África de cabo a rabo

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El tren más largo del mundo

Así es, nos embarcamos en el el tren màs largo del mundo, o eso dicen. Està en Mauritania. Jorge nos quiso acompañar en la aventura, dura. Más de doce horas de un vagón cochambroso en el que la mayoría de los  asientos eran simples tablones de madera. Suerte que la gente que conocimos (como dos malienses camino a comerse España, aquel país donde dicen que se puede ganar 600 o 700 euros al mes…) era realmente interesante.

No se si se nos quedó a ninguno la sonrisa en la boca después del trayecto, ni si volveremos, pero fue una de esas experiencias que había que probar. Para eso viajamos, ¿no?

Mauritania, zona roja

Y al cruzar el río Senegal entras en el Sáhara, de sopetón. Adíos al verdor, adios a los ríos, adios al África negra. Has cambiado de película y no tardas en darte cuenta. En apenas unos minutos te encuentras entre dunas a los lados de la carretera; kilómetros y kilómetros de tierra suelta, de árboles sedientos sin una sola brizna ni hierbajo a su sombra… atraviesas poblachos en los que te preguntas de qué vivirá esa gente, si allí no hay más que arena; y entramos en contacto con quienes serán los nuevos amigos de nuestros pasaportes y movimientos: la gendarmería y la policia a partes iguales, que a lo largo de nuestros días en el país se han dedicado a anotar nuestros nombres y pasaportes en decenas de controles. Es lo que tiene entrar en un país gobernado por militares: el control. “Por vuestra seguridad” seguro que apuntarían ellos. Já.

Llegar a Nouakchott fue sencillo: buena carretera de un carril, conductor con tendencias suicidas y un Renault 19 de hace veinte años, lo menos. “El motor está como nuevo” nos dijo al montarnos en el coche. Damos fe. La capital era tal cual nos esperábamos: otro espanto, solo que comparada con otros adefesios urbanísticos africanos esta no tenía ni un solo árbol ni nada que ofreciera algo de sombra. Una ciudad de un millón de personas, de casas de un piso o dos, sin rematar (por si un día contruyen otro piso más). Ningún interés, salvo por sus cajeros automáticos y su fantástico mercado de pescado, que todas las tardes se desarrolla en la playa. Pero no es nada trivial: es uno de los mercados más importantes de África Occidental, con una lonja espectacular, que moviliza a miles de personas entre pescadores, vendedoras, negociantes y turistas. Compramos jureles (a 1 euro el kilo) y nos los hicimos a la plancha en el hotel, junto con un tunecino y un libio que viven allí. ¿Su trabajo? Comprar el pescado fresco por kilos o toneladas y organizar el envío a sus países, enavión o congelado. Se pasaron los dos días que les vimos por el hostal pegados a la radio. Pero no eran los únicos: los telediarios no hablan de otra cosa. El Mahgreb y Oriente Próximo están ardiendo y desde aquí se mira con atención lo que pasa.

Ocho horas de coche y siete controles en 400 kilómetros nos llevaron al corazón del país, a la región de Adrar. Pasamos por paisajes de dunas rojizas, por extensiones totalmente yermas y monótonas, por valles y montañas rocosas hasta llegar a Atar y de allí, en otro taxi tras una espera de dos horas, a Chinguetti. Una ciudad con un aura mítica: fue una de las paradas más importantes de las rutas caravaneras que transportaban por el desierto sal, oro… antaño, claro. Hoy es una somnolienta ciudad oasis, rodeada a cierta distancia por imponentes dunas, que poco a poco están engullendo las casas y calles del barrio antiguo. Los hoteles, vacíos, están en la nueva ciudad. Ya no viene ese vuelo directo desde París. Esta zona es “no recomendada” por el gobierno francés, por su aparente riesgo. Según los guías y hoteleros lo único que temen los franceses es que vengan otros países a intentar explotar los yacimientos petrolíferos que explotan los gabachos en esa zona, de ahí su recomendación. ¿A quién creer?

