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Una jornada muy larga
Hay días que empiezan torcidos y se acaban arreglando. Hay días que empiezan bien y lo único que hacen es ir a peor. Y algunos de estos días no es que se hagan largos, es que duran más de 24 horas. El 11 de febrero, para África de cabo a rabo, fue una jornada de 38 horas. Esta es la crónica de un día muy largo.
11 de febrero de 2011
08:30. Llegamos a la estación de autobuses de Tambacounda y nos desayunamos un rico café touba.
09:00. El responsable de una furgoneta de 20 plazas nos dice que ya hay 10 personas esperando y que no nos cobra por las maletas. Pensamos que no tardará en llenarse y salir hacia nuestro destino, Mako, que está a unas cuatro horas de aquí, así que compramos los billetes.
11:00. Nos hemos hecho amigos de un currante del bus, nos ha invitado a té y hasta se deja filmar preparándolo. Estamos contentos, disfrutando de una espera que nos resulta amena y entretenida.
11:30. Preguntamos al responsable de la furgoneta y dice que faltan cinco personas para llenarla y salir.
12:30. Han llegado cuatro clientes. Viendo el movimiento que hay y previendo que no tardaremos en salir, nos comemos un bocadillo de tortilla en vez de ir a uno de los restaurantes de la estación a comer una comida de verdad. Tres horas y media de espera, no es tanto.
13:30. Hablando con uno que resulta ser el chófer, nos enteramos de que en la furgoneta no meten a 20 sino a 32 personas y de que por ahora hay 26 (es decir, aún faltan seis). El responsable nos ha mentido. Parecía un tipo serio pero nos teníamos que haber dado cuenta: en las estaciones africanas, casi nadie es de fiar.
14:30. Ya somos 29. Según el chófer, el responsable dice que salimos con 31 pasajeros.
16:00. Se produce el milagro: por fin salimos de la estación. Han sido siete horas esperando, África de cabo a rabo ha batido su record de “espera a que se llene el vehículo”. Tras salir de la estación, aún hay que echar gasolina, hinchar las ruedas y esperar al chófer que ha ido a comprar cuatro barras de pan, como si no hubiera tenido todo el día para hacerlo.
16:25. Arrancamos de verdad.
16:45. En plena ruta, sobre asfalto impecable, se revienta una de las dos ruedas traseras izquierdas.
17:20. Los ayudantes terminan de cambiar la rueda reventada por la de repuesto, que está tan desgastada y llena de bultos como debía de estar la que ha reventado. El chófer ha desaparecido.
18:15. Aparece el chófer en un taxi con un neumático nuevo y arrancamos. El chófer, sabiendo cómo es la rueda que han colcado, conduce a unos 30 km/h y con cara de susto.
20:10. Paramos en Dialacoto, un pueblo a 69 kms de Tambacounda, para montar el neumático en la llanta.
20:50. El chófer nos pide dinero porque se ha quedado sin blanca para pagar el montaje de la rueda después de comprar la gasolina, el neumático y no sé qué más. Le pedimos que recaude entre los locales, a quienes será más fácil devolvérselo. También nos da rabia que cuando se trata de pasta a los primeros que acuda sea a los blancos. Al final nos puede la solidaridad y las ganas de irnos y le damos 2.000 francos (y un recibo, que este también trabaja en una estación de transportes y no hay que fiarse mucho).
22:00. El chófer para un camión que pasa y se sube con la rueda de repuesto que no ha podido reparar en el pueblo. Dice que tardará unas tres horas. La gente se prepara para la espera: algunos se tumban en el suelo a la puerta de algún negocio ya cerrado, el que tiene un colchón en la baca no duda en bajarlo y echarlo al suelo y otros se acoplan en los asientos, como nosotros, que nos apañamos en una de las filas de cinco asientos que tiene la furgoneta. Cada vez hay más espacio: algunos pasajeros han desertado y se han ido en un camión que pasaba.
26:50. De una furgoneta que aparece en mitad de la oscuridad alguien baja la rueda reparada. Ni rastro del chófer. Intentamos seguir dormitando mientras los ayudantes colocan la rueda nueva a martillazos. Los ronquidos, toses, sorbidas de mocos, llantos de niños y madres que tratan de calmarlos, las alarmas de los relojes que nadie para y alguien que entra y sale de la furgoneta ayudan a dormir tanto como los martillazos.
