África de cabo a rabo

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Welcome to Nigeria

Después de cuatro semanas Camerún, país que hemos recorrido de cabo a rabo, tocaba Nigeria. Cuatro semanas en las que hemos pasado por docenas de controles de policía y ejército en la carretera, de los que hemos salido sin perjuicio, aparte de alguna mancha de sudor en la camisa.

Nigeria pintaba peor. A la frontera llegamos con el culo apretado, tensos porque según lo que habíamos leído y hablado con otros viajeros es habitual que pidan el pago de tasas que no existen, regalos que no vienen a cuento y, como nos dijo uno que conoce bien el país, “les gustan mucho las cámaras de fotos”. Y nosotros solo llevábamos cuatro (y un goloso ordenador).

Salir de Camerún fue fácil: primero pasamos por inmigración para que pusieran el sello de salida en el pasaporte, todo sonrisas, todo amabilidad, todo “espero que os haya gustado el país”. Después, la policía, también amables pero más secos, hasta que “sí, venimos de Madrid pero nos gusta el Barcelona ¿eh?” (carta que hemos jugado mucho porque Eto’o aquí es un dios y todo el mundo es el Barça) y empezaron los choques de manos y las risas por el último 5-0 al Madrid. Apuntaron nuestros nombres y números de pasaporte en un cuaderno primero y en una hoja en blanco después y con un “¡hasta la próxima!” pudimos cruzar el puente que une Camerún con Nigeria.

Pisamos suelo nigeriano como quien regresa a casa de madrugada por las calles vacías de la ciudad, alerta, procurando no hacer ruido y aparentando normalidad. Alguien nos señala una chabola (de verdad, de palos y chapa) y entramos: es inmigración. Hay mucha gente vistiendo uniformes marrones y ninguna sonrisa. Un tipo muy serio nos saluda con un “welcome to Nigeria” y nos pregunta cuál es nuestra profesión, a qué venimos, qué vamos a hacer en el país, dónde vamos después… preguntas que responderemos muchas veces hoy. Miran pasaporte y visado, murmuran entre ellos y, para hacerlo corto, nos dicen que solo nos pueden dar cinco días porque el visado caduca el 10 de diciembre y hoy es día 3, así que nos conceden hasta el día 8. En realidad el 10 de diciembre caduca su validez para entrar al país y una vez dentro de Nigeria podríamos permanecer 14 días, pero en el visado no lo pone claramente. Intentamos conseguir un día más: “si el visado caduca el 10 ¿no nos puede dar hasta el día 9?” “No, el 9 tenéis que salir, así que os doy hasta el 8.” ¿?. Decidimos no discutir porque el visado no es muy claro sobre los días de estancia y en cualquier caso nuestra idea era solo cruzar Nigeria. Vamos, que nos choricean nueve días de visado y nos obligan a correr para atravesar el país. Con la pasta que nos costó…

Siguiente parada: la chabola de la policía. Estos van de azul y son muy jóvenes. El que tiene la cara llena de acné escribe con visible esfuerzo los datos del pasaporte en un cuaderno mientras, muy concentrado, se muerde la lengua. Otro, que por lo menos tiene 20 años, le va indicando lo que tiene que escribir en cada casilla. Este trámite es rápido y solo apuntan los datos de uno de los pasaportes y lo que les contamos de dónde vamos, cuánto dinero en efectivo traemos, etc. Sin siquiera verlo, dicen que los datos del otro pasaporte ya los copiarán. No sé qué dirá su jefe cuando se entere del procedimento…

A todo esto, vamos en un taxi cuyo conductor nos va diciendo lo que tenemos que hacer y nos espera tras cada trámite. El taxista nos indica que entremos en otra chabola. Aquí no hay uniformes ni placas… ni idea de quiénes son estos. Un tipo muy negro con una camisa muy blanca apunta los mismos datos de nuestros pasaportes en otro cuaderno. En la caseta aparece otro hombre, enorme y muy serio, y nos lanza las preguntas habituales, que remata con un “¿cuántos hijos tenéis?” Al oír que “aún ninguno, nos conocemos desde hace poco” (otra carta que jugamos para ahorrarnos explicaciones porque en África no se entiende que las parejas no tengan hijos), nos regala una charla de trasfondo religioso sobre la importancia de tener hijos. Asentimos como niños buenos y en cuanto el de la camisa blanca termina con nuestros pasaportes, nos largamos.