Tras otro de esos desencuentros con el organizador de nuestra excursión en camello (“¿cómo?¿que queríais un camello cada uno? Teníais que haberlo dicho. ¿Cómo iba yo a saberlo? Igual queríais caminar cada uno un rato por las dunas y turnaros con el camello…” nos dijo el jeta) partimos con un día de retraso, cada uno con un animal eso sí, a recorrer los 12 kilómetros entre dunas hasta el impresionantemente solitario oasis de Lagueira, apenas unas palmeras entre extensiones de dunas, con varios pozos, unas cuantas casas, una veintena de niños y… un colegio. “Un oasis, una escuela” es el lema de la ONG que lo ha financiado. Mientras deambulamos cotilleando por el palmeral, el camellero preparó el plato tradicional de la gente del desierto: un pan denso cocido directamente sobre ascuas y luego empapado en un caldo de zanahorias y cebolla. Contundente es la palabra que me viene a la cabeza al recordarlo. Regresamos al empezar a caer la tarde por la misma ruta que vinimos. Daba igual, no te daba la sensación de estar repitiendo… disfrutamos de otras tres horas entre dunas, con su de silencio, inmensidad, belleza. Qué poca cosa se siente uno allí, en mitad de tanta arena.

La belleza y el estado de embriagadez en que nos dejó de la excursión casi nos hizo olvidar lo bandido que era el dueño de nuestro “hotel”. Al llegar a Atar, dos días antes, lo conocimos en la estación de taxis. ¿A qué hotel vais? ¡Qué casualidad, es el mío! exclamó con naturalidad al decirle el nombre, uno que nos había gustado de la guía. Nos enteramos dos días más tarde que ese hombre, Monsieur Merhaba, había sido el antiguo propietario del hotel en cuestión pero que se lo vendió a un francés que, ahora, lo ha cerrado. Así que el tipo se ha apropiado del nombre de su antiguo hotel y engaña a turistas como nosotros enviándonos a su nuevo hotel, justo detrás del antiguo: así, además, no levanta sospechas pues el cartel junto a la puerta del antiguo parece indicar, en realidad, en dirección al nuevo… (aunque todo hay que decirlo, como las habitaciones estaban estupendamente no nos cambiamos al enterarnos del timo, uno ya no tiene tanta fuerza ni convicción…) En fin, que nos las prometíamos felices en el supuestamente hospitalario, honesto y diferente Mauritania pero no tardamos en descubrir que aqui también lo que importa es sacarle la pasta al blanco de turno, aunque para eso haya que engañarle. Eso es lo de menos.

Seguía el viaje. Como no queríamos retroceder hasta la capital para subir por la costa, nos embarcamos en una de esas inolvidables jornadas épicas, combinando coche y tren. Pero no cualquiera, sino el tren de carga más largo del mundo. Tiene centenares de vagones que transportan piedra para convertir en acero, que suman una distancia de más de dos kilómetros de largo, dicen… ¿Lo bonito? Nuevamente el trayecto en 4×4 hasta el pueblo de Choum, pasando por varios tipos de desierto: montañoso, dunas, piedra… ¿Lo duro? La espera, pues el tren llegó con 7 horas de retraso a la parada, una caseta de adobe a un kilómetro del pueblacho. A esas alturas, las 12 de la noche, ya estábamos durmiendo sobre el suelo, cubiertos con el saco y añoré la comodidad de ese lugar cuando tocó montar en el único vagón de pasajeros del tren. ¿Lo demoledor? El trayecto en sí, intentando dormir algo sobre asientos que eran meros tablones y respaldos cuyo acolchado había sido arrancado con violencia, o eso parecía. En realidad, todo el compartimento estaba como vandalizado.

El día no tardó en llegar y los tés, las conversaciones y el chismorreo tampoco. En cada compartimento había una bombona de butano con un fogón, para que cada cual pudiera hacerse el té o la comida, y hacer así más llevaderas las 12 horas de trayecto hasta llegar a Nouadhibou. Entre otros, conocimos a Khalifa, un saharaui cuya familia está en el campo de refugiados argelino de Smara. Nos ofrecieron té, zumo de naranja mezclado con leche (¡!) y con su acento andaluz (ahora lleva cuatro años en España) nos contaba lo agradecidos que están al pueblo español por todo lo que hace por ellos allí, lejos de su tierra. Tenía un discurso complicado: el sentimiento (“algún día volveremos a nuestra casa, a la tierra de nuestros padres y abuelos”) luchaba con una realidad que él mismo admitía (“el Sáhara se lo dio España a Marruecos a cambio de Ceuta y Melilla” o “Marruecos no renunciará a nuestra tierra: tiene fosfatos, pesca… ¡es muy rica!”).

