África de cabo a rabo

Africa de cabo a rabo

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Bye bye, Senegal

No una, sino dos personas, nos habían dicho de ni pisar Dakar. “Son todos unos bandidos y unos ladrones” nos había dicho uno que decía conocerla muy bien. Tampoco es que tuviéramos mucho interés o ganas de llevar la contraria, pero acabamos yendo. Y tampoco estuvo tan mal, claro que apenas la pisamos. En el fondo, nos pareció otra ciudad africana más, lo que viene a significar un buen lugar para visitar algún supermercado a darnos algún capricho, visitar alguna embajada a por algún visado (en este caso el de Mauritania) o poder variar comiendo alguna cosa que no sea el típico sota, caballo y rey de la gastronomía local del país X.

A decir verdad, tampoco estuvimos mucho por la ciudad. Durante los dos días que estuvimos allí, nos alojamos en Yoff, un pueblo del gran Dakar, conocido por tener una de las mejores playas para aprender surf y por encontrarse allí el mausoleo de Saidi Limomou Layen, el fundador de la hermandad Layen. ¿Hermandad? Sí, aprendimos que en Senegal el contacto de los musulmanes creyentes con Allá no es directo, no es creyente-dios sino que se canaliza a través de intermediarios, hombres santos que lideran hermandades. La comunidad Layen de Yoff es, además, particular: se autogestiona, sin intervención del gobierno, dicen no tener crimen en el barrio y además de no poder encontrar alcohol, no se puede fumar.

Allí conocimos a la persona más peculiar que hemos conocido en el viaje. Una australiana que vino como bailarina a aprender danza africana y en dos semanas estaba casada con un fontanero que vino a arreglar no sé bien qué en el apartamento en que vivía ella. Totalmente ilusionada nos contaba como ella está aprendiendo francés para poder comunicarse con él y él inglés, para ver si se aclaran. Eso sí, en la boda tuvo que preguntar si ya estaban casados, porque no se había enterado de nada… Así es Senegal, un país de sorpresas y buenas noticias para algunas.

Y también allí llegamos al punto más occidental de África, ni más ni menos. Habiendo estado ya en el Cabo de Buena Esperanza (el punto más occidental y más meridional del continente) nos hacía especial ilusión llegar al más occidental a secas. Y allí nos fuimos, dando un paseo, a La Pointe des Almadies que nos costó encontrar en el forzado y laberíntico recorrido entre puestecillos de souvenires. Llegamos a la playa, entre plásticos flotando tocamos el agua y románticamente pensamos que más allá solo quedaba América (y en línea recta, bastante antes, Cabo Verde, es verdad)

Después de tantas emociones, un día de surf fue suficiente para atrofiarme los músculos y dejarme con agujetas durante varios, por lo que partimos en nuestros queridos sept-places (arcáicos Peugeot 504 en los que han instalado una tercera fila de asientos en lo que era el maletero) a Saint-Louis, probablemente una de las únicas ciudades bonitas de todo el continente. Bonitas porque rezuma decadencia colonial, lo reconozco, pero a estas alturas esos edificios de dos plantas, sobrios, soberbios en su solidez, afrancesados y con esa grandeur venida abajo, me entusiasman. Es una ciudad curiosa: tiene el barrio de pescadores en una larga y delgada península, en cuya playa rompen las olas del mar (y los residentes tiran sus cubos de basura); luego el río Senegal, que va a morir al Atlántico, creando una isla donde se encuentran todos los edificios coloniales, hoy administrativos de la ciudad, y que se acerca más a una ciudad-museo, que al corazón de la ciudad… Y más adentro, el resto de la población, que ni nosotros ni ningún turista ordinario tiene interés en visitar.

