África de cabo a rabo

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Le Grand Sud (2/2)

Así que para matar el tiempo, decidimos ir a dar una vuelta por los alrededores del pueblo. Bajo la sombra de los eucaliptus salimos por la calle principal y tomamos un pequeño sendero, entre pequeños cultivos, siguiendo a lo lejos a unas señoras. A lo lejos unos niños nos observaban, seguramente pasmados ante la imagen de unos hombres blancos caminando por allí. ¿Serían visiones? ¿Les habría sentado mal el desayuno? Cruzamos un río y a lo lejos vimos lo que parecían unas tumbas, rectangulares, destacando por su blancura (las casas de la gente son de barro de color rojizo y solo se pintan los edificios oficiales: el ayuntamiento, correos, etc) Decidimos encaminarnos hacia allí: los cementerios malgaches tienen fama por su especiales tumbas y queríamos verlas. En algunas regiones usan túmulos de piedra, en otras las decoran con esculturas en madera y aquí, por lo poco que sabáimos, las pintaban de una manera naif con escenas y pasajes del difunto con sus cosas más preciadas (bicicletas, guitarra, zebús o escopeta, por ejemplo). Había camino así que lo seguimos hacia el cementerio aunque sospechando que tal vez no era la mejor idea: del mismo modo que las tumbas son muy interesantes, los ancestros son muy venerados y todo lo que les rodea, como los cementerios, son lugares con una significación especial. A lo lejos, algunas figuras nos observaban, como siempre en este país. Entre curiosos y temerosos, caminamos apenas unos minutos por el cementerio, sin tocar nada, ni acercarnos demasiado. Un par de fotos de recuerdo y regresamos al camino. Y ahí empezó todo.

Unos agricultores se acercaron a “saludarnos”, con sus azadas y uno con una honda. Apenas hablaban francés, pero parecía que nos preguntaban de dónde veníamos, qué hacíamos allí. Su cara delataba que no estaban muy contentos. Nosotros intentamos explicar que eramos turistas, entre sonrisas y caras de poco entendimiento. La situación no era cómoda, así que decidimos intentar sortearla volviendo al pueblo. Con lo que no contábamos es que fueramos escoltados, mientras uno de ellos corría hacia el pueblo por delante de nosotros. Glups. Parecía que se iba a montar una gorda. Conforme nos acercamos lo vimos: 20 personas, mayoría hombres, acudían a nuestro encuentro, liderados por un hombre mayor, que hablaba algo de francés. Intercambiamos saludos y nuevamente nos preguntaron qué hacíamos allí, para qué habíamos ido, si habíamos sacado fotos… Todas nuestras explicaciones parecieron pocas y confusas, y nos exigieron acudir al pueblo en busca del que entendímos era el alcalde. Afortunadamente al llegar el buen hombre debió ver el pánico en nuestras caras y constatar que no éramos más que dos turistas despistados visitando un lugar sagrado, por lo que vimos algo bastante ofensivo. “Pensaban que erais ladrones de huesos” no dijo, “en esta zona son habituales: los roban y luego los venden en la capital”… No sabemos si aquella era la verdadera razón de aquel sarao o que simplemente habíamos metido la pata hasta el fondo, metiéndonos en un lugar sagrado sin alguien que nos acompañara, pero la experiencia nos dejó un mal cuerpo tremendo. Habíamos sido unos novatos, algo inconscientes, y con nuestra presencia allí seguramente ofendimos a las familias de los parientes allí enterrados. Dando las manos a todos, pidiendo una vez más excusas, nos largamos de allí pitando, deseando que la tierra se abriera y nos tragara. Cosa que casi sucedió.