Con el tren pasamos rozando la frontera de lo que un día fue el Sáhara Occidental y hoy es Marruecos. Una zona altamente minada desde los años 70 y llegamos a mediodía, molidos, doloridos, tras más de 24 horas desde nuestro inicio del viaje en Chinguetti. Pas mal, como dirían por aquí.

De cervezas y más cervezas

Habiendo visitado el sur del país, el cuerpo nos pedía un poco de calor seco, de mercados, de vacas y corderos. En suma, de Sahel. Así que nos fuimos al norte, tan al norte que casi tocamos la frontera con Chad y Nigeria.

Llegar no fue difícil pero sí largo, cansado y lento. Tocaban primero 14 horas de tren, que resultaron ser 19. Allí nadie gritó ni se desespero, ni tampoco, presentó ninguna reclamación al llegar a la estación de Ngaoundere, destino final. Todos sabían que es lo habitual. En las estaciones, visto el retraso, la gente bajaba al andén con sus alfombras de rezar a dormitar al fresco. Las vendedoras ambulantes hacían su agosto: plátanos, mandioca, bebidas, cacahuetes vendiendo a los que se quedaban en el tren, sin las prisas de paradas cortas. Lo que más nos sorprendió del trayecto fue, como en Gabón, ver cómo la gente se acomodaba en el suelo a dormir, en el pasillo, debajo de las butacas, en cualquier lado y posición. Nuestro reconocimiento especial para los tipos que usaban los portarequipajes situados al inicio de cada vagón a modo de cama. Impresionante la facilidad para conciliar el sueño de estas gentes, oigan.

No era dificil intuir por los pasajeros que Ngaoundere iba a ser una ciudad predominantemente musulmana, como el resto del norte del país. Sin embargo, solo pasamos unas horas allí, antes de embarcarnos hacia Maroua, a otras 8 horas más de autobus. Aún había más país al norte, pero ahí nos quedamos, tragando polvo y el humo de las miles de moto-taxis durante un par de días. Tuvimos suerte y pillamos día de mercado: colorido como ninguno otro que hubiéramos visto hasta entonces, nos pasamos una hora parados en una esquina tan solo observando a la gente pasar. Mujeres cubiertas en telas coloridas, casi estridentes; ellos, por el contrario, sobrios, con camisas ocres hasta las rodillas y gorros planos, calados. Los vendedores, ambulantes y fijos… Todos trajinando por un mercado callejero a la sombra de enormes árboles, de telas, especias, sandalias, bisutería, alimentos, música, productos de limpieza, papelería, espejos y relojes… vaya, de todo salvo animales vivos. Esos los encontramos en la otra punta de la ciudad: los musulmanes se afanaban en comprar los mejores carneros que pudieran para la fiesta del Tabaski, la fiesta del cordero, en la que cada familia sacrifica uno recordando el momento en que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo para demostrar su lealtad a Dios. O algo así. Aun siendo la víspera de tamaña celebración religiosa, los bares por la noche estaban a tope. Música a todo trapo, mesas llenas de botellas vacías y, eso sí, ni un alma bailando. Aquí lo que se lleva es beber, lo de moverse lo deben dejar para la intimidad o fiestas populares. Nuestra cena-clásico se convirtió esos días en pollo asado a la parilla con ensalada: lo encargas y pagas en el puesto, te sientas en el bar que te guste más y te lo llevan para que te lo tomes con tu cervecita. Y ningún reparo porque te traigas la comida de fuera, que no estamos en Madrid.

Avanzamos 100 kilómetros hacia el interior de las montañas Mandara, hasta Mokolo, situado entre colinas y cultivos de algodón, maíz y cacahuetes. Allí descubrimos la verdadera afición de esta gente: la cerveza de mijo, en torno a la cual celebran lo que ellos llaman mercados, en realidad, degustaciones populares del brevaje. O lo que viene a ser otra excusa para juntarse, beber y charlar, por mucho que ellos digan que la toman porque es una bebida muy nutritiva. A media tarde mientras paseábamos por los alrededores del pueblo llegamos a un solar entre árboles, donde centenares de personas sentadas en círculos bebían de calabazas secas. Mujeres con grandes pucheros de plástico servían la bebida mientras chicos con parrillas preparaban ternera, asno, cordero y, más allá, también cerdo. Os podéis imaginar nuestra presencia la expectación que levantó. Nos salieron amigos, guías y saludantes a cada paso. Y por supuesto, probamos la dichosa cerveza, espesa, ácida y algo alcohólica. Nos recordaba lejanamente a la sidra.

