África de cabo a rabo

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Con los pies en la arena

¿Esto es Cap Skirring? Pero si parece Lloret de Mar… Según llegamos al pueblo, la primera vista es su calle más comercial y desde la ventanilla del sept-places (el decrépito 505 que nos trae) vemos desfilar ambos lados restaurantes, bares, hoteles, tiendas de recuerdos, puestos de sandalias… Bueno, no exageremos, que en Lloret hay edifcios de más de dos plantas y aquí no…

Poco tiempo tarda uno en darse cuenta de que este pueblacho, uno de los lugares más turísticos del país, no tiene nada que ver con el desarrollo turístico que hemos sufrido en el Mediterráneo. El pueblo está a 500 metros de la costa, con lo que la playa está libre de edificios. Por alguna sensacional razón, los hotelitos (pequeños establecimientos de bungalows y sólo alguno grande, formato “resort del Caribe, todo incluido”) han sido obligados a mantenerse a una prudente distaancia de la playa y, entre las palmeras y otros árboles, cuesta encontrarlos desde el agua. Nada que ver con los rascacielos que decoran nuestras playas españolas.

Pero no todo en el pueblo es turismo, también conserva la manera más tradicional de ganarse la vida: la pesca. Cada mañana, si el mar no está muy revuelto, los pescadores lanzan sus coloridas piraguas al agua para regresar con sus capturas a medio día, cuando el calor más aprieta. Es necesaria una docena de hombres para sacar las embarcaciones del agua, haciéndolas rodar sobre troncos para asentarlas en la arena, lejos de las olas. Y una vez recogida la pesca de las redes, son las mujeres las que seleccionan y limpian el pescado. Las entrañas de los peces acaban en la arena, donde las gaviotas y los buitres (sí, sí, buitres) dan buena cuenta de ellas.

Nosotros utilizamos las piraguas (a motor) para explorar la zona. Pero no el mar, sino el río Casamance (en esta zona una ría, salada y con mareas), sus ramales y los “no puedes irte sin ver” sus “famosos” manglares. Cuando baja la marea se pueden ver las raíces de las plantas llenas de ostras y, si hubiéramos llegado unas semanas antes, miles de pájaros que emigran desde Europa. Nuestro guía tuvo que contarnos otras cosas, como la historia de la isla de Carabane (uno de los antiguos puntos de agrupamiento de esclavos antes de enviarlos a América) o los secaderos de pescado de Elinkine, en los que secan y ahuman pescado (raya, cazón, pez gato…) para exportar a países de la zona sin costa cercana o en los que la pesca no está tan desarrollada. “Aquí eso no nos gusta” nos dijo el guía “aquí nos lo comemos fresco”. Solo faltaría, pensamos para nuestros adentros.

Y nosotros no íbamos a ser menos que los locales y casi cada día comimos pescado bien fresco, recién sacado del agua. Eso sí, la oferta gastronómica no era muy variada: pescado a la brasa o pescado con arroz. Y para no aburrirse, a veces preparan el arroz frito en vez de hervido. Tuvimos también ocasión de probar las gambas locales y de constatar el daño que los cubitos Maggi han hecho a la cocina…

Juan y Cristina quisieron venir a ver las piraguas de Cap Skirring, decoradas con diseños de colores y lo que parecían nombres o lemas (solo aprendimos unas pocas palabras en diola, la lengua local). Y con ellos nos comimos unos pescaditos a la brasa en una de las cabañas de la playa, con los pies en la arena, disfrutando de la brisa del mar.

Imagenes de Mali

1. Timbuktú. País Dogón. Imprescindibles en una visita a Malí para la mayoría… ¿Ir o no ir? ¿A quién creer? El Ministerio de Asuntos Exteriores los desrecomendaba, por motivos de seguridad. Lo mismo que el Foreign Office y el Ministerio de Exteriores de Francia. A la vez, decenas de otros viajeros que conocimos habían estado, recorrido y disfrutado ambos de esos prohibidos, entre otros. ¿A quién hacer caso? ¿Ir era una imprudencia o no ir una paranoia? Algo está pasando en la zona, desde hace unos meses o años. Es indudable, lo sabíamos: en Niamey (Níger), unas semanas antes, dos franceses habían sido secuestrados y ejecutados esa misma tarde…

Al final, el destino, el recorrido, las fuerzas hicieron que no nos preocuparamos demasiado por ir. Lo dejamos para otro momento. Pasaban a nuestra lista de destinos a los que querremos volver. No se puede ver todo.