Nos vamos a subir al taxi pero el paciente taxista, con un gesto, nos indica que aún hay más. En la cuarta chabola nos saluda muy serio un hombre gordo vestido a la manera tradicional (pantalones y camisola casi hasta los pies, hechos con la misma tela de muchos colores). ¿Que qué llevamos en el equipaje? Pues ropa, cosas de aseo, medicinas… ¿Que qué medicinas? Analgésicos, antipiréticos, antibióticos… No, no tenemos receta para los medicamentos. ¿Que por qué? Pues porque no hace falta, son medicamentos que se venden en la farmacia sin receta. Y nos explica que es de Narcóticos, que por eso pregunta. ¿No llevaréis drogas? No. ¿Seguro? Sí. ¿Se-gu-ro? dice mirando fijamente a Pablo como cuando de pequeños jugábamos a “ojos de lobo”. Pablo aguanta la mirada y pasa la prueba. El tipo, que de repente juega a ser nuestro amigo, dice que cuándo volvemos y respondemos que no regresamos a Camerún. Insiste varias veces: “entonces ¿no nos vamos a volver a ver?” y para evitar que nos pida un recuerdo, le soltamos un “sólo Dios sabe cuándo volveremos a vernos” (tercera carta de nuestra baraja, que aquí todo el mundo es religioso y esas frases zanjan fácilmente las conversaciones). Con media sonrisa nos da la bienvenida a Nigeria, nos desea buen viaje y vamos hacia el taxi.

¿Cómo que aún no hemos terminado? La quinta caseta es la más rápida: sólo hay un tío dormido sobre un banco de madera y otro matando moscas sentado detrás de una mesa que mira los pasaportes, nos los devuelve, “welcome to Nigeria” y nos vamos. Otros que no sabemos quiénes son.

Ahora sí, digo yo. Pues no, nos queda otra, esta sí, la última chabola, la del ejército: dos tíos repantigados a la sombra con los uniformes medio desabrochados. El de mirada turbia me da la mano y sin soltarla me atrae hacia donde está sentado, muy cerca de él. “¿Es tu marido?” “Sí.” “Quiero que te divorcies de él y te quedes conmigo.” La broma se empieza a alargar cuando se ponen a hablar de cuánto dinero está el uno dispuesto a pagar y el otro dispuesto a aceptar. Huy, hablar de dinero con esta gente me da mala espina. Con un “I am priceless!” y unas risas se termina la discusión y empiezan las preguntas rutinarias (aunque aquí nadie escribe nada en ningún cuaderno), para acabar hablando de fútbol y con los choques de manos y palmaditas en la espalda porque en esta caseta también son todos del Barça. Con un “bienvenidos a Nigeria” se despiden de nosotros mientras subimos al taxi y partimos.

Por fin hemos terminado en la frontera. Ha sido largo (nos ha llevado una hora y pico) y tenemos menos días de los previstos, pero en el fondo no ha ido tan mal: no hemos desembolsado nada, no nos han abierto las mochilas que con tanto cuidado habíamos preparado para no dejar objetos de valor a la vista y no ha habido ninguna situación muy desagradable. Como si acabásemos de hacer un examen, nos sentimos aliviados y más relajados pero nos queda la incertidumbre de lo que pueda pasar en los próximos días: la frontera es solo el principio.

Tres minutos en Nigeria y ya encontramos el primer control de carretera. De los cuatro pasajeros del taxi solo nos hacen bajar a Pablo y a mí. Nos indican que nos acerquemos a una caseta donde un tío enfundado en un uniforme del ejército, con bigote y muy educado, nos coge los pasaportes, los mira, nos hace las preguntas de siempre, le decimos que venimos de Camerún, que vamos a Benín… y cuando ha terminado nos suelta un tímido “¿un souvenir?” Nos hacemos los locos. “¿Un souvenir?” insiste y nosotros seguimos haciéndonos los locos. Entonces prueba con “¿un regalo?” y Pablo salta con un “no, no hemos comprado ningún regalo en Camerún” y mientras el tipo asimila la respuesta, le cogemos los pasaportes de la mano y, dejándolo algo decepcionado, nos subimos en el taxi y nos vamos. Welcome to Nigeria.

En busca de las gambas

Dejamos Gabón con buen sabor de boca y con ganas de hacer cosas: había sido un país un poco frustrante, pues al no estar preparado para el turismo apenas se podían desarrollar actividades como descender algún río en piragua o explorar la jungla y los impresionantes bosques…

Entrar en Camerún fue más fácil de lo previsto: tan fácil como saludar a los policías en su caseta, esperar a que rellenasen con nuestros nombres los libros de registros (de salida de Gabón y entrada en Camerún) y bajarnos o montarnos en los taxis que aguardaban en ambas aduanas. Nosotros lo tuvimos fácil y económico: no tuvimos que pagar la tasa de registro que le tocó a nuestro compañero de viaje camerunés en la frontera gabonesa ni el impuesto de circulación que le pidieron al conductor del taxi que nos llevó hasta el primer pueblo del país. Por ahora, la corruptela asquerosa la estamos viendo pero no sufriendo (todas las guías avisan sobre la corrupción en este país: estamos entrando en Camerún, país que Transparency International sitúa como el 146 de 180 de los más corruptos, siendo el 180 el más de todos, Somalia. Los hay mucho más corruptos, pero no tan turísticos como éste, lo cual es una preocupante combinación).

http://www.transparency.org/policy_research/surveys_indices/cpi/2009/cpi_2009_table

Ebolowa fue nuestro primer contacto con el país, pero apenas fue un cambio a Gabón: los mismos mototaxis para desplazarte por la ciudad, iguales alojamientos espartanos, los mismos puestos de brochetas de pollo y pescado por las noches… Eso sí, empezamos a ver cervezas por todos lados, una gran afición en este país, y desaparecieron de repente los coloridos y llamativos trajes en hombres y mujeres hechos con telas africanas… se impone el vaquero y la camiseta. Pena. En esta ciudad perdimos un par de horas legalizando una fotocopia del pasaporte: vas a la policia, cotejan tu pasaporte y visado con el fotocopiado en una hoja y te ponen un sello asegurando que son iguales. Con eso, en los controles podremos enseñar la fotocopia y no desprendernos del pasaporte… salvo que se pongan muy pesados.