El mercado de pueblo, al día siguiente, uno de los principales alicientes de nuestra visita, estuvo apagado: faltaban los comerciantes musulmanes, que estaban celebrando la fiesta del cordero. Así que visitamos un apacible mercado, sin mucha gente ni vida. De regreso al hostal oímos ruido, pitidos, gritos. Varios hombres con enormes túnicas coloreadas y turbantes abrían paso a una comitiva formada por centenares de personas caminando y un único 4×4 negro, reluciente, en el que viajaba el Lamido, el rey de la región, la más alta autoridad tradicional. Venía de presidir la oración con la comunidad musulmana y sacrificar el primer cordero de la ciudad, y regresaba a su residencia. Era un día especial y había mucha expectación. La gente se acercó a verle salir del coche y saludar desde la puerta de casa y nosotros, vista la animación, también. Cuál sería nuestra sorpresa cuando al cabo de un par de minutos un elegante anciano se acercó a nosotros. -Muchas gracias por venir a saludar al Lamido, estará encantado de recibiros. Seguidme- nos dijo para nuestra sorpesa y algo atónitos fuimos con él. Mientras dábamos la mano a media docena de nobles que se encontraban en la primera sala de espera, no nos pareció el momento de decirle que veníamos solo a curiosear y sacar alguna foto. Así que callados nos condujeron a Su salón, descalzos, donde Él descansaba en un sofá. -Bienvenidos, muchas gracias. ¿Qué os ofrezco de beber? ¿una cerveza?- dijo mientras encendía la televisión a buen volumen. Durante varios minutos charlamos con Él con nervios y formalidad, sobre la fiesta, sobre Europa, sobre Él y su poder -soy el jefe de 200.000 personas- nos dijo con orgullo, interrumpidos por una entrevista radiofónica, despedir a nosabemosaquién e insistirnos en que comiéramos más callos guisados. Nosotros recién desayunados… Y con sorprendente agilidad, su Majestad (así le llamaban) nos despidió con amabilidad después de posar gustoso con nosotros, pensando, seguramente, que en qué momento habrían confundido a esos dos turistolas que pasaban por allí por alguna eminencia europea presente en los fastos.

Buenas noches, Gabon

Y, sin darnos cuenta, ya nos estamos yendo de Gabón. Visita relámpago, o casi. Porque 15 días pueden parecer mucho, pero apenas han dado para recorrer un poco este país. Y no es que sea enorme, no. En realidad es la mitad del tamaño de España. Lo que ocurre es que el transporte es bastante difícil. Las carreteras alternan tramos de 50 kilómetros de asfalto calidad europea (con rayas, reflectantes, desagües, vallas de protección) con otros tantos kilómetros de pista fangosa, con agujeros como cráteres. A estos efectos, el segundo problema es que apenas hay población en el país, apenas un millón y medio, con lo que el transporte público formal es prácticamente inexistente. Acabas perdiendo mucho tiempo en esperas, viajando en camiones (la mayoría no vuelcan) o en “clandos” (de “clandestinos”) que no son sino coches privados que hacen de taxis entre ciudades y cuya conducción pone los pelos de punta, por ponerlo suave: cuantos más trayectos hagan, más dinero ganan.

Al llegar, pasamos tres o cuatro días en Libreville, la capital, en casa de Mat, un chico francés, disfrutando de una vida casi de expatriados, moviéndonos de barbacoas con franceses y belgas a puticlubs (o bueno, algo que se le parecía mucho) con españoles (olé). También de gestiones, obteniendo el visado para Camerún, información para el de Nigeria, cambiando dinero (al final en un sitio tan peculiar como la caja del hiperrmercado). O de excursión de medio día con Mat a un cartel que pone “está Usted cruzando el Ecuador” o algo así. Esas cosas chorras también nos gustan.

La capital (medio millón de habitantes) es insulsa, pero limpia, medio moderna y cómoda para los guiris, por lo que vimos. en ella viven muchísimos expatriados franceses y gracias a eso hay enormes supermercados en los que comprar queso brie, pate de campagne o yogures Danone. Todo importado para ellos, a precios más altos que en Francia, claro está. Vienen aquí a trabajar en las compañías petroleras que han enriquecido al país; a las minas de manganesio o uranio; a extraer la madera noble de los bosques; y a construir carreteras (no siempre de asfalto, que no hay dinero para todo). Pero poco a poco, como parece que es en toda África, los chinos están haciéndose con todas las licitaciones y concursos. En breve, habrá más chinos en este país que ninguna otra nacionalidad. Seguro.

