África de cabo a rabo

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Au revoir, Nescafé

Dejamos atrás las grandes ciudades saharauis para entrar en pequeños pueblos marroquíes. Cambiamos la arena del desierto por el mar, la aridez del ambiente por los campos y colinas fértiles, el pescado frito por las aceitunas y naranjas. Estábamos contentos y, en cierta manera, era como estar en casa.

Los grand-taxis seguían abriéndonos camino (cuatro sentados en la parte de atrás y dos delante, sin cinturón, claro) por carreteras entre ¡por fin! montes con hierba, riachuelos, rebaños de ovejas e, incluso, algunos árboles. Quedaba claro que estábamos dejando el desierto a nuestras espaldas. Y nos alegraba el nuevo cambio de paisaje, resultaba familiar.

Y más cuando vimos el escudo de un águila con sus flechas y yugo sobre el pórtico de entrada al casino abandonado de Sidi Ifni… Pero es que este pequeño pueblo (fundado en 1934) un día fue la antigua capital de la minúscula provincia de ultramar española llamada Ifni. Poco duró la “unidad y grandeza”, pero ahí quedan estupendos edificios coloniales, algún hotel de nombre castellano (“La suerte loca”) y camareros como Ahmed apodado “el churro”, que con gracia seguía la conversación en español de dos granaínos, de los que han nacido en Marruecos y van y vienen de uno a otro país. Seguro que muchos aún recuerdan los días en que se comía chorizo y paella los domingos al sol. A falta de eso, nosotros encantados con el cuscús, los cafés con leche de verdad (au revoir, Nescafé) y el olor a especias de los mercados. Aunque lo de entendernos nos costara mucho más otra vez: aquí hablan francés de verdad, para nuestro desconsuelo.

La escala duró poco, pues nos aguardaba una de las joyas de la costa sur marroquí: Mirhleft, uno de esos pueblos que empiezan a salpicar descontroladamente la costa sur. Junto a las impresionantes playas, ocultas en los acantilados, el desarrollo urbanístico va llenando de edificios solitarios salpicando el pasto. Y como el terreno es caro, estrechas casas tres pisos, cada uno de no más de quince metros cuadrados, son la norma. La llegada desconcertante: nada más pisar el asfalto, tres chicos que se peleaban entre sí para mentirnos y convencernos para alquilar el piso por el que se llevaban comisión. Y juntaron el hambre con las ganas de comer: nos dejamos liar y acabamos en una casa de esas. Eso sí, a un precio tan regateado que por lo barato nos da vergüenza admitir. Pasamos de hotel. Dos días pasaron paseando de una playa a otra, dándole al tajine y al té a la menta y adivinando cuántos minutos debían faltar para la llamada al rezo por la altura del sol en el horizonte… y, también, descansando unas décimas de fiebre que Itziar empezaba a tener.

Seguimos serpenteando por la costa hasta Tagazout, cruzándonos con decenas de caravanas: jubilados franceses en auténticos buques acorazados con ruedas, recorriendo sin prisa el país. En este pueblecito fue un aparcacoches avispado quien nos mostró el apartamento que nos gustó ganándose así la consabida comisión. Un comerciante, un paseante y varios espontáneos no nos convencieron. Uno incluso nos alquilaba su habitación, con los calcetines sobre la mesilla. “Os la limpio en un momentito” nos gritaba mientras salíamos disparados…

El pueblo un día debió de ser precioso, tranquilo, de casas de uno o dos pisos sobre el mar, con un pequeño paseo marítimo, barcas de pescadores… Era un destino de hippies, de buenrollistas. Con algún cafecito sobre la playa para tomar té a la caída del sol. Hoy eso sigue ahí pero por encima de la carretera costera que lo parte en dos ha crecido una verruga en forma de aglomeración de edificios precarios, construidos con ladrillos de cemento cutre, sin acabar, sin pintura… Rápido, rápido y barato, pues de lo que se trata es de intentar alojar a bajo precio a los centenares de surfistas que acuden allí desde Inglaterra o Francia. Y lo logran, pero a cambio parece que el pueblo esté a medio hacer…o a medio deshacer.

Playa, surf o… pasearse. Poco más hay para hacer en la meca marroquí de los mochileros surfistas, así que nos empapamos del ambiente: pizzas por la noche, moto de alquiler por el día para recorrer la costa… todo lleno de rubios y rubias macizos embutidos en neoprenos en busca de las mejores olas del país… Un día, en una de las playas, llegamos a contar más de cien surfistas en el agua. Las olas mueven mucho dinero en este pueblucho. Pero de cervezas, nada, sorprendentemente.

