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Y nosotros qué hicimos
Hemos oído rumores de que se cruzan apuestas en circuitos no comerciales a raíz de la crónica Y ¿tú qué harías? sobre si hemos pagado a Joao, si hemos soltado alguna gasosa o si aún estamos en una cárcel angoleña. Señoras, señores, terminemos con los rumores: esto es lo que nosotros hicimos.
Lo que decidimos
1. Quisimos actuar con rectitud, ser fieles a nuestros principios y hacer las cosas como se deben. Así que descartamos la opción d) (dar dinero a Joao para que sobornase a los de inmigración y así agilizar el trámite de renovación del visado).
2. Vistos los altos costes del país, no podíamos quedarnos más tiempo, así que descartamos también la opción c) (retrasar el vuelo e iniciar el trámite de renovación con normalidad).
3. Así que lo que hicimos fue ir el viernes a inmigración con la idea de intentar conseguir que nos tramitasen la renovación en el día (opción b) pero si esto no fuera posible (sin pagar gasosas), entonces nos iríamos al aeropuerto dispuestos a pagar la multa por tener el visado caducado (opción a).
Los acontecimientos
a) Fuimos el viernes a inmigración y, oh, sorpresa, solo atienden solicitudes de renovación de lunes a jueves. Así que era imposible renovar nuestros visados. Consultamos con tres trabajadores en sus respectivas ventanillas y cada uno nos dijo algo diferente: una afirmaba que hay una ley por la que un visado que caduca en fin de semana no recibe multa, sobre todo si el lunes estás dejando el país; otro estaba seguro de que nos tocaría pagar una multa en el aeropuerto; la tercera consideraba que si no podíamos renovar el visado a tiempo y nos íbamos el mismo lunes, no deberían multarnos al intentar salir de Angola. En resumen, que iba a quedar a juicio del policia de turno que nos atendiera en el aeropuerto.
b) El lunes, con algo de miedo pero convencidos de estar haciendo las cosas bien, fuimos al aeropuerto. El oficial de inmigración, al darse cuenta de que nuestro visado estaba caducado, nos dijo que teníamos que pagar una multa por los dos días en que excedía el plazo de validez. Con tranquilidad le relatamos los pasos que habíamos dado y cómo no nos había sido posible renovar el visado. Muy serio, insistía en que si el visado está caducado, nos tocaba una multa. Nuestra cara de buenas personas le hizo dudar y se fue a hablar con un superior. Un minuto después, con un gesto, nos pidió que lo acompañásemos a una sala llena de policías. El superior tenía claro que si se excede el plazo del visado, corresponde una multa. Pero al contarle nosotros la historia, justo al llegar a la parte de “…los viernes no atienden solicitudes de renovación…” y ver cómo asentía casi imperceptiblemente con la cabeza, sabíamos que habíamos ganado. Estábamos sorprendidos y contentos a partes iguales. Quedaron convencidos de que habíamos intentado hacer las cosas bien y de que no nos había sido posible renovar el visado. No sería justo multarnos. Y no lo hicieron. Dejamos Angola con la conciencia tranquila y el marcador de “sobornos y multas” a cero.
Y tú, ¿qué harías?
¿Tú qué harías?
Los hechos:
1. El 3 de septiembre, en la ciudad namibia de Oshakati (en el norte del país) nos dan el visado de visita de corta duración para entrar en Angola. A pesar de rogarles por un visado de 10 días, nos lo expiden por solo 7. Problema: el día 13 de septiembre tenemos un vuelo para salir del país hacia Santo Tomé. Eso nos obligará a prorrogarlo en Luanda, un trámite que intuimos dificil pero que en el consulado dicen que es rápido y gratuito.
2. Entramos el día 4 de septiembre por la frontera sur del país. Es decir, el visado caducará el sábado 11. En efecto tendremos que extender el visado por 2 días. Problema: caduca un sábado y la Administración en fin de semana no trabaja.
3. Por lo que conocemos de otros viajeros, solo renuevan los visados cuando vencen, lo cual parece también un problema. Según eso solo podríamos renovarlo el lunes, pero ese mismo día estaríamos saliendo en un avión del país. Es decir, el 13 o cogemos el avión, con un visado caducado, o intentamos prorrogar el visado, obviamente teniendo que retrasar el vuelo (o perderlo).