30:20. Segunda llamada del muecín y los que han dormido fuera deciden que es la hora de que todos nos despertemos y empiezan a entrar y salir de la furgoneta, a dar portazos, a hablar en voz alta… Han pasado más de diez horas desde que nos aparcaron aquí y ocho desde que se fue el chófer.
31:20. Nos tomamos un café touba y un pan con los parroquianos. Nadie sabe nada del chófer. Preguntamos a los ayudantes, que dicen que el chófer “va a venir enseguida”. Cada vez que oímos esa frase sabemos que pasará un buen rato.
33:00. Los ayudantes dicen que el chófer va a venir enseguida. Obviamente, no tienen ni idea de dónde anda.
34:15. En una furgoneta aparece el chófer. Ha tardado más de 12 horas en regresar. Nos cuenta una historia muy larga que no tiene ningún sentido y suena a mentira poco trabajada y mira que ha tenido tiempo para inventarse algo bueno.
34:25. Arrancamos.
34:26. Paramos a coger un pasajero.
34:27. Arrancamos.
34:28. Paramos en la gendarmería y a un pasajero que lleva mercancía, después de discutir, le hacen pagar un porquesí.
34:40. Arrancamos.
34:44. Se cae una silla de plástico de la baca y paramos a cogerla.
34:46. Arrancamos.
35:10. Paramos en un puesto de control y el chófer entra en la caseta. El ayudante echa agua en el radiador.
35:25. Arrancamos.
35:55. Paramos a echar agua en el radiador.
35:57. Arrancamos.
36:24. Paramos en otro puesto de control. El ayudante echa agua en el radiador.
36:31. Arrancamos.
38:00. Llegamos a Mako, nuestro destino. Han sido casi 22 horas desde que salimos de Tambacounda. 22 horas sin apenas bajarnos de la furgoneta. 22 horas para recorrer 193 kms, lo que hace una media de 8,8 kms/h. África de cabo a rabo acaba de batir su record de “velocidad media más lenta”. Y no estamos orgullosos.
En busca de las gambas
Dejamos Gabón con buen sabor de boca y con ganas de hacer cosas: había sido un país un poco frustrante, pues al no estar preparado para el turismo apenas se podían desarrollar actividades como descender algún río en piragua o explorar la jungla y los impresionantes bosques…
Entrar en Camerún fue más fácil de lo previsto: tan fácil como saludar a los policías en su caseta, esperar a que rellenasen con nuestros nombres los libros de registros (de salida de Gabón y entrada en Camerún) y bajarnos o montarnos en los taxis que aguardaban en ambas aduanas. Nosotros lo tuvimos fácil y económico: no tuvimos que pagar la tasa de registro que le tocó a nuestro compañero de viaje camerunés en la frontera gabonesa ni el impuesto de circulación que le pidieron al conductor del taxi que nos llevó hasta el primer pueblo del país. Por ahora, la corruptela asquerosa la estamos viendo pero no sufriendo (todas las guías avisan sobre la corrupción en este país: estamos entrando en Camerún, país que Transparency International sitúa como el 146 de 180 de los más corruptos, siendo el 180 el más de todos, Somalia. Los hay mucho más corruptos, pero no tan turísticos como éste, lo cual es una preocupante combinación).
http://www.transparency.org/policy_research/surveys_indices/cpi/2009/cpi_2009_table
Ebolowa fue nuestro primer contacto con el país, pero apenas fue un cambio a Gabón: los mismos mototaxis para desplazarte por la ciudad, iguales alojamientos espartanos, los mismos puestos de brochetas de pollo y pescado por las noches… Eso sí, empezamos a ver cervezas por todos lados, una gran afición en este país, y desaparecieron de repente los coloridos y llamativos trajes en hombres y mujeres hechos con telas africanas… se impone el vaquero y la camiseta. Pena. En esta ciudad perdimos un par de horas legalizando una fotocopia del pasaporte: vas a la policia, cotejan tu pasaporte y visado con el fotocopiado en una hoja y te ponen un sello asegurando que son iguales. Con eso, en los controles podremos enseñar la fotocopia y no desprendernos del pasaporte… salvo que se pongan muy pesados.