Durante los tres días que anduvimos por allí, nos costó deshacernos de nuestro “amigo” el aparcacoches. Cuando nos veía venía corriendo a ver qué necesitábamos, porque él tenía otro amigo que, claro, nos lo podía proporcionar. “¿Queréis comer barato? Si venís conmigo (y me invitáis, añadimos nosotros) en vez de 10 os cobran 3” nos decía tan ancho. “¿Queréis una moto? ¿Comprar galletas?” Pero no siempre nos ofrecía cosas, otras simplemente se acercaba para saludarnos y comentarnos lo duro de su trabajo. Si le contáramos de los nuestros… aquí todo el mundo también cree que el dinero nos llueve a la cuenta bancaria por arte y gracia divina. El último día hasta esperó al autobús con nosotros para ayudarnos a pararlo (vaya, a extender el brazo como nosotros) para, lógicamente, pedir su comisión al cobrador. Aquí parece que todo funciona así…

Salir de allí tuvo algo de aventura, o más bien, de despropósito. Cometimos el error (el hartazgo de preguntar y confirmar con más personas nos la jugó) de fiarnos del precio que otro “amigo” nos dijo que nos debía costar el trayecto. Así fue que cuando el cobrador del autobús nos intentó hacer pagar el doble de lo que el otro tipo nos dijo y vio que nos negábamos, ordenó pararlo en una cuneta de la carretera y, muy educadamente, nos invitó a bajarnos. La gracia fue doble: una hora perdida esperando en mitad de la nada y, encima, el siguiente autobús que paró nos cobró más que el anterior. Genial. Y tampoco era plan discutir, que por si fuera poco parecía que iba a llover.

Mauritania, zona roja

Y al cruzar el río Senegal entras en el Sáhara, de sopetón. Adíos al verdor, adios a los ríos, adios al África negra. Has cambiado de película y no tardas en darte cuenta. En apenas unos minutos te encuentras entre dunas a los lados de la carretera; kilómetros y kilómetros de tierra suelta, de árboles sedientos sin una sola brizna ni hierbajo a su sombra… atraviesas poblachos en los que te preguntas de qué vivirá esa gente, si allí no hay más que arena; y entramos en contacto con quienes serán los nuevos amigos de nuestros pasaportes y movimientos: la gendarmería y la policia a partes iguales, que a lo largo de nuestros días en el país se han dedicado a anotar nuestros nombres y pasaportes en decenas de controles. Es lo que tiene entrar en un país gobernado por militares: el control. “Por vuestra seguridad” seguro que apuntarían ellos. Já.

Llegar a Nouakchott fue sencillo: buena carretera de un carril, conductor con tendencias suicidas y un Renault 19 de hace veinte años, lo menos. “El motor está como nuevo” nos dijo al montarnos en el coche. Damos fe. La capital era tal cual nos esperábamos: otro espanto, solo que comparada con otros adefesios urbanísticos africanos esta no tenía ni un solo árbol ni nada que ofreciera algo de sombra. Una ciudad de un millón de personas, de casas de un piso o dos, sin rematar (por si un día contruyen otro piso más). Ningún interés, salvo por sus cajeros automáticos y su fantástico mercado de pescado, que todas las tardes se desarrolla en la playa. Pero no es nada trivial: es uno de los mercados más importantes de África Occidental, con una lonja espectacular, que moviliza a miles de personas entre pescadores, vendedoras, negociantes y turistas. Compramos jureles (a 1 euro el kilo) y nos los hicimos a la plancha en el hotel, junto con un tunecino y un libio que viven allí. ¿Su trabajo? Comprar el pescado fresco por kilos o toneladas y organizar el envío a sus países, enavión o congelado. Se pasaron los dos días que les vimos por el hostal pegados a la radio. Pero no eran los únicos: los telediarios no hablan de otra cosa. El Mahgreb y Oriente Próximo están ardiendo y desde aquí se mira con atención lo que pasa.

Ocho horas de coche y siete controles en 400 kilómetros nos llevaron al corazón del país, a la región de Adrar. Pasamos por paisajes de dunas rojizas, por extensiones totalmente yermas y monótonas, por valles y montañas rocosas hasta llegar a Atar y de allí, en otro taxi tras una espera de dos horas, a Chinguetti. Una ciudad con un aura mítica: fue una de las paradas más importantes de las rutas caravaneras que transportaban por el desierto sal, oro… antaño, claro. Hoy es una somnolienta ciudad oasis, rodeada a cierta distancia por imponentes dunas, que poco a poco están engullendo las casas y calles del barrio antiguo. Los hoteles, vacíos, están en la nueva ciudad. Ya no viene ese vuelo directo desde París. Esta zona es “no recomendada” por el gobierno francés, por su aparente riesgo. Según los guías y hoteleros lo único que temen los franceses es que vengan otros países a intentar explotar los yacimientos petrolíferos que explotan los gabachos en esa zona, de ahí su recomendación. ¿A quién creer?