Salimos en tren hacia el interior, hacia Lopé, en la única línea ferroviaria del país. Todos nos sorprendimos mucho de llegar a la hora en un trayecto de más de cinco horas. Y nosotros, de que la falta de aire acondicionado en segunda clase no fuera tan dura como nos dijo todo el mundo (en realidad, los blanquitos expatriados, aunque seguramente nunca la han cogido): ni olía tanto a sobaco ni íbamos hacinados.

Lopé, un gran punto en nuestro mapa, resultó ser no más de una centena de casas de madera, dos ultramarinos (sorprendentemente bien surtidos) y dos hoteles. El bueno y el nuestro. Ah, y un par de restaurantes donde poder cenar brochetas de pollo y ternera a la brasa (eso sí, sin mayonesa, ni salsa Maggi y con muy poco picante). Ahí estaba el parque nacional de la Lopé, famoso por ser zona de transición entre la sabana y el gran bosque húmedo. Ese gran bosque que nos ha impresionado: cubre el 75% de todo el país. Sí, sí, el 75%. Vayas donde vayas, estás casi permanentemente rodeado de enormes árboles, a cada cual más sólido, cubiertos de plantas, lianas y trepadoras vistiendo e imposibilitando ver más allá de escasos cien o doscientos metros. Dicen que la deforestación está empezando a ser un problema, por la tala descontrolada. Nos lo creemos, aunque no hayamos visto apenas zonas grandes sin vegetación. Pero debe serlo: solo ahora se está creando la agencia estatal para la gestión de los bosques… vaya, que te venden que la tala es sostenible, que la gestión es controlada… pero no hay un organismo específico para hacerlo. Eso sí, nos hemos cruzado con muchos camiones cargados de enormes troncos, camino a los puertos y a los mercados europeos.

Y tras nuestro sonado pero, afortunadamente, anecdótico accidente de camión butano, llegamos a Franceville, la tercera localidad en tamaño del país, en su extremo este, dispersa entre colinas y verdor. De hecho, llegamos a avanzar un poco más, hasta Leconi, para ver el Cañón Rojo, a apenas diez kilómetros de la frontera con Congo. No os engañaremos, la sensación de normalidad y los comentarios de la gente sobre ese país nos hizo pensar en ir a visitarlo, pero lo dejamos para una próxima ocasión. Lo que nos ha sorprendido más en Franceville ha sido darnos cuenta de la cantidad de emigrantes que viven en este país. Los ultramarinos los llevan principalmente mauritanos, magrebíes y chadienses. Las tiendas de ferretería, casi todo libaneses o similares. Muchos puestos del bazar, generalmente los de la gente más extrovertida, suelen ser de nigerianos o gente originaria de Benin, Togo o Ghana… Es sorprendente e inocente darse cuenta: uno cree que África es uno, que cada país es un compartimento, pero no: la amalgama de gentes, de etnias, de nacionalidades viviendo en este país (y suponemos que en otros que también sean potentes económicamente) es enorme. Todo un descubrimiento para mí.

Tras el accidente, las secuelas son mentales: ahora nos parece que todo el mundo conduce deprisa. Aunque es verdad. Hay muy pocos coches, poco tránsito, así que los que circulan lo hacen como si fueran dueños y señores de las carreteras. Por eso, regresamos en tren hacia la costa (aunque fuera de noche y no pudiéramos ver el paisaje por la ventanilla) para enfilar desde N’Djole hacia el norte, hacia Camerún. Pero el trayecto en tren fue todo un show: había los que se dedicaron a emborracharse y pasarse la noche entera a gritos por los vagones (por cierto, con vino de tetrabrik español); también los niños mimados que se pasaron la noche llorando y moviéndose, dando patadas y golpes a la madre (uno de estos le tocó a Itziar delante); la gente que para no estar incómoda, se tiraba a dormir en el suelo del vagón o unos encima de los otros sin demasiados miramientos; y el vagón-restaurante, un bar en toda regla, en el que de madrugada todas las mesas estaban llenas de borrachos durmiendo, soldados incluidos. Vaya, todo un contraste con la formalidad y normalidad de la experiencia del tren de ida, que cogimos de día, para internarnos en el país.