2. Las aceras en Bamako están construidas como en todas las ciudades africanas: sobre las cloacas. Corriendo a lo largo de las calles, en canalizaciones de un metro de profundidad, acumulan los deshechos de las casas y negocios. Acequias de putrefacción cubiertas de losetas de cemento, en la mayoría de ocasiones, en mal estado. La acera no existe, se ha improvisado sobre estas. Caminar por Bamako, como por casi cualquier ciudad africana, es una experiencia bastante olorosa. Desagradablemente olorosa.

3. El Níger, uno de los ríos más grandes de África. Empieza en Guinea, atraviesa Malí, Niger y va a desembocar en Nigeria, en el famoso delta, tan pobre como rico en petróleo. Surcarlo en piragua para muchos es una tarea diaria. Para nosotros la forma plácida de llegar a pequeñas aldeas de pescadores o ganaderos, prácticamente aisladas. El remero es, en realidad, un palero: no se usan remos, sino varas, de tres o cuatro metros, para avanzar por sus orillas. Vemos como pescadores lanzan las redes; como las mujeres lavan la vajilla, la ropa y los niños en sus aguas; como agricultores cultivan en campos verdes lechugas, repollos, tiñendo de verde el secarral que lo rodea. Y los martines pescadores, blancos y negros, se lanzan al agua en busca de su comida. En Malí es de color azul, sorprendentemente. Aún la arena, los detritus humanos y demás contaminantes no han degradado su color…

4. Bissap congelado. Perdón, flor de hibisco, también llamada jamaica en México, como líquido o sorbete refrescante. Morado oscuro. Si es natural, dulce, con un toque ácido. Si no, solo dulce. Congelada cada noche y vendida desde la mañana. En botellas de medio litro o también en pequeñas bolsas de plástico cerradas hábilmente con un nudo. En muchas esquinas del país las mamás las venden desde sus neveras portátiles. A 25, 50 o 100 francos (3.5, 7.5 y 15 céntimos de € respectivamente). A mi me gustan las bolsas, porque voy deshaciendo el hielo poco a poco con el dedo y por un agujero en la esquina de la bolsa, chupando su contenido como si fuera un sorbete.

5. Niños con una lata colgada del cuello con una cuerda, mendigando dinero o comida (que algunos les echan en las latas) por las calles de pueblos y ciudades. Es una prueba de humildad a la que sus profesores de Corán les obligan, para que aprendan de la importancia de la ayuda y generosidad con el necesitado en el futuro. Los padres envian a sus hijosa estudiar el Corán. El profesor les enseña pero no les alimenta, de hecho, les obliga a pedir. ¿Qué haces, les das o no les das? Contribuyes dando a un sistema por el cual niños se ven forzados a mendigar para comer. Y además, en nombre de una religión… Yo lo tengo claro. Pero se te parte el corazón contemplando las riadas de niños que se pasan el día entero buscando su comida…

6. En Malí desaparecen los techos de pajas, las casas redondas de piedra. Casi súbitamente. Poco después de cruzar la frontera de Burkina Faso nos encontramos con casas de adobe de un piso de techos planos, todo un cambio después de meses de casas con techos a dos aguas o cónicos. El Sahel maliense nos sorprende con una arquitectura totalmente diferente, con casas sombrías, de pequeñas ventanas, de sombras interiores, de patios alejados de los ojos de extraños. Pasear por ciudades como Djenné o pueblos de los alrededores recuerda a hacerlo en Marruecos, con sus medinas de callejuelas sinuosas, frescas. Y en mitad de los poblados, las únicas torres que se elevan: los minaretes de las mezquitas también construidas, increiblemente, en adobe también. La más increible, la mezquita de Djenné, famosa en el mundo entero, gracias a ser el edificio de adobe más grande de África. Ellos dicen del mundo entero. Da igual, impresiona cómo es posible levantar minaretes y muros tan alto solo a base de barro seco y madera para las vigas. Cada año, antes de la época de lluvias, la remozan, con una capa nueva de adobe, para que resista el impacto de las gotas de lluvia.