Aparcado en el pueblo vimos un 4×4 remolcando a una camioneta, y nos acercamos a ver si podían llevarnos. “¡Por supuesto, subid a la furgoneta!” nos dijo, y allí que nos montamos, con otros 4 malagaches en unos bancos de madera, en la parte trasera. Con alegría nos largabamos de aquel pueblo que nos recordará durante tiempo, y continuabamos nuestro trayecto, de 78 kilómetros hasta Antanimora. “Entre 4 y 5 horas” nos dijo que tardaríamos. Pero en cuanto se rompío por primera vez el enganche entre los coches, nos dimos cuenta de que ese tiempo sería quimérico. Una viga de tres metros enganchada a los cohes con cadenas era el sistema de remolque. Primero rompió una cadena. Luego la otra. La tercera vez la reparación no pudo usar la cadena así que usaron un método que aspira al Premio a la chapuza más ingeniosa vista hasta la fecha: ni más ni menos que con un machete cortaron el cinturón de seguridad del copiloto del 4×4 y lo ataron a modo de cadena entre el coche y la viga… ¡Olé! Lo cierto es que el ingenio malgache duró bastante rato, pero una carretera en un estado demencial (por lo menos para ir remolcando coches) hizo que rompiera una cuarta y hasta una quinta vez… y lo peor es que cada vez había menos recursos… Por suerte, tras seis horas de botes, zarandeos y saltos llegamos, caída la noche, a Isoanala, entre tinieblas. Ni una sola luz, ni un solo alma… Afortunadamente aquí están preparados para todo: en un momento, abrieron el único restaurante y cenamos toda la comitiva (un festín de carne de zebú en salsa de tomate con arroz) a la luz de las velas, rodeados de gente durmiendo por el suelo, bajo mantas. A nosotros nos alquilaron por apenas 2 euros una pequeña casita de madera en la que no cabía nada más aparte de la cama. Dormimos cual lirones enfundados en nuestros sacos sabanas, confiando en que las pulgas estuvieran más entretenidas en la cama de otros.

Y el cuarto y previsiblemente último día ofreció más de lo mismo: sorpresas. Los dos camiones de transporte de pasajeros que nos dijeron que pasarían declinaron hacernos un hueco. Aún a día de hoy ignoramos el porqué pero de repente eso significaba quedarse colgados allí a ver si pasaba alguien que quisiera llevarnos (pagando, of course)… y en eso vino la furgoneta de Correos a rescatarnos, después de una hora de espera. Encantados nos llevaron, aunque sabían que tendrían que darle una mordida al guardia de turno al llegar a Ambovombe, por eso de llevar a guiris en un coche oficial. Por los otros 7 malgaches con los que nos apretujamos entre sacos, cajas y demás mercancías no era problema. Pero llevar a guiris, sin compartir el beneficio, era otra cosa. Así que nuestra tarifa, llevaba incluida la mordida. Sin darle más vueltas partimos, esta vez sentados sobre nuestras mochilas, agarrados a la estructura metálica para no salir volando en cada bote y disfrutando de una pista arenosa que nos obsequiaba con tramos en los que iríamos a 60 por hora con baches tomados a esa velocidad. Demoledores, sobre todo para los malgaches, sentados sobre el suelo metálico sin cojín alguno… Cada vez más cerca de la costa, las chumberas tomaron el paisaje y árboles de espinos junto con algunos baobabs adornaban el horizonte. Vimos lemures, vimos zebus, pero gente, ninguna. ¿Quién se iba a molestar en irse a vivir allí? Al llegar a Ambovombe tenía ampollas en las dos manos, de agarrarme como un poseso al techo. Mejor eso que haber salido botando hacia fuera…

Y en Ambovombe la suerte, por fín, se alió con nosotros: según entrábamos en la estación (un descampado desértico y polvoriento con tres casetas de empresas de transportes y algunas casuchas destartaladas a modo de restaurantes) una furgoneta salía hacia Fort Dauphin, nuestro destino soñado. La guía (de 2007) decía que la carretera era buena, asfaltada en sus 110 kilómetros, que apenas tardaríamos dos horas y media… Eramos felices, pensábamos (inocentemente) que por fin íbamos a poder relajarnos… cuando la realidad vino a demostrarnos que este país está mucho más cascado hoy que apenas hace tres años (y la caída no tiene visos de parar, viendo la situación política del país…). En los primeros kilómetros no quedaba rastro alguno del asfalto. Pero lo peor vino después, porque cuando apareció lo hizo con cráteres, pequeños boquetes constantes que convirtieron un camino de rosas en un nuevo calvario de 6 horas, por suerte, eso sí, sentados en un asiento blandito y, además, lujo de lujos, ocupado por solo una persona… En algunos tramos, la iniciativa privada está poniendo parches: niños con las palas de sus padres, se dedican a echar tierra en los agujeros para ganarse una propinilla. Pero lo triste es pensar que la aventura que fue para nosotros llegar a Fort Dauphin, supuestamente una de las principales ciudades del país, para sus aislados habitantes es un calvario habitual.

Le Grand Sud (1/2)

Podíamos haberlo hecho fácil, pero en un país complicado de por sí, decidimos irnos de las rutas habituales. Tanto que ni las dos guías que usamos (Bradt y Lonbely Planet) contemplaban ese recorrido, dejándolo en un simple “sabemos que se puede hacer, pero si alguien lo hace que nos lo cuente”… pues en primicia, para todos ustedes, empieza aquí el relato del los 4 días empleados para recorrer los 504 kilómetros de la “carretera” nacional RN13. La media impresiona: 126 kilómetros por día. Y si consideramos las horas pasadas desplazándonos, hacen la friolera de velocidad media de 21,91 kilómetros por hora. Espeluznante.