Por lo menos captamos algunas de esas escenas que te hacen sentir un poco más que de paso: cotilleamos en una casa para ver como un grupo de mujeres celebraban la boda de una de ellas bailando frenéticamente, en turnos, a la música de percusión; o sentados en un banco (¡esta ciudad tenía hasta bancos!) pasar los minutos viendo como los niños jugaban a las canicas, sin que interrumpieran su actividad ni vinieran a pedirnos regalos; o charlar con un par de senegaleses en perfecto castellano, y oir de sus vidas y cómo habían regresado recientemente a su país ante la crisis en España (y ahora se ganan la vida uno vendiendo souvenires -con especial ahínco a los españoles- y otro de facilitador, esa persona que te aborda en la calle para ofrecerte sus servicios de lo que necesitas: cambio de dinero, guía, intérprete, alojamiento, chófer… lo que sea)

Dos días en Saint-Louis fueron suficientes para recargar las pilas y disfrutar de comodidades (agua caliente en la ducha, wifi en el hostal, posibilidad de elegir entre varios -y buenos- restaurantes…) en la última gran ciudad antes de Mauritania, antes del famoso puesto fronterizo de Rosso. Fronteras con horarios caprichosos, corrupción, sobornos (“si os piden algo, dejáis las mochilas en el suelo y os plantáis ahí hasta que se cansen” nos recomendaba un italiano que parecía ducho en esas lides), dificultades y todo tipo de maleantes buscavidas nos esperaban. No nos hacía ninguna gracia pero nos hacía ilusión cruzar a disfrutar un poco de la hospitalidad mauritana, las dunas del desierto y cambiar el África negra por el Magreb. Y, porqué no, estar un poquito más cerca de casa.

Buenas noches, Gabon

Y, sin darnos cuenta, ya nos estamos yendo de Gabón. Visita relámpago, o casi. Porque 15 días pueden parecer mucho, pero apenas han dado para recorrer un poco este país. Y no es que sea enorme, no. En realidad es la mitad del tamaño de España. Lo que ocurre es que el transporte es bastante difícil. Las carreteras alternan tramos de 50 kilómetros de asfalto calidad europea (con rayas, reflectantes, desagües, vallas de protección) con otros tantos kilómetros de pista fangosa, con agujeros como cráteres. A estos efectos, el segundo problema es que apenas hay población en el país, apenas un millón y medio, con lo que el transporte público formal es prácticamente inexistente. Acabas perdiendo mucho tiempo en esperas, viajando en camiones (la mayoría no vuelcan) o en “clandos” (de “clandestinos”) que no son sino coches privados que hacen de taxis entre ciudades y cuya conducción pone los pelos de punta, por ponerlo suave: cuantos más trayectos hagan, más dinero ganan.

Al llegar, pasamos tres o cuatro días en Libreville, la capital, en casa de Mat, un chico francés, disfrutando de una vida casi de expatriados, moviéndonos de barbacoas con franceses y belgas a puticlubs (o bueno, algo que se le parecía mucho) con españoles (olé). También de gestiones, obteniendo el visado para Camerún, información para el de Nigeria, cambiando dinero (al final en un sitio tan peculiar como la caja del hiperrmercado). O de excursión de medio día con Mat a un cartel que pone “está Usted cruzando el Ecuador” o algo así. Esas cosas chorras también nos gustan.

La capital (medio millón de habitantes) es insulsa, pero limpia, medio moderna y cómoda para los guiris, por lo que vimos. en ella viven muchísimos expatriados franceses y gracias a eso hay enormes supermercados en los que comprar queso brie, pate de campagne o yogures Danone. Todo importado para ellos, a precios más altos que en Francia, claro está. Vienen aquí a trabajar en las compañías petroleras que han enriquecido al país; a las minas de manganesio o uranio; a extraer la madera noble de los bosques; y a construir carreteras (no siempre de asfalto, que no hay dinero para todo). Pero poco a poco, como parece que es en toda África, los chinos están haciéndose con todas las licitaciones y concursos. En breve, habrá más chinos en este país que ninguna otra nacionalidad. Seguro.

Salimos en tren hacia el interior, hacia Lopé, en la única línea ferroviaria del país. Todos nos sorprendimos mucho de llegar a la hora en un trayecto de más de cinco horas. Y nosotros, de que la falta de aire acondicionado en segunda clase no fuera tan dura como nos dijo todo el mundo (en realidad, los blanquitos expatriados, aunque seguramente nunca la han cogido): ni olía tanto a sobaco ni íbamos hacinados.