Estamos ahora en Oyem, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes, enfilando hacia el norte, yéndonos ya de Gabón. En todo el recorrido por el país me he acordado de la frase que no paraba de repetir Georges, un francés cincuentón que llevaba muchos años rodando por el mundo, construyendo carreteras: “Gabón no es África”. Y en parte creo que tiene razón o, por lo menos, no es la idea que muchos teníamos de una África pobre y mísera. Aquí los pueblos tienen electricidad (todo el día) y agua corriente en la gran mayoría de las casas; los ultramarinos de los pequeños pueblos están bien abastecidos; la policia no chantajea a nadie si tiene los papeles en regla; el coste de la vida es caro, pero a la gente no le falta el dinero; visten bien, limpios, con ropa sin agujeros ni jirones; hay escuelas públicas en condiciones y hospitales (aunque por suerte no los hemos visitado)… Todo esto rodeado de impresionantes bosques, ríos caudalosos, recursos minerales, energéticos… Lo reconozco, me ha sorprendido muy positivamente este país (a pesar del poco tiempo que hemos tenido para recorrerlo), pues no es lo que esperaba… pero qué demonios, ¡como si África fuera una!

Ojalá haya más Gabones y ojalá sean más fáciles de disfrutar (porque si algo le falta a este país, desde el punto de vista del viajero, es desarrollar su infraestructura turística: el potencial está ahí -bosques, ríos, montañas, tribus remotas- pero apenas se puede disfrutar de él).

Destapando Madagascar

A pesar de lo a gusto que estábamos en Tana, las ganas de seguir conociendo el país nos llevaron a dejar la ciudad. En un taxi destartalado conducido por un vejete desdentado fuimos a la estación de los taxi-brousse, los coches, furgonetas y camiones que constituyen el principal medio de transporte de los malgaches. Cómo funcionan las estaciones merece su propia crónica… y la haremos.
En un taxi-brousse con la baca cargada hasta arriba, tras una tormenta que nos dejó las mochilas empapadas, llegamos a Antsirabe, “el lugar donde hay mucha sal” (todos los nombres de ciudades significan algo). Sal vimos poca, por no decir ninguna que no fuera en un salero (por cierto, aquí no conocen el truco del arroz para que no se apelmace). Lo que sí nos tocó ver todo el rato fueron los pousse-pousse, esos carritos tirados por un tipo, generalmente descalzo y siempre pequeño y fibroso, que a veces utilizamos a pesar del reparo que nos daba que un tío tirase de nosotros, mientras íbamos cómodamente sentados. Antsirabe es la capital de los “pepes” (así hemos bautizado a los pousse-pousse) y en ella casi tienes que pedir perdón por querer ir andando a comprar el pan.
Para compensar tanta comodidad y teniendo en cuenta que somos gente deportista, al día siguiente alquilamos un par de bicis y nos fuimos de excursión a ver los lagos Tritiva y Andraikiba. Ir en bici tiene muchas ventajas: te desplazas más rápido que andando pero el ritmo es suficientemente lento como para disfrutar del paisaje o saludar a la gente con la que te cruzas (una de nuestras actividades favoritas). En este paseo admiramos lo que es una constante a lo largo del país, los arrozales, a los que se dedica casi cada pedazo de tierra en llano. Y si no hay terreno llano, se hace una terraza y listo. La excursión de 50 kms en bici nos duró una jornada y las agujetas, un par de días…

Nuestra siguiente parada en la ruta hacia el sur fue Ambositra, una pequeña ciudad por la que paseamos admirando las casas betsileo tradicionales con sus balcones de madera, las docenas de hotelys (casas de comida) que salpican la calle principal y el mercado. Cada ciudad tiene el suyo, que normalmente tiene algunos puestos construidos en ladrillo o adobe en los que los carniceros muestran el género, colgando la carne y las salchichas al sol, para que luzcan bien. Además de los puestos fijos, suele haber puestos de madera (más bien de palos atados con cuerdas) en los que se vende la poca variedad de verduras y frutas locales y los artículos de bazar, como cubos de plástico, gafas de sol -también de plástico- o lambas, la tela típica que las señoras usan como falda o vestido o para llevar a los niños atados a la espalda. Y alrededor de estos puestos se colocan señoras con una manta en el suelo sobre la que muestran la escasa mercancía a la venta: cacahuetes y arroz (cuya unidad de venta utilizada en todo el país es la lata de leche condensada), un par de peines, unas velas para los cortes de electricidad (o para todos los que no la tienen, que son muchos)… El mercado de Ambositra no era diferente. Aunque sí tiene algo que no hemos visto en todas las ciudades: el videoclub, que no es otra cosa que una habitación con una tele en la que pasan películas, generalmente de kárate, de acción o porno, cuya programación se anuncia escrita con tiza en una pizarra situada junto a la sábana que hace las veces de puerta. Estuvimos tentados de entrar, pero esa noche no echaban ninguna de Bruce Lee…