Aún con reparos a montarnos en vehículos que no cumplieran todas las condiciones de seguridad, nos vemos obligados a tomar lo que nos ofrecen: nos empaquetan a 21 personas en una pick-up, esas furgonetas con la parte de atrás abierta, normalmente para poner bultos, materiales de contrucción o ganado. Nos tocaba apretujarnos a 15 personas allí detrás y entre los pies de uno, las rodillas de otra y la bolsa con pollos (aquí también viajan con ellos) uno apenas resultaba zarandeado en los baches y charcos de la pista (¡ved vídeo al respecto!). Pasamos durante 7 horas (en dos tramos, pues luego a mitad de camino cambiamos a una furgoneta) por bosques densos y pequeños pueblos de casas de adobe habitados por pigmeos. Y por si fuera poco con disfrutar del paisaje y de una experiencia tan humana (por lo apretujada) nos tocó, como viene siendo habitual, aguantar a un par de borrachos en cada trayecto. Uno de los que no para de hablar a gritos; otro de los que se te duermen encima por mucho que los empujes… y es que aquí para emborracharse lo ponen fácil: venden bolsas de plástico de 5ml (equivale a un copazo) de wisky, ron o ginebra. Como las de ketchup de las hamburgueserías, pero en grande. Ideales para llevar en el bolsillo y pimplarse una cuando estás aburrido.
Kribi fue nuestro destino, un pueblo para, en realidad, designar el litoral sur del país, lleno de playas solitarias. Pero no de las de cocoteros, sino de árboles frondosos y de buena sombra, en los que pasar un par de días descansando. Decidimos salirnos de la ruta más trillada. Nada de turistadas, así que durante dos días nos convertimos en eco-turistas. Vaya, esos que por una experiencia más humana y personal son sableados en nombre de un turismo más cercano, que beneficia a las gentes y pequeñas comunidades, no solo a empresarios. Vaya, que duermes y comes en casa privadas y los servicios que contratas son desarrollados por la gente del pueblo. Lo bueno es que sabes que aunque sea caro, estás pagando a gente humilde y que ese dinero sirve para que lleguen a fin de mes un poquito mejor. Así que dos horas más de coche (Itziar y yo en el asiento delantero, detás cinco más bien aplastados) hasta Ebodjé.
Estaba muy bien organizado, la verdad. Nos asignaron una casa, la de Mama Pauline, sencilla, de madera, pero con un salón y butacones cómodos (decorado con algunas fotos amarillentas) y una habitación para nosotros solos, con un buen mosquitero. El baño, una letrina, y la ducha (a cubos de agua) situados a veinte metros de la casa. Para las comidas (desayuno, comida y cena) íbamos a casa de Christine (de la cual solo vimos el salón, con su mesa y seis sillas y unos butacones impresionantes tapizados con tela de leopardo). No estaba mal lo que nos cocinó, pero hay que decir que la tercera comida en que nos tocó comer lo mismo (pescado guisado con salsa de tomate) nos rayamos un poco. Durante dos días nos paseamos por el pueblo saludando a gente que nos miraba sin mucho interés. Contratamos una excursión para explorar un río en piragua, una maravilla, pero con una hora nos quedamos muy cortos. Estuvimos bañándonos en un mar de agua caliente (de verdad, caliente, calculo 30 grados) o persiguiendo cangrejos (¡ved también un video!). O fuimos a la búsqueda de tortugas deshovando por la noche, pero no tuvimos éxito. Eso sí, la que nos cayó encima nos empapó hasta los calzoncillos.
Conocimos a bastante gente que hablaba español: habían trabajado en Guinea Ecuatorial durante algun tiempo (algunos toda una vida) y claro, este pueblo estaba a tan solo 25 kilómetros de Campo, la frontera con nuestra excolonia. Nos contaron historias tremebundas de corruptelas, pero todos estaban encantados de su experiencia: allí se puede ganar mucho dinero, es un país tremendamente rico (aunque el 30% del dinero que genera el petróleo va directamente a los bolsillos de los gobernantes, según la misma Transparency International…).