Tras otro de esos desencuentros con el organizador de nuestra excursión en camello (“¿cómo?¿que queríais un camello cada uno? Teníais que haberlo dicho. ¿Cómo iba yo a saberlo? Igual queríais caminar cada uno un rato por las dunas y turnaros con el camello…” nos dijo el jeta) partimos con un día de retraso, cada uno con un animal eso sí, a recorrer los 12 kilómetros entre dunas hasta el impresionantemente solitario oasis de Lagueira, apenas unas palmeras entre extensiones de dunas, con varios pozos, unas cuantas casas, una veintena de niños y… un colegio. “Un oasis, una escuela” es el lema de la ONG que lo ha financiado. Mientras deambulamos cotilleando por el palmeral, el camellero preparó el plato tradicional de la gente del desierto: un pan denso cocido directamente sobre ascuas y luego empapado en un caldo de zanahorias y cebolla. Contundente es la palabra que me viene a la cabeza al recordarlo. Regresamos al empezar a caer la tarde por la misma ruta que vinimos. Daba igual, no te daba la sensación de estar repitiendo… disfrutamos de otras tres horas entre dunas, con su de silencio, inmensidad, belleza. Qué poca cosa se siente uno allí, en mitad de tanta arena.

La belleza y el estado de embriagadez en que nos dejó de la excursión casi nos hizo olvidar lo bandido que era el dueño de nuestro “hotel”. Al llegar a Atar, dos días antes, lo conocimos en la estación de taxis. ¿A qué hotel vais? ¡Qué casualidad, es el mío! exclamó con naturalidad al decirle el nombre, uno que nos había gustado de la guía. Nos enteramos dos días más tarde que ese hombre, Monsieur Merhaba, había sido el antiguo propietario del hotel en cuestión pero que se lo vendió a un francés que, ahora, lo ha cerrado. Así que el tipo se ha apropiado del nombre de su antiguo hotel y engaña a turistas como nosotros enviándonos a su nuevo hotel, justo detrás del antiguo: así, además, no levanta sospechas pues el cartel junto a la puerta del antiguo parece indicar, en realidad, en dirección al nuevo… (aunque todo hay que decirlo, como las habitaciones estaban estupendamente no nos cambiamos al enterarnos del timo, uno ya no tiene tanta fuerza ni convicción…) En fin, que nos las prometíamos felices en el supuestamente hospitalario, honesto y diferente Mauritania pero no tardamos en descubrir que aqui también lo que importa es sacarle la pasta al blanco de turno, aunque para eso haya que engañarle. Eso es lo de menos.

Seguía el viaje. Como no queríamos retroceder hasta la capital para subir por la costa, nos embarcamos en una de esas inolvidables jornadas épicas, combinando coche y tren. Pero no cualquiera, sino el tren de carga más largo del mundo. Tiene centenares de vagones que transportan piedra para convertir en acero, que suman una distancia de más de dos kilómetros de largo, dicen… ¿Lo bonito? Nuevamente el trayecto en 4×4 hasta el pueblo de Choum, pasando por varios tipos de desierto: montañoso, dunas, piedra… ¿Lo duro? La espera, pues el tren llegó con 7 horas de retraso a la parada, una caseta de adobe a un kilómetro del pueblacho. A esas alturas, las 12 de la noche, ya estábamos durmiendo sobre el suelo, cubiertos con el saco y añoré la comodidad de ese lugar cuando tocó montar en el único vagón de pasajeros del tren. ¿Lo demoledor? El trayecto en sí, intentando dormir algo sobre asientos que eran meros tablones y respaldos cuyo acolchado había sido arrancado con violencia, o eso parecía. En realidad, todo el compartimento estaba como vandalizado.

El día no tardó en llegar y los tés, las conversaciones y el chismorreo tampoco. En cada compartimento había una bombona de butano con un fogón, para que cada cual pudiera hacerse el té o la comida, y hacer así más llevaderas las 12 horas de trayecto hasta llegar a Nouadhibou. Entre otros, conocimos a Khalifa, un saharaui cuya familia está en el campo de refugiados argelino de Smara. Nos ofrecieron té, zumo de naranja mezclado con leche (¡!) y con su acento andaluz (ahora lleva cuatro años en España) nos contaba lo agradecidos que están al pueblo español por todo lo que hace por ellos allí, lejos de su tierra. Tenía un discurso complicado: el sentimiento (“algún día volveremos a nuestra casa, a la tierra de nuestros padres y abuelos”) luchaba con una realidad que él mismo admitía (“el Sáhara se lo dio España a Marruecos a cambio de Ceuta y Melilla” o “Marruecos no renunciará a nuestra tierra: tiene fosfatos, pesca… ¡es muy rica!”).