Todo empezó en Ihosy, una ciudad sin interés alguno en la carretera (asfaltada, esa sí) que une Tana con Tulear, la principal ruta turística y comercial del país. Para que os hagáis una imagen clara, es algo así como una carretera rural tipo gallega. Sencilla, sencilla. De ahí sale la RN13 que une dicha ciudad con Tolagnaro (llamada anteriormente Fort Dauphin) la principal ciudad del sur del país. Nos hacía ilusión bajar al sur, nuevamente, en busca de olas, desierto y aventuras.

La carretera dejó de tener asfalto desde el kilómetro 1. Bueno, no es cierto, nunca lo tuvo. Así que desde el primer momento, en una furgoneta en la que nos sentaron a 5 personas en cada una de las filas (de 4 asientos) avanzamos levantando nubes de polvo. Durante kilómetros no vimos a persona alguna, entramos en una de las zonas más despobladas y aisladas del país, en una zona semiárida en la que apenas la paja y hierba ya amarilla y algunos árboles salpicaban el paisaje. Poco duró nuestra alegría, y durante las 6 horas restantes la furgoneta se dedicó a ir de agujero en agujero esquivando piedras, rodadas y charcas sin fondo. Inmóviles, aprisionados en nuestros asientos, nuestros culos no tardaron en solidificar, y durante varias horas nos dedicamos a buscar la posición en la que podíamos dejarnos caer en nuestros vecinos a fin de resistir mejor el sufrimiento. Todos hacíamos lo mismo. Pero ellos, se ponían de acuerdo para cederse los hombros y poder así echar unas cabeazditas unos encima de los otros.

Betroka fue la primera “ciudad” en la que rompimos el trayecto, con la suerte de encontrar un hotel sencillo y limpio para dormir, y quitarnos el polvo de todo el cuerpo a base de cubos de agua. Comparado con las siguiente aquella era importante: tenía la calle principal asfaltada, varios restaurantes,un bazar muy digno y hasta una gasolinera. Pero empezamos a ver otra dificultad con la que no contábamos: el idioma. De repente, casi nadie hablaba ni francés, así que tocaba tirar del malgache. Y de Itziar, que es la que se ha molestado en aprenderlo.

El día dos empezó bien para la señora en del puesto del mercado en la que desayunamos. De repente, todo el mundo quería tomar allí su café con fritanguitas (tipo buñuelos) que ofertaba. La gente se paraba a mirarnos, a observarnos, y oíamos como le decían cosas de nosotros. Cuando oíamos la palabra vahaza sabemos que hablan de nosotros. Quiere decir, hombre blanco. Pero tambiébn nos trajo a nosotros un regalo, 80 kilómetros de una pista rojiza, casi perfecta, con algunos trozos incluso asfaltados. Nos quedará la duda de porqué no asfaltaron por el principio de la Nacional, pero bueno, bienvenidos fueron al llegar a nuestro destino… intermedio. Isoanala. Apenas eran las 10 de la mañana, teníamos todo el día por delante para seguir pero… ese día no había transporte para enlazar con el siguiente pueblo, así que resignados nos tocó quedarnos el día entero allí, durmiendo en un cuchitril sin baño ni agua para asearnos. Y ¿cómo se rellena el día hasta las 5 de la tarde en que cae el sol y cenamos? Paseando, saludando a la gente, dejándonos ver, observar. En esta región, los blancos que pasan lo hacen sin parar, así que la sorpresa era evidente en muchas de las caras que apenas salían de su asombro para saludarnos… hasta que llegó Pierre, un hombre que nos paró en la calle, nos saludó, nos contó que trabajaba recogiendo nueces de los árboles (luego nos quedó la duda de si era electricista en los postes, porque nos sorprendió que supiera que las farolas allí fueran de fabricación española) y nos invitó a pasar a su casa. Aceptamos con la duda (en este país todo el que se acerca parece que quiere algo de tí, normalmente, tu dinero) y nos presentó a su hermana, costurera, que era quien sabía algo de francés. Nos enseñaron su casa: un pequeño terreno con tres casas de adobe -una la cocina, otra el taller-dormitorio de la hermana y la otra la casa de Pierre, su esposa y su hija- cada una de ellas de un tamaño equivalente a una habitación de las nuestras. Y nos ofrecieron ese pequeño regalo que es la hospitalidad desinteresada, para conocernos, para vernos.