Un par de días fueron suficientes. Regresamos como pudimos a Kribi (en moto, después de que el único vehículo que pasó por la carretera en las dos horas que estuvimos esperando fuera un coche con dos personas montadas en el techo, agarradas de cualquier manera…) y allí cogimos un autobús hasta Yaoundé, que no solo salió con hora y media de retraso (nosotros dentro del bus, por supuesto) sino que nos metieron a 5 por fila, en un bus pensado para 4… Cosas peores han pasado nuestros traseros, pero al llegar a Yaoundé de noche estábamos reventados. Suerte que Cathy nos vino a buscar a la “estación” con su destartalado coche.
Buenas noches, Gabon
Y, sin darnos cuenta, ya nos estamos yendo de Gabón. Visita relámpago, o casi. Porque 15 días pueden parecer mucho, pero apenas han dado para recorrer un poco este país. Y no es que sea enorme, no. En realidad es la mitad del tamaño de España. Lo que ocurre es que el transporte es bastante difícil. Las carreteras alternan tramos de 50 kilómetros de asfalto calidad europea (con rayas, reflectantes, desagües, vallas de protección) con otros tantos kilómetros de pista fangosa, con agujeros como cráteres. A estos efectos, el segundo problema es que apenas hay población en el país, apenas un millón y medio, con lo que el transporte público formal es prácticamente inexistente. Acabas perdiendo mucho tiempo en esperas, viajando en camiones (la mayoría no vuelcan) o en “clandos” (de “clandestinos”) que no son sino coches privados que hacen de taxis entre ciudades y cuya conducción pone los pelos de punta, por ponerlo suave: cuantos más trayectos hagan, más dinero ganan.
Al llegar, pasamos tres o cuatro días en Libreville, la capital, en casa de Mat, un chico francés, disfrutando de una vida casi de expatriados, moviéndonos de barbacoas con franceses y belgas a puticlubs (o bueno, algo que se le parecía mucho) con españoles (olé). También de gestiones, obteniendo el visado para Camerún, información para el de Nigeria, cambiando dinero (al final en un sitio tan peculiar como la caja del hiperrmercado). O de excursión de medio día con Mat a un cartel que pone “está Usted cruzando el Ecuador” o algo así. Esas cosas chorras también nos gustan.
La capital (medio millón de habitantes) es insulsa, pero limpia, medio moderna y cómoda para los guiris, por lo que vimos. en ella viven muchísimos expatriados franceses y gracias a eso hay enormes supermercados en los que comprar queso brie, pate de campagne o yogures Danone. Todo importado para ellos, a precios más altos que en Francia, claro está. Vienen aquí a trabajar en las compañías petroleras que han enriquecido al país; a las minas de manganesio o uranio; a extraer la madera noble de los bosques; y a construir carreteras (no siempre de asfalto, que no hay dinero para todo). Pero poco a poco, como parece que es en toda África, los chinos están haciéndose con todas las licitaciones y concursos. En breve, habrá más chinos en este país que ninguna otra nacionalidad. Seguro.
Salimos en tren hacia el interior, hacia Lopé, en la única línea ferroviaria del país. Todos nos sorprendimos mucho de llegar a la hora en un trayecto de más de cinco horas. Y nosotros, de que la falta de aire acondicionado en segunda clase no fuera tan dura como nos dijo todo el mundo (en realidad, los blanquitos expatriados, aunque seguramente nunca la han cogido): ni olía tanto a sobaco ni íbamos hacinados.
Lopé, un gran punto en nuestro mapa, resultó ser no más de una centena de casas de madera, dos ultramarinos (sorprendentemente bien surtidos) y dos hoteles. El bueno y el nuestro. Ah, y un par de restaurantes donde poder cenar brochetas de pollo y ternera a la brasa (eso sí, sin mayonesa, ni salsa Maggi y con muy poco picante). Ahí estaba el parque nacional de la Lopé, famoso por ser zona de transición entre la sabana y el gran bosque húmedo. Ese gran bosque que nos ha impresionado: cubre el 75% de todo el país. Sí, sí, el 75%. Vayas donde vayas, estás casi permanentemente rodeado de enormes árboles, a cada cual más sólido, cubiertos de plantas, lianas y trepadoras vistiendo e imposibilitando ver más allá de escasos cien o doscientos metros. Dicen que la deforestación está empezando a ser un problema, por la tala descontrolada. Nos lo creemos, aunque no hayamos visto apenas zonas grandes sin vegetación. Pero debe serlo: solo ahora se está creando la agencia estatal para la gestión de los bosques… vaya, que te venden que la tala es sostenible, que la gestión es controlada… pero no hay un organismo específico para hacerlo. Eso sí, nos hemos cruzado con muchos camiones cargados de enormes troncos, camino a los puertos y a los mercados europeos.
