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A lo “más remoto” de Senegal… llegó el turismo… y los turistas
El “incidente” del autobús (si es que podemos llamar incidente a tardar 22 horas en recorrer los 193 kilómetros hasta nuestro destino) no nos quitó la ilusión de llegar al País Bassari (una de las zonas más remotas del país y supuestamente una de las menos cambiadas por el turismo de masas) pero sí que nos dejó con la necesidad de recargar las pilas durante un par de días.
El lugar elegido fue el campamento de Badian que resultó ser una iniciativa solidaria de una ONG española. Es el ecoturismo en su máxima expresión: te cobran por lo mismo el doble que en el campamento de al lado que no es “eco”. Pero seamos positivos: con el dinero que se recauda en exceso, según entendimos, llevan a cabo proyectos en los pueblos de la zona. Se hacen pozos, se nutre con medicamentos la casa de salud, se contrata un médico (que el Estado no pone), etc. Además, se da alojamiento a los empleados en casas construidas a tal efecto, suponemos que pagan salarios por encima de mercado y contratan en mejores condiciones… y bueno, pues eso. Todos eco-contentos.
El coñazo es que si eres un eco-turista-sostenible-solidario no debes/puedes hacer nada sin contratar un servicio, ni dejar de comprar una figurita a los varios artistas que allí venden su mercancía. Llega un momento en que casi te hacen sentir culpable por irte a ver tú solo los hipopótamos al río Gambia, a cuya ribera se levanta el campamento, sin un guía que te acompañe los 500 metros hasta el observatorio. O por lavarte tú la ropa, pudiendo dársela a una mujer para que sea ella la que lo haga. O por no querer pagar 3.000 francos (4,5 euros) por un café, pan, mantequilla y mermelada cuando en el pueblo te tomas el café y el pan por 150 (25 céntimos de euro). Eso sí, sin mantequilla (pero por 50 francos más te lo rellenan de carne guisada).
Durante nuestra estancia tuvimos la suerte (o desgracia) de coincidir con un grupo de eco-turistas españoles que iban a estar alojados allí durante 4 días. Fue un gusto conocer y charlar con algunos de ellos pero de repente nuestro oasis de tranquilidad, de puestas de sol junto al río, de pájaros y brisa meciendo las hojas de los árboles, de noches en las que solo se oyen los grillos, se transformó en un patio español: la radio con música del Canto del Loco o Seguridad Social, conversaciones sobre el partido del Madrid del fin de semana anterior, bromas de Chiquito (¡aún siguen vivas!) y ese acento que tanto se oye por el barrio de Salamanca pero tan poco por esta zona del mundo… todo a gritos, por supuesto. Fue… como un salto en el espacio y tiempo, muy impactante e inesperado.
No seamos tan negativos. La suerte fue poder conocer un poco mejor los problemas bucodentales de la población: resulta que venían de turistas-cooperantes y realizaron una revisión a todos los niños y adultos que quisieron del pueblo. Sacaron muelas. Regalaron coches a los niños buenos, como hacía mi dentista en Madrid… Nos confirmaron que el cepillo de dientes tradicional (un palo cuyo extremo desfibran y con el que frotan sus dientes) funciona (no tanto por el cepillo sino por los ácidos y ph y esas cosas que debido a la salivación se generan y que combaten la caries) y que los negros tienen una mandíbula más amplia y unos dientes más profundos, por lo que desguazar la caña de azúcar o abrir botellas con los dientes no les produce tanto daño como a nosotros, los blancos. Bueno es saberlo. Pero tuvimos más suerte aún: en su honor organizaron una fiesta nocturna, junto a una gran fogata, en la que las mujeres (y sólo ellas, manda la tradición) bailaban al son de la percusión. Los hombres desde la barrera estaban más preocupados por intentar que los dentistas les invitaran a unos chupitos de ron o ginebra que de estar a la fiesta. Nada nuevo.