Con el tren pasamos rozando la frontera de lo que un día fue el Sáhara Occidental y hoy es Marruecos. Una zona altamente minada desde los años 70 y llegamos a mediodía, molidos, doloridos, tras más de 24 horas desde nuestro inicio del viaje en Chinguetti. Pas mal, como dirían por aquí.

Una jornada muy larga

Hay días que empiezan torcidos y se acaban arreglando. Hay días que empiezan bien y lo único que hacen es ir a peor. Y algunos de estos días no es que se hagan largos, es que duran más de 24 horas. El 11 de febrero, para África de cabo a rabo, fue una jornada de 38 horas. Esta es la crónica de un día muy largo.

11 de febrero de 2011

08:30. Llegamos a la estación de autobuses de Tambacounda y nos desayunamos un rico café touba.
09:00. El responsable de una furgoneta de 20 plazas nos dice que ya hay 10 personas esperando y que no nos cobra por las maletas. Pensamos que no tardará en llenarse y salir hacia nuestro destino, Mako, que está a unas cuatro horas de aquí, así que compramos los billetes.
11:00. Nos hemos hecho amigos de un currante del bus, nos ha invitado a té y hasta se deja filmar preparándolo. Estamos contentos, disfrutando de una espera que nos resulta amena y entretenida.
11:30. Preguntamos al responsable de la furgoneta y dice que faltan cinco personas para llenarla y salir.
12:30. Han llegado cuatro clientes. Viendo el movimiento que hay y previendo que no tardaremos en salir, nos comemos un bocadillo de tortilla en vez de ir a uno de los restaurantes de la estación a comer una comida de verdad. Tres horas y media de espera, no es tanto.
13:30. Hablando con uno que resulta ser el chófer, nos enteramos de que en la furgoneta no meten a 20 sino a 32 personas y de que por ahora hay 26 (es decir, aún faltan seis). El responsable nos ha mentido. Parecía un tipo serio pero nos teníamos que haber dado cuenta: en las estaciones africanas, casi nadie es de fiar.
14:30. Ya somos 29. Según el chófer, el responsable dice que salimos con 31 pasajeros.
16:00. Se produce el milagro: por fin salimos de la estación. Han sido siete horas esperando, África de cabo a rabo ha batido su record de “espera a que se llene el vehículo”. Tras salir de la estación, aún hay que echar gasolina, hinchar las ruedas y esperar al chófer que ha ido a comprar cuatro barras de pan, como si no hubiera tenido todo el día para hacerlo.
16:25. Arrancamos de verdad.
16:45. En plena ruta, sobre asfalto impecable, se revienta una de las dos ruedas traseras izquierdas.
17:20. Los ayudantes terminan de cambiar la rueda reventada por la de repuesto, que está tan desgastada y llena de bultos como debía de estar la que ha reventado. El chófer ha desaparecido.
18:15. Aparece el chófer en un taxi con un neumático nuevo y arrancamos. El chófer, sabiendo cómo es la rueda que han colcado, conduce a unos 30 km/h y con cara de susto.
20:10. Paramos en Dialacoto, un pueblo a 69 kms de Tambacounda, para montar el neumático en la llanta.
20:50. El chófer nos pide dinero porque se ha quedado sin blanca para pagar el montaje de la rueda después de comprar la gasolina, el neumático y no sé qué más. Le pedimos que recaude entre los locales, a quienes será más fácil devolvérselo. También nos da rabia que cuando se trata de pasta a los primeros que acuda sea a los blancos. Al final nos puede la solidaridad y las ganas de irnos y le damos 2.000 francos (y un recibo, que este también trabaja en una estación de transportes y no hay que fiarse mucho).
22:00. El chófer para un camión que pasa y se sube con la rueda de repuesto que no ha podido reparar en el pueblo. Dice que tardará unas tres horas. La gente se prepara para la espera: algunos se tumban en el suelo a la puerta de algún negocio ya cerrado, el que tiene un colchón en la baca no duda en bajarlo y echarlo al suelo y otros se acoplan en los asientos, como nosotros, que nos apañamos en una de las filas de cinco asientos que tiene la furgoneta. Cada vez hay más espacio: algunos pasajeros han desertado y se han ido en un camión que pasaba.
26:50. De una furgoneta que aparece en mitad de la oscuridad alguien baja la rueda reparada. Ni rastro del chófer. Intentamos seguir dormitando mientras los ayudantes colocan la rueda nueva a martillazos. Los ronquidos, toses, sorbidas de mocos, llantos de niños y madres que tratan de calmarlos, las alarmas de los relojes que nadie para y alguien que entra y sale de la furgoneta ayudan a dormir tanto como los martillazos.
30:20. Segunda llamada del muecín y los que han dormido fuera deciden que es la hora de que todos nos despertemos y empiezan a entrar y salir de la furgoneta, a dar portazos, a hablar en voz alta… Han pasado más de diez horas desde que nos aparcaron aquí y ocho desde que se fue el chófer.
31:20. Nos tomamos un café touba y un pan con los parroquianos. Nadie sabe nada del chófer. Preguntamos a los ayudantes, que dicen que el chófer “va a venir enseguida”. Cada vez que oímos esa frase sabemos que pasará un buen rato.
33:00. Los ayudantes dicen que el chófer va a venir enseguida. Obviamente, no tienen ni idea de dónde anda.
34:15. En una furgoneta aparece el chófer. Ha tardado más de 12 horas en regresar. Nos cuenta una historia muy larga que no tiene ningún sentido y suena a mentira poco trabajada y mira que ha tenido tiempo para inventarse algo bueno.
34:25. Arrancamos.
34:26. Paramos a coger un pasajero.
34:27. Arrancamos.
34:28. Paramos en la gendarmería y a un pasajero que lleva mercancía, después de discutir, le hacen pagar un porquesí.
34:40. Arrancamos.
34:44. Se cae una silla de plástico de la baca y paramos a cogerla.
34:46. Arrancamos.
35:10. Paramos en un puesto de control y el chófer entra en la caseta. El ayudante echa agua en el radiador.
35:25. Arrancamos.
35:55. Paramos a echar agua en el radiador.
35:57. Arrancamos.
36:24. Paramos en otro puesto de control. El ayudante echa agua en el radiador.
36:31. Arrancamos.
38:00. Llegamos a Mako, nuestro destino. Han sido casi 22 horas desde que salimos de Tambacounda. 22 horas sin apenas bajarnos de la furgoneta. 22 horas para recorrer 193 kms, lo que hace una media de 8,8 kms/h. África de cabo a rabo acaba de batir su record de “velocidad media más lenta”. Y no estamos orgullosos.