Lopé, un gran punto en nuestro mapa, resultó ser no más de una centena de casas de madera, dos ultramarinos (sorprendentemente bien surtidos) y dos hoteles. El bueno y el nuestro. Ah, y un par de restaurantes donde poder cenar brochetas de pollo y ternera a la brasa (eso sí, sin mayonesa, ni salsa Maggi y con muy poco picante). Ahí estaba el parque nacional de la Lopé, famoso por ser zona de transición entre la sabana y el gran bosque húmedo. Ese gran bosque que nos ha impresionado: cubre el 75% de todo el país. Sí, sí, el 75%. Vayas donde vayas, estás casi permanentemente rodeado de enormes árboles, a cada cual más sólido, cubiertos de plantas, lianas y trepadoras vistiendo e imposibilitando ver más allá de escasos cien o doscientos metros. Dicen que la deforestación está empezando a ser un problema, por la tala descontrolada. Nos lo creemos, aunque no hayamos visto apenas zonas grandes sin vegetación. Pero debe serlo: solo ahora se está creando la agencia estatal para la gestión de los bosques… vaya, que te venden que la tala es sostenible, que la gestión es controlada… pero no hay un organismo específico para hacerlo. Eso sí, nos hemos cruzado con muchos camiones cargados de enormes troncos, camino a los puertos y a los mercados europeos.

Y tras nuestro sonado pero, afortunadamente, anecdótico accidente de camión butano, llegamos a Franceville, la tercera localidad en tamaño del país, en su extremo este, dispersa entre colinas y verdor. De hecho, llegamos a avanzar un poco más, hasta Leconi, para ver el Cañón Rojo, a apenas diez kilómetros de la frontera con Congo. No os engañaremos, la sensación de normalidad y los comentarios de la gente sobre ese país nos hizo pensar en ir a visitarlo, pero lo dejamos para una próxima ocasión. Lo que nos ha sorprendido más en Franceville ha sido darnos cuenta de la cantidad de emigrantes que viven en este país. Los ultramarinos los llevan principalmente mauritanos, magrebíes y chadienses. Las tiendas de ferretería, casi todo libaneses o similares. Muchos puestos del bazar, generalmente los de la gente más extrovertida, suelen ser de nigerianos o gente originaria de Benin, Togo o Ghana… Es sorprendente e inocente darse cuenta: uno cree que África es uno, que cada país es un compartimento, pero no: la amalgama de gentes, de etnias, de nacionalidades viviendo en este país (y suponemos que en otros que también sean potentes económicamente) es enorme. Todo un descubrimiento para mí.

Tras el accidente, las secuelas son mentales: ahora nos parece que todo el mundo conduce deprisa. Aunque es verdad. Hay muy pocos coches, poco tránsito, así que los que circulan lo hacen como si fueran dueños y señores de las carreteras. Por eso, regresamos en tren hacia la costa (aunque fuera de noche y no pudiéramos ver el paisaje por la ventanilla) para enfilar desde N’Djole hacia el norte, hacia Camerún. Pero el trayecto en tren fue todo un show: había los que se dedicaron a emborracharse y pasarse la noche entera a gritos por los vagones (por cierto, con vino de tetrabrik español); también los niños mimados que se pasaron la noche llorando y moviéndose, dando patadas y golpes a la madre (uno de estos le tocó a Itziar delante); la gente que para no estar incómoda, se tiraba a dormir en el suelo del vagón o unos encima de los otros sin demasiados miramientos; y el vagón-restaurante, un bar en toda regla, en el que de madrugada todas las mesas estaban llenas de borrachos durmiendo, soldados incluidos. Vaya, todo un contraste con la formalidad y normalidad de la experiencia del tren de ida, que cogimos de día, para internarnos en el país.

Estamos ahora en Oyem, una pequeña ciudad de 30.000 habitantes, enfilando hacia el norte, yéndonos ya de Gabón. En todo el recorrido por el país me he acordado de la frase que no paraba de repetir Georges, un francés cincuentón que llevaba muchos años rodando por el mundo, construyendo carreteras: “Gabón no es África”. Y en parte creo que tiene razón o, por lo menos, no es la idea que muchos teníamos de una África pobre y mísera. Aquí los pueblos tienen electricidad (todo el día) y agua corriente en la gran mayoría de las casas; los ultramarinos de los pequeños pueblos están bien abastecidos; la policia no chantajea a nadie si tiene los papeles en regla; el coste de la vida es caro, pero a la gente no le falta el dinero; visten bien, limpios, con ropa sin agujeros ni jirones; hay escuelas públicas en condiciones y hospitales (aunque por suerte no los hemos visitado)… Todo esto rodeado de impresionantes bosques, ríos caudalosos, recursos minerales, energéticos… Lo reconozco, me ha sorprendido muy positivamente este país (a pesar del poco tiempo que hemos tenido para recorrerlo), pues no es lo que esperaba… pero qué demonios, ¡como si África fuera una!