Llegar a Bandafassi, nuestro siguiente destino, nos llevó casi otro día entero. Nos íbamos de la zona mandinga para entrar en la bedik. Nueva etnia, nueva lengua. Lo que habíamos aprendido en dos días, ya no nos serviría… Casi tres horas de espera a que el taxi se llenara con clientes. Una hora de recorrido hasta una ciudad intermedia. Otra hora de espera para ver si encontrábamos un camión o coche que nos llevara al pueblo (el autobús diario salía por la mañana, lo habíamos perdido) y otra para encontrar, negociar y partir con un taxi al dichoso pueblo, tras no encontrar nadie que fuera en la misma dirección.
Llegamos al anochecer al campamento, situado en un pueblo de apenas 20 o 30 casas. Una sola tiendecita para abastecer. En esas condiciones casi fue una suerte que nos prepararan la especialidad local de emergencia: espaguetis con sardinas en aceite. Cómo estaríamos que nos supieron hasta ricos. Y durmimos como troncos en nuestra chocita particular. En toda la región los campamentos (lo que nosotros llamaríamos hostales) reproducen las casas de la región: construcciones redondas, de 4 o 5 metros de diámetro, construidas en adobe, con techo de paja. Algunas como la nuestra con un baño anexo y una cama en un lateral, con mosquitera y todo.
Conscientes de la necesidad de dejar un poco más de dinero en la región, esta vez sí, contratamos un guía que nos llevó de caminata a dos pueblos bedik, una etnia que llegó a esta zona desde Malí en el siglo xiii escapando de nosequé rey que les quería islamizar. Ellos, animistas, decidieron esconderse en las montañas, en pueblos que desde el valle no se veían y, a la vez, fácilmente defendibles en caso de ataque. Y allí se han quedado hasta hoy. Cuando llegaron los misioneros no salieron huyendo y hoy son una mezcla de cristianos y animistas. Vaya, que van a misa el domingo y de vez en cuando sacrifican una gallina por algún espíritu o asunto pendiente…
La verdad es que los pueblos como tal no eran impresionantes, pero su localización sí. En lo alto de los riscos era sorprendente conocer lo duro de su existencia allí durante siglos. Los pozos que tienen apenas duran unos meses con agua. Los campos de cultivo apenas son productivos pues crecen sobre roca. Se trabaja para sobrevivir, poco más. Modernidades como colegios u hospitales quedan a varios, en ocasiones, decenas de kilómetros… Pero de repente, entró un día el turismo en la ecuación, como oportunidad, como posibilidad de un futuro mejor. El turismo como herramienta para generar nuevos ingresos, para mejorar la calidad de vida, algo en lo que siempre he creído, que siempre he apoyado y que hemos disfrutado a lo largo de este viaje, aquí me pareció asfixiante.
En ambos pueblos nos sentimos como huchas andantes. Para pasar por el pueblo hay que pagar un euro y medio por persona. En el primero nos sentimos robados: ni nos enseñaron la adea ni nos contaron nada del pueblo, de sus habitantes o de su historia. Igual porque nadie les ha explicado que tal vez sería bueno dar algo a cambio, aunque sea algo que para ellos no tiene valor: darnos a conocer su cultura, cómo viven, en qué creen… Por suerte en el segundo, mucho mejor organizado -y turistizado, porque tiene carretera hasta el pie de la montaña-, nos dieron una vuelta enseñandonos todo el pueblo y nos contaron (porque preguntamos) qué hacen con el dinero: reparar los techos y las casas de la población en caso de desastre natural, comprar medicinas para la casa de salud, reparar el pozo o el molino de harina en caso de necesidad… de eso se trata. Mejorar las difíciles condiciones de vida con nuestra pequeña ayuda, con nuestra visita. Pero también dando algo a cambio: el conocimiento de esa realidad.