¿Y cómo dices que se escribe? ¿B-E-N-Í-N?

Llegamos reventados a Benín. Tras atravesarnos Nigeria en 5 días y sufrir dos fronteras en apenas una semana, necesitábamos un descanso. Unas vacaciones del viaje. Suena raro, pero no lo es tanto. Viajar también tiene una rutina de la que escapar: abrir y cerrar la mochila todos los días, dormir en un hotel diferente cada noche, meterte varias horas de coche/furgo/bus cada par de días, tener que ver, visitar lugares, comer cualquier cosa cuando puedes… eso cansa. Necesitábamos un poquito de calma y reposo.

Grand Popo fue la elegida. Decía la guía que no hay absolutamente nada que hacer allí y no se equivocaba. Estuvimos en un pequeño hotelito, con solo tres habitaciones, descansando, leyendo, poniendo al día el diario, durmiendo… Por la mañana a primera hora salíamos a desayunar a la cafetería: un chiringuito con banquetas en la acera. Tortilla y nescafé con leche condensada, que aquí llaman cafe au lait. Pudimos probar casi todos los restaurantes (4) y puestecillos callejeros (3 ó 4). El mejor, uno en el que la mamam un día nos intentó cobrar el doble y otro, cuando pedimos la comida cerrándole el precio de antemano nos dio la mitad de la ración. Una pena, pues su pescado en salsa de tomate picante era excelente, pero no volvimos, como comprenderéis.

Cinco días de no hacer nada no fueron suficientes, pero nos fuimos a Possotomé, por eso de cambiar. Un pequeño pueblecito al borde del lago Ahemé, famoso por sus aguas termales. Increíblemente, no había que pagar el doble por una habitación con agua caliente: lo quisieras o no, salía así del grifo. Pero no os hagáis una imagen mental de resort termal de lujo o nada parecido… tan rural era que al minuto de andar por cualquier camino polvoriento y rojizo ya estábamos entre campos de ñame y mijo. Allí pasamos un par de días alojados en la habitación “Tokyo” de un hostal que resultó ser el único lugar para comer sentado. Una noche el pollo que andaba por el patio acabó braseado en nuestro plato en apenas media hora, el tiempo necesario para preparar el acompañamiento: puré de ñame, el plato estrella del país. Pero por no hacer ni visitamos adivinador alguno, ni ningún templo de vudú ni cogimos una canoa para conocer mejor como pescan en ese enorme lago, de una profundidad no superior a los 3 metros… seguíamos en formato seta.