Ojalá haya más Gabones y ojalá sean más fáciles de disfrutar (porque si algo le falta a este país, desde el punto de vista del viajero, es desarrollar su infraestructura turística: el potencial está ahí -bosques, ríos, montañas, tribus remotas- pero apenas se puede disfrutar de él).

De sorpresa en sorpresa en Angola (2/2)

Llegamos a Benguela a media mañana. Nos encantó: es bonita, cuidada, con edificios coloniales, plazas, árboles… por lo menos su parte más céntrica. Teníamos la suerte de que íba a alojarnos Camil, un chico francés con el que habíamos contactado a través de internet pero al llegar ala ciudad resultó imposible contactar con él. Tuvimos que buscar dónde dormir (visto, sobre todo, que aquí no había estación de autobuses como en Lubango, sino que era un simple descampado polvoriento). Sabíamos que el alojamiento iba a resultar más caro aun que en Lubango, pero alucinamos con la realidad. Vimos dos o tres sitios. El andrajoso, a 50$. Los hostales más decentes, unos desorbitados 100$… algo que no nos podíamos permitir. Y entonces apareció Sofia, nuestra hada madrina. “Españoles y portugueses somos hermanos en el extranjero” y nos invitó a quedarnos en su casa un par de noches. No solo eso, también cuidó de nosotros y nos preparó muamba de galinha, un típico guiso angoleño, y gracias a ella conocimos mejor la vida de expatriados y angoleños de origen portugués en el país.

En esta ciudad también conocimos a Yolanda y Patricia, de una ONG española que trabaja en el campo del VIH, apoyando la prevención (facilitando condones a quien los necesite y haciendo análisis gratuitos de sangre) y la información y sensibilización (a través de programas de radio). Aquí el SIDA no es el problema que sí es en otros países en los que hemos estado (por ejemplo Botsuana, con tasas de infección de más del 20% de la población), según dicen, porque la guerra aisló y convulsionó tanto el país durante casi tres décadas que el SIDA no se extendió tanto. Ahora se trabaja para que no se vaya en la dirección de otros países vecinos. Uno de los primeros pasos, saber quién está contagiado y quién no. En todas las mujeres embarazadas se hace la prueba. Uno de los mayores problemas, los hombres: no tantos como sería deseable acuden a los centros a analizarse.

No era raro en un lugar donde los extrajeros destacan y escasean, Yolanda y Patricia conocían a Camil, el francés con el que ibamos a alojarnos, así que nos dieron su contacto y comimos con él. Da gusto conocer gente interesante y tan generosa que te ofrece su casa sin conocerte de nada.

Disfrutamos mucho de Benguela, sobre todo viniendo de Namibia y Sudáfrica. En esta ciudad había plazas, gente paseando, charlando y tomando birras en la calle. Nos impresionó ver gente que va andando a los sitios, también por la noche, con tranquiliad y seguridad, no ser nosotros los blancos raritos que caminan ¡Qué diferencia con esos países! Estábamos realmente a gusto, seguramente porque esperábamos algo muy diferente. Hablábamos con todo el mundo, con conductores, con transeuntes, con vendedores, con cualquier persona con la que nos cruzábamos… inventando el portugués con alegría. ¡Comunicarse es fácil cuando ambas partes quieren! Nos sentimos en todo momento muy bien recibidos, tanto, que nos alegrábamos muchísimo de haber insistido con el visado, aunque nos hubiera costado un ojo de la cara…

Con el visado de turismo de Angola de una semana (nos caducaba el sábado, tendríamos que renovarlo) y otras gestiones en mente (como obtener el visado para visitar Santo Tomé y Príncipe) nos teníamos que ir a Luanda, la capital, antes de lo deseado. Como siempre en bus y esta vez sí, buenas carreteras, atravesando paisajes secos, de árboles sin hojas, agostados. Tan solo alrededor de los ríos, que teñían de verde el paisaje, surgían cultivos y, con ellos, gentes, pueblos y mercados. Y, por supuesto, paradas para aprovisionarnos de los productos que fueran típicos de cada localidad.