De todas maneras, en ambos pueblos la gente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a vendernos pulseras, pendientes, figuras de arcilla, cestas de paja, cualquier cosa… Por supuesto, cualquier insinuación de sacar una foto a alguna de las mujeres con su tocado tradicional era respondida con un “cadeau” (regalo) . Y claro, los niños, con Chupa-chups en la boca (los que les dieron los del grupo anterior a nosotros) a pedir más… ¿quién les cura luego las caries? ¿los voluntariosos y generosos españolitos? Al igual que en otros pueblos de Camerún, Madagascar o Benín nos habíamos sentido visitantes a los que recibir, a los que enseñar, en estos de Senegal nos sentimos visitantes a los que sablear. Lo importante era conseguir todo lo que pudieran de nosotros. Dimos gracias de que el recorrido solo visitáramos dos poblados. En esas condiciones, se le quitan a uno las ganas de intentar conocer cómo se vive en esos lugares ni conocer a sus gentes.
Dijimos adios al país Bassari anticipadamente. Ni visitamos los poblados peul, los bassari, ni las cascadas ni… Pensamos que iba a ser lo mismo en cada uno de ellos… A estas alturas del viaje, por desgracia, ya no tenemos energías ni humor para este tipo de shows.
De puntillas por Burkina Faso
Aunque Itziar aún tenía algunas agujetas después de tanto baile, las ganas (de ambos) de seguir el viaje pudieron con nosotros. Así que compramos dos billetes y nos embarcamos camino a Banfora. En fila, eso sí, que aquí lo de los apretujones para subir a los autobuses no se lleva.
En el autobús, para nuestra sorpresa, todos los carteles estaban en español, incluidas las instrucciones
en caso de emergencia, los de aire acondicionado e incluso, junto a la matrícula, la plaquita de SP, “Servicio Público”. Nos lo habían contado: en esta parte de África es muy habitual que los autobuses, al igual que los coches, sean los que usábamos en Europa hace 10 años. Este era de hace 15 lo menos y hemos visto otras reliquias históricas mucho mayores… cuanto mejor es la empresa, menos antiguos son sus vehículos. Bueno, algunos de ellos.
En las siete horas hasta Banfora disfrutamos del Sahel en estado puro: lagunas aisladas, en torno a las cuales pequeños pueblecillos crecen. Sin eletricidad, de casas de adobe redondas y cuadradas en las que no había ni rastro de chapa en los techos, solo paja seca. Rebaños de vacas guiadas por los peul, la etnia nómada tan abundante en esta región. Baobabs enormes, palmeras y muchos árboles pequeños, abundantes, pero no lo suficiente como para formar bosques. Y una carretera de un carril de ida y vuelta, en la que los únicos vehículos aparte de las bicicletas y los carromatos tirados por asnos, eran los de transporte público con los techos cargados a rebosar o impulutos 4×4 de ONG europeas…
Llegamos a Banfora a tiempo para comer en el MacDonald (sin la “s” final, ojo) un buen trozo de carne con judias verdes y ensalada mixta (con sus espaguetis y patata cocida ?!?!). El Sahel y nuestra casa tienen muchos ingredientes en común, para mi sorpresa. Como las sandías, que nos refrescan la boca seca y polvorienta al final de cada tarde.
Esperaba que la ciudad fuera algo bonita, pero tampoco. No hay ciudades bonitas en África, por lo menos, en nuestra África. Aun así, es una de las poblaciones más turísticas del país, por las atracciones en sus alrededores. No tardamos en comprobarlo: la presencia de no-puedes-ir-sin-mí-que-soy-guía, alquilistas de motos y músicos enseñantes de percusión es mayor que en ninguna otra ciudad de la zona. Y no te dejarán en paz, con mucha educación, eso sí.
Decidimos montárnoslo por nuestra cuenta: nos alquilamos una moto y un par de cascos y nos fuimos a explorar la región. Solos, a nuestro ritmo. Lo primero el lago, famoso por sus hipopótamos. Como a nuestro barquero, el barquero saliente le dijo que no había visto los animales decidió que a mitad de camino daba media vuelta, porque para qué remar si no estaban los bichos. Todo eso sin decirnos nada, por supuesto. “Tío, que no venimos a ver solo los hipopótamos, queremos ver también el lago” le dijimos cuando vimos lo que hacía y, sin entender nada, nos llevó al medio del mismo, para que disfrutáramos de él y de la solanera que caía a las 12 del mediodía, creemos. Allí nos dejó unos buenos minutos hasta que le dijimos que nos sacara de allí. No tenía sentido. Hablamos el mismo idioma, pero no nos entendemos. A veces es desesperante.