7. El té como gran pasatiempo. No es ni será único de este país, pero es el primero en el que lo vemos a escala masiva en nuestro ascenso desde el Sur. El té como excusa perfecta: nadie puede decir que todos esos hombres que descansan en la sombra todo el día no hacen nada: preparan y beben té, procedimiento elevado prácticamente a rango de arte. Primero encender el carbón para crear unas brasas en las que colocar directamente la tetera. En ella vierten agua y cuando está caliente el té (verde, origen de china) y lo dejan hervir unos cuantos minutos. Como amarga bastante, antes de beberlo, le echan bien de azúcar. Pero mucha. Y para mezclarlo todo bien lo escancian de la tetera al vaso. Hemos llegado a contar 22 veces, de la tetera al vaso y vuelta a la tetera… Todo este proceso para hacer como tres o cuatro vasitos de los de chato de té, que se beben bien calientes, sorbiendo y, al rato, empiezan de nuevo el procedimiento. Tienen todo el día por delante y nadie les va a decir que son unos vagos.

¿Y cómo dices que se escribe? ¿B-E-N-Í-N?

Llegamos reventados a Benín. Tras atravesarnos Nigeria en 5 días y sufrir dos fronteras en apenas una semana, necesitábamos un descanso. Unas vacaciones del viaje. Suena raro, pero no lo es tanto. Viajar también tiene una rutina de la que escapar: abrir y cerrar la mochila todos los días, dormir en un hotel diferente cada noche, meterte varias horas de coche/furgo/bus cada par de días, tener que ver, visitar lugares, comer cualquier cosa cuando puedes… eso cansa. Necesitábamos un poquito de calma y reposo.

Grand Popo fue la elegida. Decía la guía que no hay absolutamente nada que hacer allí y no se equivocaba. Estuvimos en un pequeño hotelito, con solo tres habitaciones, descansando, leyendo, poniendo al día el diario, durmiendo… Por la mañana a primera hora salíamos a desayunar a la cafetería: un chiringuito con banquetas en la acera. Tortilla y nescafé con leche condensada, que aquí llaman cafe au lait. Pudimos probar casi todos los restaurantes (4) y puestecillos callejeros (3 ó 4). El mejor, uno en el que la mamam un día nos intentó cobrar el doble y otro, cuando pedimos la comida cerrándole el precio de antemano nos dio la mitad de la ración. Una pena, pues su pescado en salsa de tomate picante era excelente, pero no volvimos, como comprenderéis.

Cinco días de no hacer nada no fueron suficientes, pero nos fuimos a Possotomé, por eso de cambiar. Un pequeño pueblecito al borde del lago Ahemé, famoso por sus aguas termales. Increíblemente, no había que pagar el doble por una habitación con agua caliente: lo quisieras o no, salía así del grifo. Pero no os hagáis una imagen mental de resort termal de lujo o nada parecido… tan rural era que al minuto de andar por cualquier camino polvoriento y rojizo ya estábamos entre campos de ñame y mijo. Allí pasamos un par de días alojados en la habitación “Tokyo” de un hostal que resultó ser el único lugar para comer sentado. Una noche el pollo que andaba por el patio acabó braseado en nuestro plato en apenas media hora, el tiempo necesario para preparar el acompañamiento: puré de ñame, el plato estrella del país. Pero por no hacer ni visitamos adivinador alguno, ni ningún templo de vudú ni cogimos una canoa para conocer mejor como pescan en ese enorme lago, de una profundidad no superior a los 3 metros… seguíamos en formato seta.