En nueve horas llegamos al atasco permanente que es la capital. Una ciudad en la que conviven la miseria y la opulencia con sorprendente naturalidad: musekes por todas partes, rodeando chalés, el palacio presidencial y los nuevos y modernos rascacielos. No se tarda en ver el gran problema de basura y aguas fecales que tiene la ciudad y que durante cuatro días no dejó de sorprendernos. Nos pasamos casi tantas horas atascados como andando por la ciudad: está toda en obras. Luanda es la máxima expresión de lo que sucede en Angola: descubrieron petróleo y diamantes y de repente unos cuantos se han dado cuenta de que pueden ganar mucho dinero y gastarlo a manos llenas. Se ven por todos lados cochazos, relojes de oro de infarto y villas descomunales. Y, también, mucho chino: donde hay negocio, están ellos. Necesitan el petróleo y China lo compra construyendo edificios, según nos han dicho, usando como mano de obra a presos chinos para abaratar los costes. Toma ya.

Nuevamente la suerte estaba con nosotros: conocíamos a Rosa, amiga de un amigo, y ella nos brindó casa y apoyo espiritual y logístico (coche y chófer incluido). Pero no solo eso: si no es por ella, que desde el primer día de nuestro viaje se ofreció a escribir la carta de invitación que todos los consulados de Angola nos exigían, no hubiéramos podido obtener el visado ni haber visitado el país. Más no podíamos pedir.

De los cuatro días que estuvimos en Luanda, nos pasamos dos de gestiones: que si el visado de Sao Tomé, que si la renovación (o no) del visado de Angola, que si confirmar vuelo de salida del país… todo aparentemente muy sencillo, pero entre los atascos, las colas y demás visicitudes el tiempo en esta ciudad se escapa. Logramos todo eso y mucho más, sin duda, gracias a la ayuda de Rosa y Pedro que se volcaron con nosotros en todo momento. Creamos una especie de grupo de operaciones y estrategia y cada mañana, en el atasco, camino al centro en su coche, discutíamos las diferentes opciones en relación con las gestiones y qué sería lo más conveniente…

El resto fue disfrutar; charlando largo y tendido con Rosa con birras Cuca; una noche de la música y comida de Cabo Verde; otra, del lomo y jamón que aún le quedaba a Marisol; otra, celebrando el cumpleaños de Itziar con Ribeiro, queso manchego y arroz luandés (o cómo hacer una paella con arroz largo).

Nos íbamos el lunes hacia Sao Tomé con ganas de más Angola, diez días de viaje nos sabían a poco. Pero el visado, la necesidad de transporte privado para acceder a algunos lugares interesantes y sobre todo el alto coste de la vida nos forzaban a dejar el país. Sobre todo habíamos disfrutado de la gente: todo el mundo se ha desvivido por nosotros. En los candongueiros, los taxis compartidos, la gente nos guiaba; en la calle, al pedir indicaciones, nos acompañaban hasta que estaban seguros de que estuviéramos en el buen camino; en general todo ha sido buen rollo y ganas de conocer cosas de nosotros y nuestras vidas, sin pedir nada más que lo que ellos mismos ofrecían. En Angola constatamos que, como ocurre muchas veces, el sabor de un país no solo lo da el paisaje o los monumentos, sino la gente que encuentras en el camino. Hasta la próxima, Angola.

Le Grand Sud (1/2)

Podíamos haberlo hecho fácil, pero en un país complicado de por sí, decidimos irnos de las rutas habituales. Tanto que ni las dos guías que usamos (Bradt y Lonbely Planet) contemplaban ese recorrido, dejándolo en un simple “sabemos que se puede hacer, pero si alguien lo hace que nos lo cuente”… pues en primicia, para todos ustedes, empieza aquí el relato del los 4 días empleados para recorrer los 504 kilómetros de la “carretera” nacional RN13. La media impresiona: 126 kilómetros por día. Y si consideramos las horas pasadas desplazándonos, hacen la friolera de velocidad media de 21,91 kilómetros por hora. Espeluznante.