Aparte de comer polvo en la moto, disfrutamos del campo, con sus enormes mangos, casi en el punto de maduración, de los pequeños pueblos, del silencio, del Sahel. En los dos días visitamos también los picos de Sindou
, una formación rocosa maravillosa: decenas de picos puntiagudos, agrupados en una cadena de varios kilómetros, saliendo en mitad de cultivos de arroz y maíz. Podríamos habernos perdido días por allí, pero unas horas nos bastaron para pensar que aquel lugar era uno de los más especiales del país. 1.000 francos de entrada y otros 1.000 por cada cámara. “Van para el fondo del desarrollo del pueblo” nos explican sabiendo que es un poco abusivo, es como cobrar dos veces… Y por supuesto, también visitamos la cascada (como todo buen pueblo africano que se precie, tiene una) en la que al ver que no llevábamos uno, nos ofrecieron un guía, con cierta insistencia. Cuando vieron que no nos interesaba contratar un guía para que nos explicara la altura de la cascada o desde dónde sacar la mejor foto, nos dijeron “el camino para subir está mojado y os podéis patinar o perder”.
Conociéndo algo la psique africana no nos equivocamos: el camino estaba bien señalizado y no tenía ni gota de agua en la que patinarse. En momentos así los remordimientos por no llevar un guía se te quitan. Los argumentos que muchas veces nos dan no sirven o son falsos, se recurre a la mentira para convencernos de la necesidad, cuando como en este caso no existe. De repente el turismo llega a una ciudad y todos los jovencitos quieren ser guías. Se cuelgan el carnet aunque algunos no tengan ni idea. Y pasa a ser fundamental ir con un guía para que te cuente la altura de la cascada, la profundidad del lago o cualquier detalle para nosotros sin demasiada importancia… No cogimos ningún guía con cierta pena: es una buena manera de ganar un dinero honestamente con el turismo, de aprender algunas cosas que no sabrías… pero a la vez, pensamos que otras ocasiones serán más importantes: en visitas a pueblos, etnias, lugares con historia o arquitectura… aun a riesgo de parecer unos insensibles y anti-turistas lo hicimos: pasamos de guías. Y nos arriesgamos a perdernos, nos obligamos a buscar, preguntar, descubrir por nosotros mismos… Al final, resulta que no vimos el baobab sagrado, ni otro par de lugares en la lista de todos los guías… pero no nos importó demasiado.
Bobo-Dioulasso fue nuestra última parada antes de Malí, por apenas unas horas. La segunda ciudad del país es como un gran pueblo: tranquilo, sombrío, polvoriento. Paseamos por el bazar;
por su impresionante mezquita, encalada, con palos clavados en el adobe (soporte para las reparaciones que tienen que hacer regularmente al adobe); por sus calles oliendo a partes iguales a cloaca, jazmín o a carne de cordero asando en las parrillas… Compramos crema de karité, música de artistas que no conocemos y una máscara de madera impresionante. Degustamos el fast food local: hamburguesa de chopped, con mucha mayonesa, un manjar como podéis imaginar, los fantásticamente dulces yogures locales y nos quedamos con ganas de probar lo que ellos mismos llamaban “horchata”. Sí, como suena, zumo de chufa…
No había tiempo para más: había que descansar. A las 5 de la mañana del día siguiente partíamos rumbo a Bamako, Malí.
Vamos al teatro
Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Hemos tenido la oportunidad de admirar el trabajo de Queen Elisabeth como directora: las actrices, los tiempos, las entradas en escena… todo perfectamente orquestado por la “Reina”, una himba que tiene como mayores virtudes una gran visión comercial del espectáculo, mucho desparpajo y el mejor español que hasta ahora hemos encontrado en Namibia.