4. Al llegar a Luanda, hablando con españoles habituados a trámites con la Administración, nos confirman lo que sospechábamos: el tiempo de renovación es incierto. Lo mismo pueden tardar un día que una semana. Eso es, sorpresa, un gran problema: si empezamos la renovación se podrían quedar con el pasaporte por un tiempo indefinido, sin saber con antelación cuándo podríamos salir del país.
5. Tenemos un billete de avión comprado para salir el día 13 por la mañana rumbo a Santo Tomé. Nos gustaría cogerlo aunque, vistas las opciones, podríamos atrasarlo, pero nos dicen que el cambio de billete suele costar $100 dólares por billete…
Con esta situación llegamos a Luanda el jueves 9. Solo tenemos un interés: salir el lunes en el vuelo a Santo Tomé. Hablando con unos, con otros, intentando sopesar qué es lo más prudente, sensato y económicamente razonable se nos presentan las siguientes opciones…
Nosotros optamos por una de ellas, después de pasarnos un día entero de averiguaciones, gestiones, charlas con unos y con otros… pero ¿tú qué harías?
a) Ir al aeropuerto sin intentar renovar el visado. Es decir, intentar salir con el visado caducado. Tocaría contarles la historia a los policías allí. Según sea el policía de inmigración de turno puede apiadarse de nosotros y dejarnos salir, haciendo la vista gorda. O ponernos una multa (que se calcula en $150 por día) por estar ilegales en el país. O incluso, aunque poco probable, retenernos y meternos en la cárcel. O visto esto, sugerirnos que si le damos un dinero ($50, $100, $150… no está claro…) para una “gaseosa” obviar el asunto, lo cual, va contra nuestros principios…
b) Ir a Inmigración el viernes e intentar iniciar el proceso de renovación aunque el visado no haya caducado, explicando porqué lo hacemos y el porqué de nuestra urgencia. Pudiera ser que se apiadaran de nosotros y nos lo renovaran en un día. Pero es poco probable. Pero podría ser que se quedaran el pasaporte más días tramitando la renovación, con lo que no podríamos salir del país, ni pagando multa ni nada, el lunes. Perderíamos entonces el billete de avión ($280 p.p.) y tendríamos que comprar uno nuevo, aparte de los elevadísimos gastos de vivir en este país hasta que saliera el siguiente vuelo.
c) Intentar cambiar el billete de día, retrasarlo 3 días (el siguiente vuelo a Santo Tomé) aunque cueste una pasta, e iniciar la renovación en Inmigración con normalidad. De esa manera, tendríamos más margen por si en vez de un día o dos tardan más tramitar en Inmigración la prórroga. Pero ni aun con esas sabríamos exactamente cuándo lo podrían tener y si el margen de tres días más en el vuelo sería suficiente, por lo que tendríamos que atrasarlo una segunda vez.
d) Hablar con Joao (nombre ficticio) quien por $100 por pasaporte puede tramitar la renovación del visado en el mismo día. De esos cien dólares, apenas 15 ó 20 son para él. El resto, gaseosas a pagar a los funcionarios que, dejando sus otras tareas, dieran prioridad a nuestra solicitud. Vaya, un soborno en toda regla. Pero un soborno que nos puede permitir salir del país a tiempo (el lunes), sin recibir multa alguna al salir (aprox. $150) sin perder un avión ($275)…
Así que ¿tú qué harías?
Donde dije digo…
Donde dije digo, digo Angola. Estábamos en Oshakati, ciudad al norte de Namibia, de paso hacia Kaokoland, tierra de los himba, y ya que hay un consulado de Angola, y ya que estábamos allí, y ya que nos sobraba tiempo, y ya que teníamos una espinita clavada, indagamos sobre la posibilidad de obtener el visado. De los tres consulados de Angola en los que hemos preguntado (los otros estaban en Ciudad del Cabo y en Windhoek), este fue el que menos documentación pedía y menos cara extrañada puso a nuestra solicitud. Nos decidimos a solicitarlo al volver de Kaokoland. Nos tuvieron un par de días en ascuas pero, al fin, el día 3 de septiembre, a última hora de la mañana, una señorita muy sonriente nos dio los pasaportes con el codiciado visado. Debía de estar tan sonriente porque acabábamos de soltar una buena pasta (160 euros cada uno, más de la que pedían en los otros dos consulados) por una pegatina y una firma en el pasaporte.