Todo empezó en Ihosy, una ciudad sin interés alguno en la carretera (asfaltada, esa sí) que une Tana con Tulear, la principal ruta turística y comercial del país. Para que os hagáis una imagen clara, es algo así como una carretera rural tipo gallega. Sencilla, sencilla. De ahí sale la RN13 que une dicha ciudad con Tolagnaro (llamada anteriormente Fort Dauphin) la principal ciudad del sur del país. Nos hacía ilusión bajar al sur, nuevamente, en busca de olas, desierto y aventuras.

La carretera dejó de tener asfalto desde el kilómetro 1. Bueno, no es cierto, nunca lo tuvo. Así que desde el primer momento, en una furgoneta en la que nos sentaron a 5 personas en cada una de las filas (de 4 asientos) avanzamos levantando nubes de polvo. Durante kilómetros no vimos a persona alguna, entramos en una de las zonas más despobladas y aisladas del país, en una zona semiárida en la que apenas la paja y hierba ya amarilla y algunos árboles salpicaban el paisaje. Poco duró nuestra alegría, y durante las 6 horas restantes la furgoneta se dedicó a ir de agujero en agujero esquivando piedras, rodadas y charcas sin fondo. Inmóviles, aprisionados en nuestros asientos, nuestros culos no tardaron en solidificar, y durante varias horas nos dedicamos a buscar la posición en la que podíamos dejarnos caer en nuestros vecinos a fin de resistir mejor el sufrimiento. Todos hacíamos lo mismo. Pero ellos, se ponían de acuerdo para cederse los hombros y poder así echar unas cabeazditas unos encima de los otros.

Betroka fue la primera “ciudad” en la que rompimos el trayecto, con la suerte de encontrar un hotel sencillo y limpio para dormir, y quitarnos el polvo de todo el cuerpo a base de cubos de agua. Comparado con las siguiente aquella era importante: tenía la calle principal asfaltada, varios restaurantes,un bazar muy digno y hasta una gasolinera. Pero empezamos a ver otra dificultad con la que no contábamos: el idioma. De repente, casi nadie hablaba ni francés, así que tocaba tirar del malgache. Y de Itziar, que es la que se ha molestado en aprenderlo.

El día dos empezó bien para la señora en del puesto del mercado en la que desayunamos. De repente, todo el mundo quería tomar allí su café con fritanguitas (tipo buñuelos) que ofertaba. La gente se paraba a mirarnos, a observarnos, y oíamos como le decían cosas de nosotros. Cuando oíamos la palabra vahaza sabemos que hablan de nosotros. Quiere decir, hombre blanco. Pero tambiébn nos trajo a nosotros un regalo, 80 kilómetros de una pista rojiza, casi perfecta, con algunos trozos incluso asfaltados. Nos quedará la duda de porqué no asfaltaron por el principio de la Nacional, pero bueno, bienvenidos fueron al llegar a nuestro destino… intermedio. Isoanala. Apenas eran las 10 de la mañana, teníamos todo el día por delante para seguir pero… ese día no había transporte para enlazar con el siguiente pueblo, así que resignados nos tocó quedarnos el día entero allí, durmiendo en un cuchitril sin baño ni agua para asearnos. Y ¿cómo se rellena el día hasta las 5 de la tarde en que cae el sol y cenamos? Paseando, saludando a la gente, dejándonos ver, observar. En esta región, los blancos que pasan lo hacen sin parar, así que la sorpresa era evidente en muchas de las caras que apenas salían de su asombro para saludarnos… hasta que llegó Pierre, un hombre que nos paró en la calle, nos saludó, nos contó que trabajaba recogiendo nueces de los árboles (luego nos quedó la duda de si era electricista en los postes, porque nos sorprendió que supiera que las farolas allí fueran de fabricación española) y nos invitó a pasar a su casa. Aceptamos con la duda (en este país todo el que se acerca parece que quiere algo de tí, normalmente, tu dinero) y nos presentó a su hermana, costurera, que era quien sabía algo de francés. Nos enseñaron su casa: un pequeño terreno con tres casas de adobe -una la cocina, otra el taller-dormitorio de la hermana y la otra la casa de Pierre, su esposa y su hija- cada una de ellas de un tamaño equivalente a una habitación de las nuestras. Y nos ofrecieron ese pequeño regalo que es la hospitalidad desinteresada, para conocernos, para vernos.