Entre saludar a unos y otros, pasear por el pueblo (como mucho 500 habitantes) pasó el día. Cena en uno de los dos restaurancitos disponibles(higados de zebú con arroz y pollo con mucho hueso y poca carne con más arróz) y a dormir, pero sin baño ni agua, nos lavamos los dientes con la botella de agua en la calle. Apenas eran las 7 pero estábamos agotados. La fama cansa.

El tercer día iba a ser demoledor, sin saberlo. Nos seguíamos adentrando en el “desierto” (más bien una zona muy árida) malagache y la pistas estaban cada vez en peor estado. Un día hubo una pista buena, se ve todo el rato, pero hoy las pistas existentes se han creado para evitar usarla, y en algunos tramos el conductor debe elegir entre varias pistas posibles: cuando se estropea una, o cuando se hace un charco muy grande en otra, los conductores intentar crear una nueva: se meten campo a través, como buenamente pueden, y a botar por otro lado. El traslado que el día anterior no pudimos hacer lo disfrutaron nuestros riñones a primera hora de la mañana, durante tres horitas escasas. Nuestro destino, parcial, Beraketa, un pueblacho de mala muerte, en el que ya ni la calle principal estaba asfaltada, el bazar estaba medio desabastecido y apenas un sitio se podía contemplar para comer. Las malas noticias llegaron pronto: apenas eran las 10, nuevamente, y el transporte hasta la siguiente ciudad saldría a las 7 de la tarde… un mazazo. Empezabamos a estar cansados del viaje, aun quedaba mucho y lo que queríamos era avanzar, de día, para ver el paisaje, no de noche… pero no quedaba otro remedio.

(continuará…)

Surcando el Canal de Pangalanes

Lloraban. Corrían. Se escondían tras las esquinas de las casas. Ignorando las palabras tranquilizadoras de sus madres, se tiraban al suelo, negándose a acercarse a nosotros. Lo admitimos: hemos hecho llorar a muchos niños y asustado a otros tantos. Eso sí, involuntariamente. Y es que en algunas de las aldeas de pescadores a las que hemos llegado durante el viaje de tres días en piragua apenas han visto vazaha, personas blancas. Lo que no tenemos muy claro es si estas reacciones se debían a lo pálidos que aún estamos, a la barbota de Pablo (aquí nadie tiene barba, lo más tres pelillos) o a las amenazas de sus madres de “si no te comes todo el arroz, va a venir el vazaha a por ti”. Y allí estábamos.

Manakara fue la ciudad de inicio de una aventura remontando el Canal de Pangalanes y el río Faraony. Para los tres días en los que íbamos a navegar a bordo de una piragua nos armamos de un guía intérprete y cuatro fibrosos remeros. La piragua, fabricada en madera, tenía unos 7-8 metros de largo y un techo de quita y pon, que nos fue muy útil para pasar debajo de troncos caídos o en las zonas más cerradas del canal (esto es el “quita”) y para protegernos del sol abrasador (esto es el “pon”). Además de las mochilas de los siete, íbamos equipados con tiendas de campaña y sacos de dormir, varios kilos de carbón y todo lo necesario para cocinar y vivir durante los días de la excursión. Y para no hartarnos de comer los peces y el marisco que compraríamos recién sacados del agua a los pescadores, nos acompañaba el octavo pasajero: el pollo (en todo desplazamiento 100% malgache, hay uno). El pobre no llegó al final del recorrido. Y no, no se escapó volando…

En la parte delantera de la piragua iban los dos remeros de más edad. En la trasera, los jóvenes. Nosotros en el centro, delante del guía, en un banquito acolchado y bien protegidos por el techo. Las jornadas fueron extremadamente duras, al menos a ojos occidentales, porque las ocho horas diarias de remo parecía que no hacían mella en los habituados cuerpos de los remeros. No se hacían pausas para descansar, solo bajábamos de la piragua para comer (nosotros, ellos comían a bordo), montar el campamento y dormir, visitar algún pueblo de pescadores y de vez en cuando para echar una meadita (o como decían ellos, para “hacer una llamada telefónica”). Para ganar tiempo, incluso se cocinaba en la piragua. El resto del día, remar, remar y remar por el canal, recorriendo tramos muy diversos: estrechos y casi cubiertos por la vegetación, otros tan poco profundos que encallábamos en el lecho de arena, anchos de riberas despejadas… y los lagos, con vegetación tropical, exhuberante, y que en algunos puntos se comunicaban con el mar.