Cotonou, la capital económica, nos abrumó viniendo en el estado zen en el que llegábamos. La ciudad se ha hecho famosa, merecidamente, por sus niveles de contaminación y en apenas unos minutos tras llegar supimos el porqué. Montados a lomos de dos mototaxis, pararse en cada semáforo (por suerte no hay más de una docena en la ciudad) era como meterse en una bruma infernal de CO2, asfixiante hasta el punto del mareo. Decenas, miles de estas motos recorren la ciudad: no hay autobuses públicos y apenas taxis de 4 ruedas. Los “zem” son los reyes de las calles. No es fácil usarlas, ni llegar donde quieres. Las calles tienen nombres, al igual que tu mapa, pero ellos no los conocen. Tienes que buscarte edificios o negocios conocidos. El otro día fuimos a un restaurante cuya indicación era “cerca del peluquero Doujou”. Al lado de nuestro hotel está la compañia de teléfonos MTN, que todos conocen, al contrario que nuestro alojamiento. Aunque, a decir verdad, esto pasa en todas las ciudades del país. El restaurante Saveurs de Benin, según indica en su tarjeta está “en la calle de la Dirección General de Mbov”. Como para preguntarles por el código postal…

En Cotonou, entre actividades más lúdicas, nos fuimos al hospital, en realidad una clínica privada pija para los estándares de aquí, en la que nos soplaron 20€ por la visita y 15€ por los análisis. El doctor resultó ser, para nuestra sorpresa, el tipo cojo con oscuras ojeras que observamos con tristeza mientras atravesaba el hall de entrada, quien determinó que en vista de mi cansancio físico y sobre todo de los resultados de los análisis debía de tener gusanos en el intestino. De qué tipo, a saber, pero con una pastilla aquel día y otra a los diez días se han tenido que ir. Al menos yo ya no estoy tan cansado, aunque como más que antes, lo que no sé si tiene sentido pensando que antes tenía que comer por varios y ahora solo por mí mismo. “Carnes mal conservadas y verduras crudas” pueden ser las causantes según dijo. Poco podría comer si las eliminara de la dieta por precaución…

En un coche con 4 personas apretujadas detrás y 2 en el asiento del copiloto nos fuimos a Porto Novo, la capital, que lejos de ser más cosmopolita resultó tener más edificios coloniales, más calles sin asfaltar y decenas de templos, entre los cristianos, musulmanes y de vudú. Eso sí, con un concierto o actividad cultural cada día de los que estuvimos allí. Nos decidimos por la que creíamos que sería la presentación del disco de un tal Yul, que era además gratis. Fuimos encantados pensando que oiríamos algo de música. En realidad, por lo que observamos se trataba de un evento para sacar dinero para promocionar al cantante y su prometedora carrera musical… durante la hora que duramos allí el presentador se dedicó a sacarle la pasta a su productora (1.500€), al párroco de su iglesia (75€), a su dentista (75€) y, entre otros, a Pablo y María (aka Itziar) quienes tras declarar, micrófono en mano, que ellos estaban muy contentos de estar allí pero que habían ido para escuchar música y que comprarían el disco encantados, el presentador consiguió sacarnos 3€ entre los aplausos del concurrido público. Al rato cantó un par de canciones y la gente salía a pegarle billetes en la sudorosa frente mientras cantaba como aportación a su promoción, algo mucho más elegante que que te hagan decir a través de un micro la pasta que vas a poner, la verdad. (Por cierto, el disco no lo vendían, así que en realidad no nos enteramos de qué iba aquel sarao, si era la promoción de un disco presente o futuro, el inicio de una gira, un fraude enmascarado con formato de musical…).

Otro día visitamos Aguegué con una piragua. Si no eres turista ni tampoco blanco, puedes ir a ese pequeño pueblo de casas “flotantes” en piraguas a motor formato autobús, cual patera, atravesando los 12km de lago hasta el pueblo. Pero como nosotros lo éramos, al llegar al embarcadero resultó que, casualmente, ninguna de las barcas llenas de gente iban a donde nosotros queríamos y que las que estaban vacías nos las alquilaban para ir y regresar por 20.000 francos. Pagamos 8.000 tras media hora de negociación, pero salimos entre barcas atestadas de gente nosotros dos solitos, cuales blanquitos ricachones, a visitar aquel pueblo de pescadores construido en una isla en medio del lago. La visita del pueblo la hicimos a pie, porque el lago estaba con el nivel de agua bajo, caminando entre cerdos (que no llegamos a preguntar qué hacen ni qué comen cuando sube el agua), niños reclamando su regalo y, sobre todo, gente que se pregunta qué pintan los blancos caminando por ahí si el lugar está lleno de basura, casas de madera de lo más elementales y rústicas (propiedad de los que aún no tienen dinero para cambiarse al cemento y ladrillo) y una iglesia modelo catedral de León en mitad del poblado. Bueno, visto así yo también tengo mis dudas sobre los motivos de nuestra visita, pero las recomendaciones de las guías es lo que tienen. A veces te metes en unos agujeros…