Cotonou, la capital económica, nos abrumó viniendo en el estado zen en el que llegábamos. La ciudad se ha hecho famosa, merecidamente, por sus niveles de contaminación y en apenas unos minutos tras llegar supimos el porqué. Montados a lomos de dos mototaxis, pararse en cada semáforo (por suerte no hay más de una docena en la ciudad) era como meterse en una bruma infernal de CO2, asfixiante hasta el punto del mareo. Decenas, miles de estas motos recorren la ciudad: no hay autobuses públicos y apenas taxis de 4 ruedas. Los “zem” son los reyes de las calles. No es fácil usarlas, ni llegar donde quieres. Las calles tienen nombres, al igual que tu mapa, pero ellos no los conocen. Tienes que buscarte edificios o negocios conocidos. El otro día fuimos a un restaurante cuya indicación era “cerca del peluquero Doujou”. Al lado de nuestro hotel está la compañia de teléfonos MTN, que todos conocen, al contrario que nuestro alojamiento. Aunque, a decir verdad, esto pasa en todas las ciudades del país. El restaurante Saveurs de Benin, según indica en su tarjeta está “en la calle de la Dirección General de Mbov”. Como para preguntarles por el código postal…

En Cotonou, entre actividades más lúdicas, nos fuimos al hospital, en realidad una clínica privada pija para los estándares de aquí, en la que nos soplaron 20€ por la visita y 15€ por los análisis. El doctor resultó ser, para nuestra sorpresa, el tipo cojo con oscuras ojeras que observamos con tristeza mientras atravesaba el hall de entrada, quien determinó que en vista de mi cansancio físico y sobre todo de los resultados de los análisis debía de tener gusanos en el intestino. De qué tipo, a saber, pero con una pastilla aquel día y otra a los diez días se han tenido que ir. Al menos yo ya no estoy tan cansado, aunque como más que antes, lo que no sé si tiene sentido pensando que antes tenía que comer por varios y ahora solo por mí mismo. “Carnes mal conservadas y verduras crudas” pueden ser las causantes según dijo. Poco podría comer si las eliminara de la dieta por precaución…

En un coche con 4 personas apretujadas detrás y 2 en el asiento del copiloto nos fuimos a Porto Novo, la capital, que lejos de ser más cosmopolita resultó tener más edificios coloniales, más calles sin asfaltar y decenas de templos, entre los cristianos, musulmanes y de vudú. Eso sí, con un concierto o actividad cultural cada día de los que estuvimos allí. Nos decidimos por la que creíamos que sería la presentación del disco de un tal Yul, que era además gratis. Fuimos encantados pensando que oiríamos algo de música. En realidad, por lo que observamos se trataba de un evento para sacar dinero para promocionar al cantante y su prometedora carrera musical… durante la hora que duramos allí el presentador se dedicó a sacarle la pasta a su productora (1.500€), al párroco de su iglesia (75€), a su dentista (75€) y, entre otros, a Pablo y María (aka Itziar) quienes tras declarar, micrófono en mano, que ellos estaban muy contentos de estar allí pero que habían ido para escuchar música y que comprarían el disco encantados, el presentador consiguió sacarnos 3€ entre los aplausos del concurrido público. Al rato cantó un par de canciones y la gente salía a pegarle billetes en la sudorosa frente mientras cantaba como aportación a su promoción, algo mucho más elegante que que te hagan decir a través de un micro la pasta que vas a poner, la verdad. (Por cierto, el disco no lo vendían, así que en realidad no nos enteramos de qué iba aquel sarao, si era la promoción de un disco presente o futuro, el inicio de una gira, un fraude enmascarado con formato de musical…).