Fianarantsoa, “la ciudad del buen aprendizaje”, hace honor a su nombre. Tuvimos ocasión de comprobarlo gracias a las docenas de niños de entre 9 y 15 años que se acercaron a nosotros para, en unos correctísimos inglés y francés y con un discurso calcado, ofrecernos unas postales hechas por ellos porque su profesora les ha dicho que no pueden pedir dinero a los turistas sin ofrecer nada a cambio. Fuimos a una escuela, pero no encontramos a nadie a quien preguntar si la iniciativa de transformar la mendicidad en capitalismo había partido de allí. Un par de niñas de 9 años nos escoltaron buena parte de la tarde porque desde que salían del cole hasta las 18:00 “se dedicaban a buscar turistas”. Una de ellas nos pidió que le hiciésemos una foto y se la enviásemos, para lo que, con tremenda profesionalidad, de un bolsillo sacó su tarjeta: un trozo de hoja de cuaderno con su nombre, email y dirección postal escritas a boli. Esta niña llegará lejos.

De esta ciudad parte el único tren de pasajeros activo del país, rumbo a Manakara, en la costa este. Allí que nos fuimos, permitiéndonos el lujo de viajar en el vagón de primera, aunque cualquier parecido con la idea de “primera” es pura coincidencia. Eso sí, era un poco mejor que el vagón de segunda, donde los asientos son bancos en los que se apretuja la gente y las ventanillas están tintadas, con lo que no se puede ver el paisaje. En los 170 kms de recorrido hay 17 estaciones, en cada una de las cuales el tren se detiene para recoger y dejar viajeros, sacos, paquetes, maletas, cerdos, jaulas de gallinas… lo que con suerte puede llevar mucho o muchísimo tiempo. Pero las paradas son entretenidas, cuando llega el tren los paisanos se acercan corriendo con comida, collares, frutas o especias de producción local y se agolpan en las ventanillas y puertas para vendérselas a los pasajeros. También se acercan los niños a pedir bon bon, stylo o cualquier cosa que vean, da igual que sea una botella de agua vacía que la goma que llevas puesta en el pelo. A lo largo del trayecto van pasando por la ventanilla (pero solo por la de primera…) paisajes de montaña, ríos y cascadas, bosques frondosos y pequeñas aldeas. Por eso no nos importó tardar 13 horas en hacer el recorrido, aunque con la friolera de 17 kms/h de media, habríamos tardado menos en bici…

Y con Manakara llegó la playa, el calor tropical, las palmeras y el día de la madre, que aquí lo celebran, y mucho, el último domingo de mayo. Por ser domingo, nos acercamos a la iglesia, donde un coro cantaba canciones muy animadas al son de un organillo. A misa todo el mundo va de punta en blanco, incluyendo zapatos -a diario lo más habitual es ir descalzo- y si tienes corbata o traje de fiesta, es el día de lucirlos. En la iglesia es la única vez que hemos visto a la gente ponerse en fila y caminar ordenadamente unos detrás de otros sin amontonarse, colarse ni empujarse. ¿Y para qué hacen cola? Para soltar pasta en el cepillo. Con la iglesia hemos topado…

Después de misa, estuvimos en la playa con todas las madres (y algún padre) del pueblo, en lo que se convirtió en “la fiesta del día de la madre borracha”. Venga cerveza, venga ron local (¿o era alcohol de quemar?) y venga baile desenfrenado. Y nosotros nos animamos a echar algún baile con las señoras hasta que nos retiramos prudentemente cuando la cosa empezó a desmadrarse… De repente, el centro de la fiesta empezamos a ser nosotros y las mamás de ojos vidriosos nos veían como potenciales suministradores de alcohol para todas.

Pero no todo fueron hostias y alcohol en la villa y en esta habitualmente tranquila ciudad nos permitimos un par de días de descanso en una casita junto al mar mientras esperábamos el momento de continuar el viaje a bordo de una piragua.