Fieras del Okavango

Y desde Namibia hicimos una escapada a Botsuana, ese pais en medio de Africa del que apenas conociamos nada… Solo sabiamos que era casa del famoso delta del Okavango. Que raro… un rio que no desemboca en el mar… Asi que nos subimos en una piragua (mokoro, se llama alli) y fuimos a conocerlo y a ver animales. Se apuntaron Almudena y David. Aunque no vimos leones nos lo pasamos como enanos!

Gracias por la visita!

Surcando el Canal de Pangalanes

Lloraban. Corrían. Se escondían tras las esquinas de las casas. Ignorando las palabras tranquilizadoras de sus madres, se tiraban al suelo, negándose a acercarse a nosotros. Lo admitimos: hemos hecho llorar a muchos niños y asustado a otros tantos. Eso sí, involuntariamente. Y es que en algunas de las aldeas de pescadores a las que hemos llegado durante el viaje de tres días en piragua apenas han visto vazaha, personas blancas. Lo que no tenemos muy claro es si estas reacciones se debían a lo pálidos que aún estamos, a la barbota de Pablo (aquí nadie tiene barba, lo más tres pelillos) o a las amenazas de sus madres de “si no te comes todo el arroz, va a venir el vazaha a por ti”. Y allí estábamos.

Manakara fue la ciudad de inicio de una aventura remontando el Canal de Pangalanes y el río Faraony. Para los tres días en los que íbamos a navegar a bordo de una piragua nos armamos de un guía intérprete y cuatro fibrosos remeros. La piragua, fabricada en madera, tenía unos 7-8 metros de largo y un techo de quita y pon, que nos fue muy útil para pasar debajo de troncos caídos o en las zonas más cerradas del canal (esto es el “quita”) y para protegernos del sol abrasador (esto es el “pon”). Además de las mochilas de los siete, íbamos equipados con tiendas de campaña y sacos de dormir, varios kilos de carbón y todo lo necesario para cocinar y vivir durante los días de la excursión. Y para no hartarnos de comer los peces y el marisco que compraríamos recién sacados del agua a los pescadores, nos acompañaba el octavo pasajero: el pollo (en todo desplazamiento 100% malgache, hay uno). El pobre no llegó al final del recorrido. Y no, no se escapó volando…

En la parte delantera de la piragua iban los dos remeros de más edad. En la trasera, los jóvenes. Nosotros en el centro, delante del guía, en un banquito acolchado y bien protegidos por el techo. Las jornadas fueron extremadamente duras, al menos a ojos occidentales, porque las ocho horas diarias de remo parecía que no hacían mella en los habituados cuerpos de los remeros. No se hacían pausas para descansar, solo bajábamos de la piragua para comer (nosotros, ellos comían a bordo), montar el campamento y dormir, visitar algún pueblo de pescadores y de vez en cuando para echar una meadita (o como decían ellos, para “hacer una llamada telefónica”). Para ganar tiempo, incluso se cocinaba en la piragua. El resto del día, remar, remar y remar por el canal, recorriendo tramos muy diversos: estrechos y casi cubiertos por la vegetación, otros tan poco profundos que encallábamos en el lecho de arena, anchos de riberas despejadas… y los lagos, con vegetación tropical, exhuberante, y que en algunos puntos se comunicaban con el mar.