Otro día visitamos Aguegué con una piragua. Si no eres turista ni tampoco blanco, puedes ir a ese pequeño pueblo de casas “flotantes” en piraguas a motor formato autobús, cual patera, atravesando los 12km de lago hasta el pueblo. Pero como nosotros lo éramos, al llegar al embarcadero resultó que, casualmente, ninguna de las barcas llenas de gente iban a donde nosotros queríamos y que las que estaban vacías nos las alquilaban para ir y regresar por 20.000 francos. Pagamos 8.000 tras media hora de negociación, pero salimos entre barcas atestadas de gente nosotros dos solitos, cuales blanquitos ricachones, a visitar aquel pueblo de pescadores construido en una isla en medio del lago. La visita del pueblo la hicimos a pie, porque el lago estaba con el nivel de agua bajo, caminando entre cerdos (que no llegamos a preguntar qué hacen ni qué comen cuando sube el agua), niños reclamando su regalo y, sobre todo, gente que se pregunta qué pintan los blancos caminando por ahí si el lugar está lleno de basura, casas de madera de lo más elementales y rústicas (propiedad de los que aún no tienen dinero para cambiarse al cemento y ladrillo) y una iglesia modelo catedral de León en mitad del poblado. Bueno, visto así yo también tengo mis dudas sobre los motivos de nuestra visita, pero las recomendaciones de las guías es lo que tienen. A veces te metes en unos agujeros…

Welcome to Nigeria

Después de cuatro semanas Camerún, país que hemos recorrido de cabo a rabo, tocaba Nigeria. Cuatro semanas en las que hemos pasado por docenas de controles de policía y ejército en la carretera, de los que hemos salido sin perjuicio, aparte de alguna mancha de sudor en la camisa.

Nigeria pintaba peor. A la frontera llegamos con el culo apretado, tensos porque según lo que habíamos leído y hablado con otros viajeros es habitual que pidan el pago de tasas que no existen, regalos que no vienen a cuento y, como nos dijo uno que conoce bien el país, “les gustan mucho las cámaras de fotos”. Y nosotros solo llevábamos cuatro (y un goloso ordenador).

Salir de Camerún fue fácil: primero pasamos por inmigración para que pusieran el sello de salida en el pasaporte, todo sonrisas, todo amabilidad, todo “espero que os haya gustado el país”. Después, la policía, también amables pero más secos, hasta que “sí, venimos de Madrid pero nos gusta el Barcelona ¿eh?” (carta que hemos jugado mucho porque Eto’o aquí es un dios y todo el mundo es el Barça) y empezaron los choques de manos y las risas por el último 5-0 al Madrid. Apuntaron nuestros nombres y números de pasaporte en un cuaderno primero y en una hoja en blanco después y con un “¡hasta la próxima!” pudimos cruzar el puente que une Camerún con Nigeria.

Pisamos suelo nigeriano como quien regresa a casa de madrugada por las calles vacías de la ciudad, alerta, procurando no hacer ruido y aparentando normalidad. Alguien nos señala una chabola (de verdad, de palos y chapa) y entramos: es inmigración. Hay mucha gente vistiendo uniformes marrones y ninguna sonrisa. Un tipo muy serio nos saluda con un “welcome to Nigeria” y nos pregunta cuál es nuestra profesión, a qué venimos, qué vamos a hacer en el país, dónde vamos después… preguntas que responderemos muchas veces hoy. Miran pasaporte y visado, murmuran entre ellos y, para hacerlo corto, nos dicen que solo nos pueden dar cinco días porque el visado caduca el 10 de diciembre y hoy es día 3, así que nos conceden hasta el día 8. En realidad el 10 de diciembre caduca su validez para entrar al país y una vez dentro de Nigeria podríamos permanecer 14 días, pero en el visado no lo pone claramente. Intentamos conseguir un día más: “si el visado caduca el 10 ¿no nos puede dar hasta el día 9?” “No, el 9 tenéis que salir, así que os doy hasta el 8.” ¿?. Decidimos no discutir porque el visado no es muy claro sobre los días de estancia y en cualquier caso nuestra idea era solo cruzar Nigeria. Vamos, que nos choricean nueve días de visado y nos obligan a correr para atravesar el país. Con la pasta que nos costó…

Siguiente parada: la chabola de la policía. Estos van de azul y son muy jóvenes. El que tiene la cara llena de acné escribe con visible esfuerzo los datos del pasaporte en un cuaderno mientras, muy concentrado, se muerde la lengua. Otro, que por lo menos tiene 20 años, le va indicando lo que tiene que escribir en cada casilla. Este trámite es rápido y solo apuntan los datos de uno de los pasaportes y lo que les contamos de dónde vamos, cuánto dinero en efectivo traemos, etc. Sin siquiera verlo, dicen que los datos del otro pasaporte ya los copiarán. No sé qué dirá su jefe cuando se entere del procedimento…

A todo esto, vamos en un taxi cuyo conductor nos va diciendo lo que tenemos que hacer y nos espera tras cada trámite. El taxista nos indica que entremos en otra chabola. Aquí no hay uniformes ni placas… ni idea de quiénes son estos. Un tipo muy negro con una camisa muy blanca apunta los mismos datos de nuestros pasaportes en otro cuaderno. En la caseta aparece otro hombre, enorme y muy serio, y nos lanza las preguntas habituales, que remata con un “¿cuántos hijos tenéis?” Al oír que “aún ninguno, nos conocemos desde hace poco” (otra carta que jugamos para ahorrarnos explicaciones porque en África no se entiende que las parejas no tengan hijos), nos regala una charla de trasfondo religioso sobre la importancia de tener hijos. Asentimos como niños buenos y en cuanto el de la camisa blanca termina con nuestros pasaportes, nos largamos.