Entre saludar a unos y otros, pasear por el pueblo (como mucho 500 habitantes) pasó el día. Cena en uno de los dos restaurancitos disponibles(higados de zebú con arroz y pollo con mucho hueso y poca carne con más arróz) y a dormir, pero sin baño ni agua, nos lavamos los dientes con la botella de agua en la calle. Apenas eran las 7 pero estábamos agotados. La fama cansa.

El tercer día iba a ser demoledor, sin saberlo. Nos seguíamos adentrando en el “desierto” (más bien una zona muy árida) malagache y la pistas estaban cada vez en peor estado. Un día hubo una pista buena, se ve todo el rato, pero hoy las pistas existentes se han creado para evitar usarla, y en algunos tramos el conductor debe elegir entre varias pistas posibles: cuando se estropea una, o cuando se hace un charco muy grande en otra, los conductores intentar crear una nueva: se meten campo a través, como buenamente pueden, y a botar por otro lado. El traslado que el día anterior no pudimos hacer lo disfrutaron nuestros riñones a primera hora de la mañana, durante tres horitas escasas. Nuestro destino, parcial, Beraketa, un pueblacho de mala muerte, en el que ya ni la calle principal estaba asfaltada, el bazar estaba medio desabastecido y apenas un sitio se podía contemplar para comer. Las malas noticias llegaron pronto: apenas eran las 10, nuevamente, y el transporte hasta la siguiente ciudad saldría a las 7 de la tarde… un mazazo. Empezabamos a estar cansados del viaje, aun quedaba mucho y lo que queríamos era avanzar, de día, para ver el paisaje, no de noche… pero no quedaba otro remedio.

(continuará…)

Ciudad del Cabo

Hemos pasado una semana en Ciudad del Cabo, una ciudad fácil, con una vida no muy distinta de la vida en casa, aunque más tempranera (todo abre de 8 a 17), más deportista (hay muchos campos de rugby y cricket y se ve mucha gente corriendo, pero mucha mucha) y con un urbanismo más extenso, de casas unifamiliares con jardín -excepto en el centro- que hace que no haya separación visible entre unos pueblos y otros.
Aparentemente, las diferencias raciales están presentes en la vida diaria. Por ejemplo, los oficios menos cualificados (cajeros de súper, basureros, vigilantes de aparcamientos, etc.) los hacen solo negros. Los coches lujosos solo los conducen blancos. En muchos semáforos (que aquí se llaman robots) hay negros, nunca blancos, vendiendo cosas de lo más peregrinas: flores, esculturas de animales de madera o hechas con bolsas recicladas, periódicos, banderas, cargadores de móvil, gafas de sol… Los blancos hablan africaner o inglés con acento británico, los negros hablan un inglés que nos cuesta entender, aparte de xhosa o zulu o alguna otra de las lenguas que se hablan por aqua (hay once lenguas oficiales). Los mendigos son negros o blancos mayores de aspecto hippy. Igual lo que les da la pinta hippy son las rastas y la ropa rota… Bueno, igual no llevan rastas, sino solo el pelo sucio y enmarañado… pero parecen hippies que se han quedado en la parra. Y además ¿qué hacen pidiendo, si es cosa de negros?
En cualquier caso, lo que es notable es la suma educación de todo el mundo, negros, blancos y coloured, que son todos los que quedan entre esas categorías: siempre que se llega/pregunta/pide se dan los buenos días/tardes/noches, se da las gracias al conductor del autobús cuando te bajas, se desea un buen día al cajero de la tienda… ¿Será la herencia británica?
Los problemas de seguridad también son un asunto que preocupa: todas las vallas de las casas tienen pinchos o alambre de espino (a veces electrificado) y carteles que prometen un par de tiros. Además, por la noche no hay nadie por la calle, dicen. Nosotros, cuando hemos estado por la calle una vez que ya ha oscurecido, solo hemos visto negros andando y grupos de blanquitos haciendo footing. Por la calle, los negros andan y los blancos corren.