El Canal de Pangalanes, planeado y llevado a cabo por los franceses en la época colonial, recorre un buen trecho de la costa este del país. Utilizado para el transporte de mercancías, principalmente especias, conseguía que no fuera necesario que los barcos mercantes salieran a navegar por el Índico, un mar traicionero. Para construirlo se aprovecharon lagos naturales, excavando canales de unión para llegar a formar los 665 kms que un día tuvo. De los 430 kms que hoy son navegables, recorrimos unos 50 los dos primeros días, la mayor parte de ellos contra corriente. Viendo a los remeros sudar en los tramos en los que el agua tenía más fuerza, y para compensar el remordimiento por estar sentado cómodamente, Pablo se remangó y echó una mano para remontar el canal (diez minutillos de vez en cuando, que tampoco era plan cansarse… ni tantos los remordimientos…). El tercer día además de estos 50 kms recorrimos otros 10 a lo largo del río Faraony, también contra corriente, para alegría de los remeros (y de Pablo).

Hoy no lo utilizan grandes barcos, sino los aldeanos en sus piraguas. Hechas de una sola pieza del tronco del eucalipto rojo, sirven de transporte de personas y productos locales entre aldeas y las ciudades o pueblos más grandes. Además se utiliza para llevar a cabo las labores de pesca (tirar y recoger las redes, colocar cestas para cangrejos y langostas, revisar las trampas para las gambas…), el principal medio de subsistencia de estas gentes. A diario nos cruzábamos con decenas de pescadores en sus piraguas, a los que comprábamos la comida, aún coleando: un día pescado, otro cangrejos, otro langosta, otro gambas.

Tan pronto estaban a bordo, el guía encendía el carbón y empezaba a preparar la comida, lo que llevaba su tiempo. No es rápido cocinar para siete con un solo fuego, sobre todo si el menú incluye kilo y medio del arroz que llevábamos en la piragua (comer sin arroz, para el malgache es como no haber comido) y el pescado se prepara de dos modos diferentes para dar gusto a los señoritos. En otras ocasiones hacíamos la compra en las las aldeas, que aprovechávamos para visitar. La puesta en escena era siempre la misma: según nos aproximábamos a la orilla, empezaban los gritos de los niños alertando de nuestra presencia. Para cuando poníamos un pie en tierra, el comité de bienvenida entraba en escena, media aldea aparecía en la playa. La otra media se quedaba en el interior, sus quehaceres paralizados para seguir atentamente nuestros pasos por el escenario. Nosotros íbamos a ver el pueblo en acción pero paradójicamente los protagonistas éramos nosotros: los pescadores dejaban de coser sus redes, las mujeres de tejer los cestos, los niños de traer agua… y todo el mundo se arremolinaba a nuestro alrededor para observarnos. La aldea no recobraba su ritmo hasta que nos íbamos, un tanto decepcionados por no poder vislumbrar cómo es la vida allí. La mejor escena de este teatro fue el momento en que Pablo se sentó a dibujar una de las típicas casas de pescadores y en unos instantes estaba rodeado por al menos 80 (sin exagerar) paisanos, curiosos por lo que el vazaha estaba haciendo. Seguro que tuvieron tema de conversación para varios días. Sobre todo los dueños de la casa.

Nos tomamos la revancha la noche en que, mientras cenábamos en el campamento, todos los niños de la aldea cercana nos montaron un numerito musical de canciones y bailes supuestamente tradicionales. Apenas terminaron, nos levantamos y con grandes aspavientos y a voz en grito -a falta de un mejor repertorio y teniendo en cuenta la edad del auditorio- les cantamos “un elefante se balanceaba”. Los dejamos perplejos y eso que no habíamos ensayado… Pero a nosotros el guía no nos dio propina.

Nuestra actuación debió de ser tan lamentable que esa misma noche cayó tremenda tormenta tropical. Nuestra minúscula tienda de campaña, que a cada minuto parecía volarse por las ráfagas de viento, se iluminaba con los relámpagos, tan continuos que casi pudimos acabar la cena dentro de ella sin linternas. Además, la tormenta nos proporcionó una buena noche de sauna: temiendo que entrase el agua que parecía que nos echaban a cubos, la cerramos a cal y canto y en unos minutos la temperatura alcanzó los 3.000 grados. A nuestros sudores también contribuyeron los truenos, que retumbaban de tal manera que parecía que se acababa el mundo. Nuestra preocupación duró la hora que duró la tormenta. Después, como al resto del equipo, nos tocó salir a enderezar la tienda e intentar dormir sin ser comidos por los mosquitos. Una batalla que, por ahora, vamos ganando.