Y con Angola, llegó la sorpresa. Las personas con las que habíamos hablado la pintaban desastrosa, corrupta, cara, complicada para desplazarse, llena de bandidos y gente desconsiderada. Casi daba miedo entrar en el país… Y lo que hemos encontrado ha sido gente extremadamente amable, simpática, acogedora, siempre dispuesta a echar una mano o a conversar y echar unas risas, gente con genuina curiosidad por los países y gentes extranjeras. Nuestro miedo, uno de ellos, era cómo desplazarnos, pero el transporte público no solo existe, sino que abunda, es fácil de utilizar y tiene un precio razonable. Además, las infraestructuras son bastante mejores que las de otros países que conocemos. Otro de los miedos: la seguridad. En todo momento hemos sentido que era un país seguro, especialmente en las provincias, donde se pueden dejar cosas a la vista en el coche, dormir en la playa o caminar por la calle de noche, impensable en otros países africanos.
En lo que acertaron aquellas voces es en que es un país muy caro. Especialmente para turistas y expatriados, porque los hoteles, restaurantes, alquiler de coche o de casa son ridículamente caros. Especialmente pero no solo, porque los productos que se venden en el mercado alcanzan unos precios que al ciudadano de a pie le deben de dejar tiritando. Por ejemplo, media docena de huevos cuesta 5 dólares, una lechuga 2 y cada naranja 1. Lo que nadie se explica es cómo llegan a fin de mes quienes tienen sueldos más modestos. Será a base de chanchullos, de vender cualquier cosa (aquí todo se vende, todo se compra) y “gasosas”, digo yo.
¿Que qué son las “gasosas”? Es la propina, el soborno, la mordida, la coima… Es el precio a pagar a un funcionario para que agilice un trámite, a un policía para asegurar el olvido de una multa de tráfico o a un intermediario para acceder a determinados servicios. En definitiva, para arreglar los problemillas cotidianos o salir de alguna situación excepcional. Nosotros no hemos dado ninguna gasosa aún (aún, repito, que nunca se sabe) pero los residentes extranjeros en Angola aseguran que es parte de su día a día en el coche, en la renovación del visado, para desbloquear un negocio… Angola parece ser un país burbujeante que nada en gasosa.
Nuestro paso por el país es de diez días. Diez días en Angola solo dan para rascar un poco su superficie, para adivinar que es un país con un potencial tremendo para el turismo, para intuir que su naturaleza es abrumadora, para sospechar que hierve de vida, para saber que sus gentes son de las más acogedoras de los países que hasta ahora hemos visitado… Diez días en Angola solo dan para quedarnos con ganas de conocerla más.
Cambiando el rumbo
No la habíamos visto tan sonriente en los días anteriores: estaba radiante. Lo interpretamos como un buena señal. Además, esta vez no estaba detrás del cristal blindado, estaba en la sala de espera, hablando con otros compatriotas que tramitaban cualquier documentación. Pintaba bien y nos saludó al vernos. Creíamos que todo eran señales. De las buenas… hasta que la funcionaria de la embajada de Angola en Windhoek se acercó a nosotros y nos soltó, con normalidad: “No, no os vamos a tramitar el visado. Si queréis visitar Angola tenéis que volver a España y solicitarlo allí”. Por unos instantes creímos que nos estaba vacilando, pero nos lo repitió con la misma sonrisa y frialdad en su tono de voz. No era broma. De repente se nos cayó el mundo encima. De repente nuestra ruta encontraba un escollo infranqueable: no podíamos seguir remontando África por la costa atlántica, como era nuestra intención inicial.
Era nuestro cuarto día consecutivo de visita a la embajada de Angola. El primero fuimos a pedir toda la información necesaria para tramitar el visado, pero ya nos dieron las primeras malas noticias: la norma es tramitar únicamente visados para los residentes en ese país y, además, había no sé qué nuevas reglamentaciones que habían entrado vigor (increíblemente) el lunes anterior a nuestra visita y que hacían que las embajadas de Angola hubieran empezado a ser mucho más firmes en los procesos de tramitación de los visados. Es decir, si queríamos pedir el visado en Windhoek o nos hacíamos residentes namibios o podíamos, tal vez, hablar con la embajada española en Namibia para que nos escribieran una carta de apoyo a nuestra solicitud y conseguir con ello hacer la excepción a la regla. Así que allí nos fuimos, zumbando, a pedir el favor a nuestra embajada. Y nos hicieron el dichoso papel, para nuestra alegría y sorpresa, sin mayores dificultades (gracias, Isabel, gracias, Rufino). Parecía que íbamos a sortear el obstáculo inicial.