Un día Miquel y Eva nos prestaron su coche* para ir al Cabo de Buena Esperanza. No es el punto más austral ni donde el Atlántico se encuentra con el Índico, pero seguir los pasos de los grandes exploradores tiene algo de romántico ¿no? A un paseo de veinte minutos del Cabo de Buena Esperaza está Cape Point, que es el punto que está más al sur del suroeste de África. La cuestión es poner placas que digan “el lugar más…”.

Aunque no sea lo más al sur que se puede ir, merece la pena llegar hasta allí. El Atlántico, muy bravo, rompe contra la costa rocosa. El parque de Cape Point es una zona de matorral, está todo bastante verde y las playas son de arena fina y blanca. Hay muchísimas aves, aunque las únicas que hemos reconocido son las avestruces. Avestruces en la costa que miran desafiantes a quien se detiene a observarlas. En el parque también hay varios tipos de antílopes y, dicen, porque no las hemos visto, cebras (cebras del cabo, se llaman). Quienes se pasean tranquilamente y se asoman a ver qué hace la gente (y a ver si hay algo de comida que robar) son los babuinos, unos monos que cuando ves de cerca su cara de mala leche, cierras bien las ventanillas del coche y te aseguras de que el seguro está echado, que con lo espabilados que son, igual te despistas y se te acopla uno en el asiento de atrás.

De vuelta a Cape Town paramos en dos sitios. El primero, una playa donde viven pingüinos africanos (son pequeños y con una especie de lunares negros en el pecho) y se pueden ver en la playa, cruzando la calle o incluso debajo de tu coche aparcado. Hay una colonia y si vas al atardecer, se los ve llegando a la playa tras un día de pesca. Están muy acostumbrados a los humanos y van a su rollo, ajenos a las tropecientas personas que los miran y aplauden cada uno de sus saltos, aleteos o sacudidas.
El segundo era un pueblecito, Kalk Bay, donde paramos a comprar pescado fresco para la cena. En el puerto había un par de focas, atraídas por los chavales que les dan comida para que los turistas puedan hacer fotos y sacarse así unas perrillas (los chavales, no las focas). Compramos el pescado, una especie de besugo, directamente a un pescador y de repente un tipo prácticamente nos lo secuestró para limpiarlo, cosa que hizo -y muy bien, por cierto- tras regatear un poco el precio (la cosa quedó en unos 50 céntimos de euro).
Aquí, como en todas partes, el turismo es una fuente de ingresos. Pero nos han cobrado los mismos precios que a los locales y no nos han intentado timar. Además, por lo que hemos visto hasta ahora, no es tierra de regateo (a excepción del limpiador de pescados).
Otra cosa que no podíamos dejar de hacer era subir a Table Mountain. Andando. Casi cinco horas. Casi cinco horas andando cuesta arriba. Pero al llegar a lo alto, la recompensa de las espectaculares vistas de la bahía y de la ciudad. Y la de bajar en un teleférico que parece un platillo volante.

Entre paseos por la ciudad, la visita a Khayelitsa, visitas culturales (muy interesante el acuario y el museo de la esclavitud), excursiones por los alrededores y gestiones infructuosas varias (intentar conseguir el visado para Madagascar sin billete de avión comprado e intentar conseguir visado para Angola), el tiempo ha pasado sin darnos cuenta. Ya agarrábamos los taxis compartidos con naturalidad, conocíamos los barrios por los que nos movíamos y casi casi empezábamos a entender lo que dicen las cajeras del supermercado. Pero era hora de seguir ruta, así que tocaba hacer la mochila, mirar al este y… ¡adelante!

Para quien se lo esté preguntando, el punto más al sur de África es el Cabo de Agulhas, que está a unos 200 kms de Ciudad del Cabo.

* Condujimos sin incidencias a pesar de que ninguno de los dos había conducido un coche “a la inglesa”. Eso sí, el nivel de atención que teníamos que prestar para no meternos en el carril contrario al cambiar de dirección, era equivalente al de un torero en la plaza. Ya nos hemos acostumbrado bastante a que circulen por la izquierda, aunque alguna que otra vez me sobresalto porque el conductor va leyendo el periódico…