Para quienes no lo sepan, los himba son una tribu originaria de África central que hoy en día habita el norte de Namibia y una minoría, la que no fue desplazada por la guerra, el sur de Angola. Es una tribu de las más espectaculares de África por sus peculiares atuendos, tocados y sobre todo porque no son negros, sino rojos: se cubren el cuerpo y el pelo con una mezcla de grasa de vaca y pigmento rojo, extraido a partir de piedra. Las mujeres, como es habitual, mantienen más las tradiciones y son las más llamativas: lo único con lo que cubren su cuerpo es con una falda de piel de cordero y abundantes collares que tapan el cuello y buena parte del pecho, pulseras de cuerno de vaca y tobilleras metálicas. En la cabeza, un tocado de piel de cordero sobre rastas recubiertas del emplaste rojo que solo deja libres las puntas del pelo. Muchos hombres van con camisetas de fútbol, aunque algunos mantienen el uso de las faldas tradicionales: una pieza de tela larga en la parte posterior y una más corta, que suele ser azul con un gran volante en la delantera, unidas por un cinturón. Y para que no se diga que no son unos machos, todos llevan una vara y un machete.
Nuestro principal motivo para venir a Opuwo eran ellos, los himba. Pero lo que nos ha sorprendido no ha sido tanto verlos, sino descubrir cómo en esta ciudad tan pequeña conviven gentes tan diferentes y tan llamativas, sobre todo las mujeres. Porque están las himba, con sus pieles rojas; las herero, con sus voluminosos y coloridos trajes de corte victoriano y sus sombreros que recuerdan a los tricornios de la Benemérita; las demba, que van prácticamente desnudas, solo cubiertas por una faldita y algunos collares de abalorios; y el resto, una multitud de etnias de vestimenta uniformemente occidentalizada, entre ellas los turistas deseosos de acudir al teatro.
Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Había varias funciones, nosotros elegimos la de Queen Elisabeth: cuando se aproximó a nosotros a la puerta del supermercado nos dio confianza, sobre todo el hecho de que el espectáculo era en su aldea y quién mejor que ella para mostrárnoslo. Fuimos a la aldea por caminos polvorientos, en una furgoneta que consiguió que en apenas unos minutos tuviéramos las manos y pantalones llenos de la grasa rojiza. Llegando al poblado, las actrices supieron que tocaba entrar en escena. Llegaban los blanquitos, la función iba a empezar: primero nos enseñaron las construcciones típicas en las que dormían, de paja, palos y adobe (en realidad, caca de vaca con paja); luego, los niños posaron en fila, mientras la Reina nos enseñaba los diferentes peinados y significados (una trenza o dos hacia delante, niña; hacia atrás, niño); cuando acabó, una de las jóvenes empezó a moler maiz forzadamente; más tarde, otra preparó ante nosotros el ungüento dichoso que, por supuesto, nos untó a cada uno en un brazo; mientras, el resto de las mujeres y niñas, sentadas a la sombra, nos pedían que les sacáramos fotos, eso que tanto gustan de hacer los turistas; y nosotros, distraidos con los números principales, no reparamos en el despliegue de artesanía preparada para que compráramos algún recuerdito… Sin embargo, no queríamos gastar más, ya habíamos pagado nuestra entrada: un saco de 10 kilos de harina, varios kilos de azúcar y tres panes de molde. Eso además del salario de la Reina y el transporte, a precio de turista adinerado. Y al ver que no comprábamos, dieron la función por terminada.
Al contratar los servicios de Queen Elisabeth ya sabíamos que lo que nos esperaba era una representación y no la vida real de los himba. Sería iluso pretender que la presencia de dos blanquitos en su pueblo durante apenas un par de horas no alterase sus actividades. También lo sería creer que en ese par de horas nosotros podríamos conocer un poco de su día a día. Pero no pensábamos que las cosas fueran tan forzadas, que llegaran al extremo de que en la aldea se pusieran a actuar, mostrándonos lo que suponían que queríamos ver. Nos fuimos decepcionados, pero no tanto por lo que habíamos visto como por lo ilusos que habíamos sido, porque habíamos actuado como los peores de los turistas, pretendiendo conocer algo sin dedicarle un tiempo razonable, viendo tan solo su superficie. Eso sí, las fotos muy bonitas, que al final pudiera parecer que es lo que importa…
Destapando Madagascar
A pesar de lo a gusto que estábamos en Tana, las ganas de seguir conociendo el país nos llevaron a dejar la ciudad. En un taxi destartalado conducido por un vejete desdentado fuimos a la estación de los taxi-brousse, los coches, furgonetas y camiones que constituyen el principal medio de transporte de los malgaches. Cómo funcionan las estaciones merece su propia crónica… y la haremos.
