habitación en el piso de abajo. Una amplia escalera da acceso al piso superior, en el que se encuentran los dormitorios.
Olga e Isa vinieron a visitarnos a Oussouye y dormimos en un albergue ubicado en una casa à étages, la que aparece en la foto. Y, cómo no, celebramos su visita comiendo un caldou, un plato de arroz con pescado y hojas de hibisco, que es lo típico de la zona. ¡Gracias por venir! Esperamos que disfrutaseis de Casamance.

Con los pies en la arena
¿Esto es Cap Skirring? Pero si parece Lloret de Mar… Según llegamos al pueblo, la primera vista es su calle más comercial y desde la ventanilla del sept-places (el decrépito 505 que nos trae) vemos desfilar ambos lados restaurantes, bares, hoteles, tiendas de recuerdos, puestos de sandalias… Bueno, no exageremos, que en Lloret hay edifcios de más de dos plantas y aquí no…
Poco tiempo tarda uno en darse cuenta de que este pueblacho, uno de los lugares más turísticos del país, no tiene nada que ver con el desarrollo turístico que hemos sufrido en el Mediterráneo. El pueblo está a 500 metros de la costa, con lo que la playa está libre de edificios. Por alguna sensacional razón, los hotelitos (pequeños establecimientos de bungalows y sólo alguno grande, formato “resort del Caribe, todo incluido”) han sido obligados a mantenerse a una prudente distaancia de la playa y, entre las palmeras y otros árboles, cuesta encontrarlos desde el agua. Nada que ver con los rascacielos que decoran nuestras playas españolas.
Pero no todo en el pueblo es turismo, también conserva la manera más tradicional de ganarse la vida: la pesca. Cada mañana, si el mar no está muy revuelto, los pescadores lanzan sus coloridas piraguas al agua para regresar con sus capturas a medio día, cuando el calor más aprieta. Es necesaria una docena de hombres para sacar las embarcaciones del agua, haciéndolas rodar sobre troncos para asentarlas en la arena, lejos de las olas. Y una vez recogida la pesca de las redes, son las mujeres las que seleccionan y limpian el pescado. Las entrañas de los peces acaban en la arena, donde las gaviotas y los buitres (sí, sí, buitres) dan buena cuenta de ellas.
Nosotros utilizamos las piraguas (a motor) para explorar la zona. Pero no el mar, sino el río Casamance (en esta zona una ría, salada y con mareas), sus ramales y los “no puedes irte sin ver” sus “famosos” manglares. Cuando baja la marea se pueden ver las raíces de las plantas llenas de ostras y, si hubiéramos llegado unas semanas antes, miles de pájaros que emigran desde Europa. Nuestro guía tuvo que contarnos otras cosas, como la historia de la isla de Carabane (uno de los antiguos puntos de agrupamiento de esclavos antes de enviarlos a América) o los secaderos de pescado de Elinkine, en los que secan y ahuman pescado (raya, cazón, pez gato…) para exportar a países de la zona sin costa cercana o en los que la pesca no está tan desarrollada. “Aquí eso no nos gusta” nos dijo el guía “aquí nos lo comemos fresco”. Solo faltaría, pensamos para nuestros adentros.
Y nosotros no íbamos a ser menos que los locales y casi cada día comimos pescado bien fresco, recién sacado del agua. Eso sí, la oferta gastronómica no era muy variada: pescado a la brasa o pescado con arroz. Y para no aburrirse, a veces preparan el arroz frito en vez de hervido. Tuvimos también ocasión de probar las gambas locales y de constatar el daño que los cubitos Maggi han hecho a la cocina…
Juan y Cristina quisieron venir a ver las piraguas de Cap Skirring, decoradas con diseños de colores y lo que parecían nombres o lemas (solo aprendimos unas pocas palabras en diola, la lengua local). Y con ellos nos comimos unos pescaditos a la brasa en una de las cabañas de la playa, con los pies en la arena, disfrutando de la brisa del mar.