Y tras nuestro sonado pero, afortunadamente, anecdótico accidente de camión butano, llegamos a Franceville, la tercera localidad en tamaño del país, en su extremo este, dispersa entre colinas y verdor. De hecho, llegamos a avanzar un poco más, hasta Leconi, para ver el Cañón Rojo, a apenas diez kilómetros de la frontera con Congo. No os engañaremos, la sensación de normalidad y los comentarios de la gente sobre ese país nos hizo pensar en ir a visitarlo, pero lo dejamos para una próxima ocasión. Lo que nos ha sorprendido más en Franceville ha sido darnos cuenta de la cantidad de emigrantes que viven en este país. Los ultramarinos los llevan principalmente mauritanos, magrebíes y chadienses. Las tiendas de ferretería, casi todo libaneses o similares. Muchos puestos del bazar, generalmente los de la gente más extrovertida, suelen ser de nigerianos o gente originaria de Benin, Togo o Ghana… Es sorprendente e inocente darse cuenta: uno cree que África es uno, que cada país es un compartimento, pero no: la amalgama de gentes, de etnias, de nacionalidades viviendo en este país (y suponemos que en otros que también sean potentes económicamente) es enorme. Todo un descubrimiento para mí.
Tras el accidente, las secuelas son mentales: ahora nos parece que todo el mundo conduce deprisa. Aunque es verdad. Hay muy pocos coches, poco tránsito, así que los que circulan lo hacen como si fueran dueños y señores de las carreteras. Por eso, regresamos en tren hacia la costa (aunque fuera de noche y no pudiéramos ver el paisaje por la ventanilla) para enfilar desde N’Djole hacia el norte, hacia Camerún. Pero el trayecto en tren fue todo un show: había los que se dedicaron a emborracharse y pasarse la noche entera a gritos por los vagones (por cierto, con vino de tetrabrik español); también los niños mimados que se pasaron la noche llorando y moviéndose, dando patadas y golpes a la madre (uno de estos le tocó a Itziar delante); la gente que para no estar incómoda, se tiraba a dormir en el suelo del vagón o unos encima de los otros sin demasiados miramientos; y el vagón-restaurante, un bar en toda regla, en el que de madrugada todas las mesas estaban llenas de borrachos durmiendo, soldados incluidos. Vaya, todo un contraste con la formalidad y normalidad de la experiencia del tren de ida, que cogimos de día, para internarnos en el país.
Estamos ahora en Oyem, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes, enfilando hacia el norte, yéndonos ya de Gabón. En todo el recorrido por el país me he acordado de la frase que no paraba de repetir Georges, un francés cincuentón que llevaba muchos años rodando por el mundo, construyendo carreteras: “Gabón no es África”. Y en parte creo que tiene razón o, por lo menos, no es la idea que muchos teníamos de una África pobre y mísera. Aquí los pueblos tienen electricidad (todo el día) y agua corriente en la gran mayoría de las casas; los ultramarinos de los pequeños pueblos están bien abastecidos; la policia no chantajea a nadie si tiene los papeles en regla; el coste de la vida es caro, pero a la gente no le falta el dinero; visten bien, limpios, con ropa sin agujeros ni jirones; hay escuelas públicas en condiciones y hospitales (aunque por suerte no los hemos visitado)… Todo esto rodeado de impresionantes bosques, ríos caudalosos, recursos minerales, energéticos… Lo reconozco, me ha sorprendido muy positivamente este país (a pesar del poco tiempo que hemos tenido para recorrerlo), pues no es lo que esperaba… pero qué demonios, ¡como si África fuera una!
Ojalá haya más Gabones y ojalá sean más fáciles de disfrutar (porque si algo le falta a este país, desde el punto de vista del viajero, es desarrollar su infraestructura turística: el potencial está ahí -bosques, ríos, montañas, tribus remotas- pero apenas se puede disfrutar de él).