En un taxi-brousse con la baca cargada hasta arriba, tras una tormenta que nos dejó las mochilas empapadas, llegamos a Antsirabe, “el lugar donde hay mucha sal” (todos los nombres de ciudades significan algo). Sal vimos poca, por no decir ninguna que no fuera en un salero (por cierto, aquí no conocen el truco del arroz para que no se apelmace). Lo que sí nos tocó ver todo el rato fueron los pousse-pousse, esos carritos tirados por un tipo, generalmente descalzo y siempre pequeño y fibroso, que a veces utilizamos a pesar del reparo que nos daba que un tío tirase de nosotros, mientras íbamos cómodamente sentados. Antsirabe es la capital de los “pepes” (así hemos bautizado a los pousse-pousse) y en ella casi tienes que pedir perdón por querer ir andando a comprar el pan.
Para compensar tanta comodidad y teniendo en cuenta que somos gente deportista, al día siguiente alquilamos un par de bicis y nos fuimos de excursión a ver los lagos Tritiva y Andraikiba. Ir en bici tiene muchas ventajas: te desplazas más rápido que andando pero el ritmo es suficientemente lento como para disfrutar del paisaje o saludar a la gente con la que te cruzas (una de nuestras actividades favoritas). En este paseo admiramos lo que es una constante a lo largo del país, los arrozales, a los que se dedica casi cada pedazo de tierra en llano. Y si no hay terreno llano, se hace una terraza y listo. La excursión de 50 kms en bici nos duró una jornada y las agujetas, un par de días…
Nuestra siguiente parada en la ruta hacia el sur fue Ambositra, una pequeña ciudad por la que paseamos admirando las casas betsileo tradicionales con sus balcones de madera, las docenas de hotelys (casas de comida) que salpican la calle principal y el mercado. Cada ciudad tiene el suyo, que normalmente tiene algunos puestos construidos en ladrillo o adobe en los que los carniceros muestran el género, colgando la carne y las salchichas al sol, para que luzcan bien. Además de los puestos fijos, suele haber puestos de madera (más bien de palos atados con cuerdas) en los que se vende la poca variedad de verduras y frutas locales y los artículos de bazar, como cubos de plástico, gafas de sol -también de plástico- o lambas, la tela típica que las señoras usan como falda o vestido o para llevar a los niños atados a la espalda. Y alrededor de estos puestos se colocan señoras con una manta en el suelo sobre la que muestran la escasa mercancía a la venta: cacahuetes y arroz (cuya unidad de venta utilizada en todo el país es la lata de leche condensada), un par de peines, unas velas para los cortes de electricidad (o para todos los que no la tienen, que son muchos)… El mercado de Ambositra no era diferente. Aunque sí tiene algo que no hemos visto en todas las ciudades: el videoclub, que no es otra cosa que una habitación con una tele en la que pasan películas, generalmente de kárate, de acción o porno, cuya programación se anuncia escrita con tiza en una pizarra situada junto a la sábana que hace las veces de puerta. Estuvimos tentados de entrar, pero esa noche no echaban ninguna de Bruce Lee…
Fianarantsoa, “la ciudad del buen aprendizaje”, hace honor a su nombre. Tuvimos ocasión de comprobarlo gracias a las docenas de niños de entre 9 y 15 años que se acercaron a nosotros para, en unos correctísimos inglés y francés y con un discurso calcado, ofrecernos unas postales hechas por ellos porque su profesora les ha dicho que no pueden pedir dinero a los turistas sin ofrecer nada a cambio. Fuimos a una escuela, pero no encontramos a nadie a quien preguntar si la iniciativa de transformar la mendicidad en capitalismo había partido de allí. Un par de niñas de 9 años nos escoltaron buena parte de la tarde porque desde que salían del cole hasta las 18:00 “se dedicaban a buscar turistas”. Una de ellas nos pidió que le hiciésemos una foto y se la enviásemos, para lo que, con tremenda profesionalidad, de un bolsillo sacó su tarjeta: un trozo de hoja de cuaderno con su nombre, email y dirección postal escritas a boli. Esta niña llegará lejos.