El Canal de Pangalanes, planeado y llevado a cabo por los franceses en la época colonial, recorre un buen trecho de la costa este del país. Utilizado para el transporte de mercancías, principalmente especias, conseguía que no fuera necesario que los barcos mercantes salieran a navegar por el Índico, un mar traicionero. Para construirlo se aprovecharon lagos naturales, excavando canales de unión para llegar a formar los 665 kms que un día tuvo. De los 430 kms que hoy son navegables, recorrimos unos 50 los dos primeros días, la mayor parte de ellos contra corriente. Viendo a los remeros sudar en los tramos en los que el agua tenía más fuerza, y para compensar el remordimiento por estar sentado cómodamente, Pablo se remangó y echó una mano para remontar el canal (diez minutillos de vez en cuando, que tampoco era plan cansarse… ni tantos los remordimientos…). El tercer día además de estos 50 kms recorrimos otros 10 a lo largo del río Faraony, también contra corriente, para alegría de los remeros (y de Pablo).

Hoy no lo utilizan grandes barcos, sino los aldeanos en sus piraguas. Hechas de una sola pieza del tronco del eucalipto rojo, sirven de transporte de personas y productos locales entre aldeas y las ciudades o pueblos más grandes. Además se utiliza para llevar a cabo las labores de pesca (tirar y recoger las redes, colocar cestas para cangrejos y langostas, revisar las trampas para las gambas…), el principal medio de subsistencia de estas gentes. A diario nos cruzábamos con decenas de pescadores en sus piraguas, a los que comprábamos la comida, aún coleando: un día pescado, otro cangrejos, otro langosta, otro gambas.

Tan pronto estaban a bordo, el guía encendía el carbón y empezaba a preparar la comida, lo que llevaba su tiempo. No es rápido cocinar para siete con un solo fuego, sobre todo si el menú incluye kilo y medio del arroz que llevábamos en la piragua (comer sin arroz, para el malgache es como no haber comido) y el pescado se prepara de dos modos diferentes para dar gusto a los señoritos. En otras ocasiones hacíamos la compra en las las aldeas, que aprovechávamos para visitar. La puesta en escena era siempre la misma: según nos aproximábamos a la orilla, empezaban los gritos de los niños alertando de nuestra presencia. Para cuando poníamos un pie en tierra, el comité de bienvenida entraba en escena, media aldea aparecía en la playa. La otra media se quedaba en el interior, sus quehaceres paralizados para seguir atentamente nuestros pasos por el escenario. Nosotros íbamos a ver el pueblo en acción pero paradójicamente los protagonistas éramos nosotros: los pescadores dejaban de coser sus redes, las mujeres de tejer los cestos, los niños de traer agua… y todo el mundo se arremolinaba a nuestro alrededor para observarnos. La aldea no recobraba su ritmo hasta que nos íbamos, un tanto decepcionados por no poder vislumbrar cómo es la vida allí. La mejor escena de este teatro fue el momento en que Pablo se sentó a dibujar una de las típicas casas de pescadores y en unos instantes estaba rodeado por al menos 80 (sin exagerar) paisanos, curiosos por lo que el vazaha estaba haciendo. Seguro que tuvieron tema de conversación para varios días. Sobre todo los dueños de la casa.

Nos tomamos la revancha la noche en que, mientras cenábamos en el campamento, todos los niños de la aldea cercana nos montaron un numerito musical de canciones y bailes supuestamente tradicionales. Apenas terminaron, nos levantamos y con grandes aspavientos y a voz en grito -a falta de un mejor repertorio y teniendo en cuenta la edad del auditorio- les cantamos “un elefante se balanceaba”. Los dejamos perplejos y eso que no habíamos ensayado… Pero a nosotros el guía no nos dio propina.

Nuestra actuación debió de ser tan lamentable que esa misma noche cayó tremenda tormenta tropical. Nuestra minúscula tienda de campaña, que a cada minuto parecía volarse por las ráfagas de viento, se iluminaba con los relámpagos, tan continuos que casi pudimos acabar la cena dentro de ella sin linternas. Además, la tormenta nos proporcionó una buena noche de sauna: temiendo que entrase el agua que parecía que nos echaban a cubos, la cerramos a cal y canto y en unos minutos la temperatura alcanzó los 3.000 grados. A nuestros sudores también contribuyeron los truenos, que retumbaban de tal manera que parecía que se acababa el mundo. Nuestra preocupación duró la hora que duró la tormenta. Después, como al resto del equipo, nos tocó salir a enderezar la tienda e intentar dormir sin ser comidos por los mosquitos. Una batalla que, por ahora, vamos ganando.