Donde dije digo…
Donde dije digo, digo Angola. Estábamos en Oshakati, ciudad al norte de Namibia, de paso hacia Kaokoland, tierra de los himba, y ya que hay un consulado de Angola, y ya que estábamos allí, y ya que nos sobraba tiempo, y ya que teníamos una espinita clavada, indagamos sobre la posibilidad de obtener el visado. De los tres consulados de Angola en los que hemos preguntado (los otros estaban en Ciudad del Cabo y en Windhoek), este fue el que menos documentación pedía y menos cara extrañada puso a nuestra solicitud. Nos decidimos a solicitarlo al volver de Kaokoland. Nos tuvieron un par de días en ascuas pero, al fin, el día 3 de septiembre, a última hora de la mañana, una señorita muy sonriente nos dio los pasaportes con el codiciado visado. Debía de estar tan sonriente porque acabábamos de soltar una buena pasta (160 euros cada uno, más de la que pedían en los otros dos consulados) por una pegatina y una firma en el pasaporte.
Y con Angola, llegó la sorpresa. Las personas con las que habíamos hablado la pintaban desastrosa, corrupta, cara, complicada para desplazarse, llena de bandidos y gente desconsiderada. Casi daba miedo entrar en el país… Y lo que hemos encontrado ha sido gente extremadamente amable, simpática, acogedora, siempre dispuesta a echar una mano o a conversar y echar unas risas, gente con genuina curiosidad por los países y gentes extranjeras. Nuestro miedo, uno de ellos, era cómo desplazarnos, pero el transporte público no solo existe, sino que abunda, es fácil de utilizar y tiene un precio razonable. Además, las infraestructuras son bastante mejores que las de otros países que conocemos. Otro de los miedos: la seguridad. En todo momento hemos sentido que era un país seguro, especialmente en las provincias, donde se pueden dejar cosas a la vista en el coche, dormir en la playa o caminar por la calle de noche, impensable en otros países africanos.
En lo que acertaron aquellas voces es en que es un país muy caro. Especialmente para turistas y expatriados, porque los hoteles, restaurantes, alquiler de coche o de casa son ridículamente caros. Especialmente pero no solo, porque los productos que se venden en el mercado alcanzan unos precios que al ciudadano de a pie le deben de dejar tiritando. Por ejemplo, media docena de huevos cuesta 5 dólares, una lechuga 2 y cada naranja 1. Lo que nadie se explica es cómo llegan a fin de mes quienes tienen sueldos más modestos. Será a base de chanchullos, de vender cualquier cosa (aquí todo se vende, todo se compra) y “gasosas”, digo yo.
¿Que qué son las “gasosas”? Es la propina, el soborno, la mordida, la coima… Es el precio a pagar a un funcionario para que agilice un trámite, a un policía para asegurar el olvido de una multa de tráfico o a un intermediario para acceder a determinados servicios. En definitiva, para arreglar los problemillas cotidianos o salir de alguna situación excepcional. Nosotros no hemos dado ninguna gasosa aún (aún, repito, que nunca se sabe) pero los residentes extranjeros en Angola aseguran que es parte de su día a día en el coche, en la renovación del visado, para desbloquear un negocio… Angola parece ser un país burbujeante que nada en gasosa.
Nuestro paso por el país es de diez días. Diez días en Angola solo dan para rascar un poco su superficie, para adivinar que es un país con un potencial tremendo para el turismo, para intuir que su naturaleza es abrumadora, para sospechar que hierve de vida, para saber que sus gentes son de las más acogedoras de los países que hasta ahora hemos visitado… Diez días en Angola solo dan para quedarnos con ganas de conocerla más.
Al desierto, de golpe.
Y de repente, nos plantamos en Namibia. Como quien se quita una tirita, rápido, deprisa, para que no duela, salimos de Madagascar, nos metimos en Sudáfrica y en dos días estábamos fuera, en pleno secarral, en el corazón de Namibia. Varios miles de kilómetros en apenas 72 horas. A veces, en África resulta que se puede ir muy deprisa…
Pues sí, volvimos a Sudáfrica pero, tras haber estado más de un mes en abril y mayo, teníamos ganas de ver cosas nuevas, ganas de cambio. Sudáfrica no ofrecía nada nuevo. Necesitábamos un día de gestiones en Johannesburgo, que acabó significando pasarse el día en el centro comercial y nos permitió recordar lo que habíamos vivido (y lo que nos había disgustado) dos meses atrás: un mundo de blancos gravitando en torno a centros comerciales; un país en el que solo los negros caminan (y sin coche estás perdido, se necesita para todo); una ciudad paranoica con la seguridad, con las alambradas, con las alarmas; un país claramente segregado, los blancos por un lado, los negros por otro, con mucho cuidado de no mezclarse más allá de lo imprescindible… y las enormes burbujas residenciales de los blanquitos, tan distantes de los townships en los que los negros fueron expulsados a vivir… y donde siguen estando.