Regresamos el martes con toda la documentación: pasaporte y su fotocopia; fotos de carnet; carta de la embajada española apoyando nuestra solicitud (y exponiendo que no habíamos solicitado el visado en la embajada de Angola en España hace más de 4 meses porque nos hubiera caducado a los 3 meses, es decir, antes de entrar al país); por si no fuera poco teníamos un billete de avión comprado y emitido para el 13 de septiembre para salir del país, hacia Sao Tomé, para que vieran que no nos íbamos a quedar en el país más tiempo del necesario… Además, íbamos con los estados de nuestras cuentas bancarias (nos habían dicho en la Embajada angoleña en Sudáfrica que nos lo pedirían) y teníamos, incluso, la que pensamos que sería la baza definitiva, irrechazable: una carta de invitación de una amiga de un amigo (gracias por todo, Rosa) que vive en Angola y trabaja para la embajada española allí, que decía que esperaba nuestra visita y que se hacía cargo de nosotros allí. Todo con su membrete y oficialidad… No podía ir mal, pensábamos, lo teníamos todo.
Pero no sirvió de nada. El miércoles pasamos por allí nuevamente a ver si había noticias, pero nos pidieron volver al día siguiente. Tal vez entonces, el encargado de la tramitación de los visados hubiera estudiado nuestra documentación. Y, en efecto, al día siguiente, jueves, nos dieron las malas noticias. No había nada que hacer. No nos emitirían el visado. Suponía que tras Sudáfrica y Namibia nuestro viaje no podía seguir hacia el norte, todo un revés a nuestros planes.
Nadie se extrañó en la embajada española cuando volvimos a contárselo. Se ve que Angola, tras años de guerra civil, de repente se ha encontrado con petroleo. Con mucho. Se ve que están extrayendo más cantidad que Arabia Saudi. Y diamantes. De repente el dinero fluye a mansalva, enriqueciendo a dirigentes, políticos y demás nobles (ex-militares, quiero decir). Así que el turismo les da igual. De hecho, es un engorro. A pesar de que se emiten visados de turismo desde 2007 han debido llegar a la conclusión de que un turista, un observador externo, no les viene demasiado bien, así que todo son dificultades. El país, sumido en la pobreza, debe tener una clase dirigente boyante, rica, riquísma, no demasiado interesada en otro beneficio para el país que no sea el suyo propio. Imaginaos del estado de las cosas: Luanda, su capital, ha sido aupada recientemente a la capital más cara del mundo para que resida un expatriado (según la consultora Mercer) por encima de Tokyo, Moscú u otras ciudades mundialmente famosas por sus precios elevados. De repente todo el mundo quiere ser rico, la fiebre del petroleo…
Sopesamos qué hacer. La verdad es que no teníamos un interés especial por Angola, salvo por el hecho de que estaba en el camino y por ser un país que apenas conoce el turismo. Pero casi todo fueron argumentos en contra: la corrupción campa a sus anchas y seguro que nos iba a afectar antes o después; algunas zonas están plagadas de minas, no se puede visitar a la ligera; además, viajar por el país nos iba a costar la friolera de entre 100 y 150 dólares por día por persona: a esos precios, no dan muchas ganas de explorarlo, de perderse, de pasar días y días en él. En resumen, decidimos no agotar la vía extra oficial que nos habían ofrecido en nuestra embajada (el cónsul español podía llamar a su homólogo angoleño para intentar conseguir como un favor personal que nos emitieran el dichoso visado) y pensamos que dejábamos Angola para otra ocasión. Y de un día para otro, decidimos cambiar la ruta, sin mucho dolor, todo sea dicho.
Así que África de cabo a rabo ahora se dibuja por otros caminos. De repente aparecen en nuestro horizonte Zambia, Malawi y tantos otros países, ciudades, gentes y parques naturales con los que no contábamos. De repente tenemos una hoja en blanco, desconocida. Y nos alegramos de poder ir dibujando nuestra ruta día a día, improvisando, en función de los acontecimientos. En el fondo nos da igual: lo que queremos es viajar, ver mundo, conocer África. Así que viramos al este. Tras Namibia vendrá Zambia, otro gran desconocido. ¿O alguien nos puede contar algo de él sin tener que buscarlo en el mapa?