De esta ciudad parte el único tren de pasajeros activo del país, rumbo a Manakara, en la costa este. Allí que nos fuimos, permitiéndonos el lujo de viajar en el vagón de primera, aunque cualquier parecido con la idea de “primera” es pura coincidencia. Eso sí, era un poco mejor que el vagón de segunda, donde los asientos son bancos en los que se apretuja la gente y las ventanillas están tintadas, con lo que no se puede ver el paisaje. En los 170 kms de recorrido hay 17 estaciones, en cada una de las cuales el tren se detiene para recoger y dejar viajeros, sacos, paquetes, maletas, cerdos, jaulas de gallinas… lo que con suerte puede llevar mucho o muchísimo tiempo. Pero las paradas son entretenidas, cuando llega el tren los paisanos se acercan corriendo con comida, collares, frutas o especias de producción local y se agolpan en las ventanillas y puertas para vendérselas a los pasajeros. También se acercan los niños a pedir bon bon, stylo o cualquier cosa que vean, da igual que sea una botella de agua vacía que la goma que llevas puesta en el pelo. A lo largo del trayecto van pasando por la ventanilla (pero solo por la de primera…) paisajes de montaña, ríos y cascadas, bosques frondosos y pequeñas aldeas. Por eso no nos importó tardar 13 horas en hacer el recorrido, aunque con la friolera de 17 kms/h de media, habríamos tardado menos en bici…
Y con Manakara llegó la playa, el calor tropical, las palmeras y el día de la madre, que aquí lo celebran, y mucho, el último domingo de mayo. Por ser domingo, nos acercamos a la iglesia, donde un coro cantaba canciones muy animadas al son de un organillo. A misa todo el mundo va de punta en blanco, incluyendo zapatos -a diario lo más habitual es ir descalzo- y si tienes corbata o traje de fiesta, es el día de lucirlos. En la iglesia es la única vez que hemos visto a la gente ponerse en fila y caminar ordenadamente unos detrás de otros sin amontonarse, colarse ni empujarse. ¿Y para qué hacen cola? Para soltar pasta en el cepillo. Con la iglesia hemos topado…
Después de misa, estuvimos en la playa con todas las madres (y algún padre) del pueblo, en lo que se convirtió en “la fiesta del día de la madre borracha”. Venga cerveza, venga ron local (¿o era alcohol de quemar?) y venga baile desenfrenado. Y nosotros nos animamos a echar algún baile con las señoras hasta que nos retiramos prudentemente cuando la cosa empezó a desmadrarse… De repente, el centro de la fiesta empezamos a ser nosotros y las mamás de ojos vidriosos nos veían como potenciales suministradores de alcohol para todas.
Pero no todo fueron hostias y alcohol en la villa y en esta habitualmente tranquila ciudad nos permitimos un par de días de descanso en una casita junto al mar mientras esperábamos el momento de continuar el viaje a bordo de una piragua.
Siete dias en el reino de las montañas
Asi que alli nos quedamos. Tirados en la frontera, en el Sani Pass, en mitad de la montanya, en un puerto ventoso, frio aunque, por suerte, soleado. La hora y media de espera tuvo su recompensa: una furgoneta repleta de basotos (asi es como se llaman en su idioma los oriundos) con su carga fue desmantelada enterita y recargada para acomodar, no sabemos muy bien como, a dos personas mas (nosotros, claro) y nuestros bultos. Sonrisas a los aun mas apachurrados viajeros y dos horas despues llegamos a nuestro destino.