Nos vamos a subir al taxi pero el paciente taxista, con un gesto, nos indica que aún hay más. En la cuarta chabola nos saluda muy serio un hombre gordo vestido a la manera tradicional (pantalones y camisola casi hasta los pies, hechos con la misma tela de muchos colores). ¿Que qué llevamos en el equipaje? Pues ropa, cosas de aseo, medicinas… ¿Que qué medicinas? Analgésicos, antipiréticos, antibióticos… No, no tenemos receta para los medicamentos. ¿Que por qué? Pues porque no hace falta, son medicamentos que se venden en la farmacia sin receta. Y nos explica que es de Narcóticos, que por eso pregunta. ¿No llevaréis drogas? No. ¿Seguro? Sí. ¿Se-gu-ro? dice mirando fijamente a Pablo como cuando de pequeños jugábamos a “ojos de lobo”. Pablo aguanta la mirada y pasa la prueba. El tipo, que de repente juega a ser nuestro amigo, dice que cuándo volvemos y respondemos que no regresamos a Camerún. Insiste varias veces: “entonces ¿no nos vamos a volver a ver?” y para evitar que nos pida un recuerdo, le soltamos un “sólo Dios sabe cuándo volveremos a vernos” (tercera carta de nuestra baraja, que aquí todo el mundo es religioso y esas frases zanjan fácilmente las conversaciones). Con media sonrisa nos da la bienvenida a Nigeria, nos desea buen viaje y vamos hacia el taxi.

¿Cómo que aún no hemos terminado? La quinta caseta es la más rápida: sólo hay un tío dormido sobre un banco de madera y otro matando moscas sentado detrás de una mesa que mira los pasaportes, nos los devuelve, “welcome to Nigeria” y nos vamos. Otros que no sabemos quiénes son.

Ahora sí, digo yo. Pues no, nos queda otra, esta sí, la última chabola, la del ejército: dos tíos repantigados a la sombra con los uniformes medio desabrochados. El de mirada turbia me da la mano y sin soltarla me atrae hacia donde está sentado, muy cerca de él. “¿Es tu marido?” “Sí.” “Quiero que te divorcies de él y te quedes conmigo.” La broma se empieza a alargar cuando se ponen a hablar de cuánto dinero está el uno dispuesto a pagar y el otro dispuesto a aceptar. Huy, hablar de dinero con esta gente me da mala espina. Con un “I am priceless!” y unas risas se termina la discusión y empiezan las preguntas rutinarias (aunque aquí nadie escribe nada en ningún cuaderno), para acabar hablando de fútbol y con los choques de manos y palmaditas en la espalda porque en esta caseta también son todos del Barça. Con un “bienvenidos a Nigeria” se despiden de nosotros mientras subimos al taxi y partimos.

Por fin hemos terminado en la frontera. Ha sido largo (nos ha llevado una hora y pico) y tenemos menos días de los previstos, pero en el fondo no ha ido tan mal: no hemos desembolsado nada, no nos han abierto las mochilas que con tanto cuidado habíamos preparado para no dejar objetos de valor a la vista y no ha habido ninguna situación muy desagradable. Como si acabásemos de hacer un examen, nos sentimos aliviados y más relajados pero nos queda la incertidumbre de lo que pueda pasar en los próximos días: la frontera es solo el principio.

Tres minutos en Nigeria y ya encontramos el primer control de carretera. De los cuatro pasajeros del taxi solo nos hacen bajar a Pablo y a mí. Nos indican que nos acerquemos a una caseta donde un tío enfundado en un uniforme del ejército, con bigote y muy educado, nos coge los pasaportes, los mira, nos hace las preguntas de siempre, le decimos que venimos de Camerún, que vamos a Benín… y cuando ha terminado nos suelta un tímido “¿un souvenir?” Nos hacemos los locos. “¿Un souvenir?” insiste y nosotros seguimos haciéndonos los locos. Entonces prueba con “¿un regalo?” y Pablo salta con un “no, no hemos comprado ningún regalo en Camerún” y mientras el tipo asimila la respuesta, le cogemos los pasaportes de la mano y, dejándolo algo decepcionado, nos subimos en el taxi y nos vamos. Welcome to Nigeria.