Así que con ilusión, nuevamente, nos largamos de Johannesburgo, pero en la dirección opuesta: hacia el oste, por carretera, otra paliza de 18 horas de autobús seguidas. Poco había que ver en el centro norte del país según nuestras guías. Bueno, sí, el desierto del Kalahari y el Parque Nacional Transfronterizo Kgalagadi pero la necesidad de alquilar un caro 4×4, el carísimo alojamiento dentro del mismo y las ganas de entrar en Namibia hicieron que lo hayamos dejado para una próxima visita.
Según avanzábamos pensábamos en lo diferente que era de Madagascar. Cruzamos el país en un autobús de dos pisos, tumbados en nuestras cómodas butacas; la carretera, perfectamente asfaltada, nos permitía ir a 100 kilómetros hora, nunca visto en los últimos dos meses; el billete, que nos costó lo que habíamos gastado en transportes en las dos últimas semanas; los insulsos restaurantes de comida basura de las gasolineras volvían a ser nuestra única opción para comer; tampoco nadie se dirigió a nosotros, muy aséptico todo; y, por supuesto, nada de pollos ni pasajeros amontonados unos encima de otros… eso sí, en lugar de videos musicales estridentes, nos tocó sufrir videos (película incluida) de publicidad cristiana.
Los cruces por tierra de fronteras tienen algo de terrorífico, de acojonante. Sin embargo, en mitad de la noche, el control de pasaportes fue fácil y sencillo. Los unos encantados de dejarnos salir una vez vieron que teníamos el historial policial limpio y otros encantados de que entráramos a gastar nuestros euros en su país. Y a las dos de la mañana el autobús nos soltó en una gasolinera a cinco kilómetros de Keetmanskoop, una ciudad (como deben ser casi todas en el país) en la que por la noche no funcionan ni los taxis. Nuestro ángel de la guarda (sería por eso de la adoctrinación cristiana previa) quiso que un hombre que dejaba a su mujer en el autobús del que nos bajábamos se apiadara de nosotros y nos llevara, cual ONG a cuatro ruedas, hasta la puerta de nuestro hotel.
Keetmanskoop se mostró como una ciudad de paso, sin gracia, sin nada que ofrecer. Un punto en mitad del desierto en el que todos los blancos hablan inglés con acento alemán. Una ciudad construida en pleno secarral, ordenadamente con una racional cuadrícula de calles, casas de un piso, negocios somnolientos, bancos, y mucho polvo en el ambiente. También aquí con sus townships (herencia del pasado sudáfricano, pues Namibia fue colonia sudafricana desde la Primera Guerra Mundial hasta su independencia en 1990). Y muchas gasolineras, que por allí pasa mucha gente pero poca se queda. Apenas estuvimos en ella seis horas, cuatro de las cuales nos las pasamos esperando en una gasolinera la salida de la furgoneta que nos llevaría a Luderitz, en la costa. Nuestra intención inicial, ir a visitar el supuestamente espectacular cañon del río Fish, parecía frustrada: ni hay transporte público ni se puede alquilar un coche para ir allí desde esta ciudad. Esperando a que se llenara la furgoneta para partir, empezábamos a comprobar que también aquí (como en Sudáfrica), el no tener coche es un lastre importante para ver lo que el país tiene que ofrecer.
Una carretera rectilínea, infinita (pero asfaltada) y cuatro horas circulando por un desierto pedregoso, árido, a ritmo de música tecno, nos llevaron a ese pueblo de pescadores, remoto, rodeado de dunas al norte y pedregal al sur. Y más allá, el Atlántico. Un pueblo sin escapatoria. A medida que caía el sol, nos acercábamos a la costa. La niebla nos rodeó. Y a pesar de los carteles de alerta con chacales pintados en ellos, atropellamos a dos animales esa noche. Triste balance de llegada a un país famoso, entre otras cosas, por su fauna salvaje.