Era la casa de Thabiso, un senyor que hace unos anyos penso que seria una buena idea abrir un pequenyo guesthouse en su casa. Tres pequenyas casitas redondas, de piedra y techo de paja, sin electricidad ni agua corriente fueron nuestro primer contacto con el pais. Como un padre nos dio consejos del pais y su mujer nos deleito con una sencilla cena a base de pollo, verdurita amarga, patata hervida y pap, una pasta cementosa de maiz para retacar. Alli vimos por primera vez el sorprendente atuendo tradicional: una manta enrollada, a modo de abrigo, por encima de la ropa. Si, si, una manta, como las de dormir, solo que puesta como si fuera un abrigo o casi, en realidad, como un poncho. Algo, como poco, muy peculiar. Durmimos bajo un cielo estrellado como pensabamos que ya no existia. La via lactea parecia pintada a brochazos, de lo nitida que sea veia. Solo el ruido de unos gallos nos desperto al alba.
Partimos en otra furgo a otra casa parecida, en Ha Machefo. Cuatro horitas y el paisaje se volvio verde, lleno de cultivos de maiz y salpicado por pequenyos pueblecitos aislados, de agricultores y ganaderos. Mamohase (el nombre de la mama) Bed and Breakfast nos ofrecio la misma experiencia familiar, y nos brindo la oportunidad de “ducharnos”: dos palanganas y dos cubos de agua, uno caliente y otro frio, para adecentarnos un poco despues de visitar unas pinturas rupestres en la zona. Bastante desmejoradas, por cierto, pero con la excusa de visitarla caminamos durante horas entre campos, saludando a la gente, que curiosa siempre nos preguntaba de donde veniamos y a donde ibamos. Y es que aqui el saludarse forma parte fundamental de la rutina diaria. No hacerlo es de muy mala educacion. Asi que nosotros la pusimos en practica con entusiasmo. “Dumela, unjani?” (hola, como estas?) ibamos repitiendo a todo el mundo. Algunos sorprendidos. La mayoria, encantados.
Semonkong fue el proximo destino, en el centro del pais. Un lugar remoto, aislado, pobre, de mas casuchas sin electricidad ni agua y con sus lavabos formato letrina agujero en el suelo. Las carreteras dieron paso a los caminos y los coches a los caballos. En efecto, los mundialmente famosos (?) caballos de Lesotho, orgullo nacional. De pequenyas pero fuertes piernas, fueron nuestro medio de locomocion durante unas horas, emulando a los pastores basotho. Lo unico que nos faltaba era la manta, y un palo para fustigarlos e intentar ir un poco mas rapido: el ritmo basoto corria por sus venas: lento, lento, lento.
Las cataratas de Maletsunyane han puesto en el mapa a esta poblacion. Con razon, pues su salto de casi doscientos metros, en mitad de unas gargantas espectaculares merecieron nuestra visita, picnic incluido a base de pan con sardinas en tomate (made in Thailand). Eso si, acompanyado de sabrosisimas manzanas locales. Aqui, como en Sudafrica, la fruta todavia sabe a fruta. Como la carne, que de tanto sabor, a veces cuesta comerla.
Otro dia completo de viaje nos llevo por dos dias a nuestro ultimo punto de visita en el pais: Malealea. Nuevamente, otro pueblo en mitad de montanyas erosionadas por sus potentes rios. Pero aqui, lejos de la soledad de los otros alojamientos, descubrimos el poder de transformacion de un hotel que desde hace muchos anyos trae decenas de turistas desde Sudafrica al mes: no podiamos salir de la puerta sin que a los segundos viniera algun chico a querer mostrarnos el pueblo, las cascadas o lo que fuera, por una propina. Porque Malealea tambien tiene su cascada, no iba a ser menos, y su coro y su banda de musica que toca con instrumentos caseros y se pueden escuchar cada tarde en el Malealea Lodge.
Tras Malealea tocaba abandonar Lesoto, via Maseru, la capital, que es el unico lugar del pais donde vimos semaforos y gente con prisa. Entre la frontera mosoto (singular de basoto) y la sudafricana nos toco caminar sobre un puente, tierra de nadie, lleno de gente vendiendo comida, fundas para el pasaporte y lo que se tercie.
Veinte horas despues y estabamos en las puertas del parque Kruger…