Aún con reparos a montarnos en vehículos que no cumplieran todas las condiciones de seguridad, nos vemos obligados a tomar lo que nos ofrecen: nos empaquetan a 21 personas en una pick-up, esas furgonetas con la parte de atrás abierta, normalmente para poner bultos, materiales de contrucción o ganado. Nos tocaba apretujarnos a 15 personas allí detrás y entre los pies de uno, las rodillas de otra y la bolsa con pollos (aquí también viajan con ellos) uno apenas resultaba zarandeado en los baches y charcos de la pista (¡ved vídeo al respecto!). Pasamos durante 7 horas (en dos tramos, pues luego a mitad de camino cambiamos a una furgoneta) por bosques densos y pequeños pueblos de casas de adobe habitados por pigmeos. Y por si fuera poco con disfrutar del paisaje y de una experiencia tan humana (por lo apretujada) nos tocó, como viene siendo habitual, aguantar a un par de borrachos en cada trayecto. Uno de los que no para de hablar a gritos; otro de los que se te duermen encima por mucho que los empujes… y es que aquí para emborracharse lo ponen fácil: venden bolsas de plástico de 5ml (equivale a un copazo) de wisky, ron o ginebra. Como las de ketchup de las hamburgueserías, pero en grande. Ideales para llevar en el bolsillo y pimplarse una cuando estás aburrido.

Kribi fue nuestro destino, un pueblo para, en realidad, designar el litoral sur del país, lleno de playas solitarias. Pero no de las de cocoteros, sino de árboles frondosos y de buena sombra, en los que pasar un par de días descansando. Decidimos salirnos de la ruta más trillada. Nada de turistadas, así que durante dos días nos convertimos en eco-turistas. Vaya, esos que por una experiencia más humana y personal son sableados en nombre de un turismo más cercano, que beneficia a las gentes y pequeñas comunidades, no solo a empresarios. Vaya, que duermes y comes en casa privadas y los servicios que contratas son desarrollados por la gente del pueblo. Lo bueno es que sabes que aunque sea caro, estás pagando a gente humilde y que ese dinero sirve para que lleguen a fin de mes un poquito mejor. Así que dos horas más de coche (Itziar y yo en el asiento delantero, detás cinco más bien aplastados) hasta Ebodjé.

Estaba muy bien organizado, la verdad. Nos asignaron una casa, la de Mama Pauline, sencilla, de madera, pero con un salón y butacones cómodos (decorado con algunas fotos amarillentas) y una habitación para nosotros solos, con un buen mosquitero. El baño, una letrina, y la ducha (a cubos de agua) situados a veinte metros de la casa. Para las comidas (desayuno, comida y cena) íbamos a casa de Christine (de la cual solo vimos el salón, con su mesa y seis sillas y unos butacones impresionantes tapizados con tela de leopardo). No estaba mal lo que nos cocinó, pero hay que decir que la tercera comida en que nos tocó comer lo mismo (pescado guisado con salsa de tomate) nos rayamos un poco. Durante dos días nos paseamos por el pueblo saludando a gente que nos miraba sin mucho interés. Contratamos una excursión para explorar un río en piragua, una maravilla, pero con una hora nos quedamos muy cortos. Estuvimos bañándonos en un mar de agua caliente (de verdad, caliente, calculo 30 grados) o persiguiendo cangrejos (¡ved también un video!). O fuimos a la búsqueda de tortugas deshovando por la noche, pero no tuvimos éxito. Eso sí, la que nos cayó encima nos empapó hasta los calzoncillos.

Conocimos a bastante gente que hablaba español: habían trabajado en Guinea Ecuatorial durante algun tiempo (algunos toda una vida) y claro, este pueblo estaba a tan solo 25 kilómetros de Campo, la frontera con nuestra excolonia. Nos contaron historias tremebundas de corruptelas, pero todos estaban encantados de su experiencia: allí se puede ganar mucho dinero, es un país tremendamente rico (aunque el 30% del dinero que genera el petróleo va directamente a los bolsillos de los gobernantes, según la misma Transparency International…).

Un par de días fueron suficientes. Regresamos como pudimos a Kribi (en moto, después de que el único vehículo que pasó por la carretera en las dos horas que estuvimos esperando fuera un coche con dos personas montadas en el techo, agarradas de cualquier manera…) y allí cogimos un autobús hasta Yaoundé, que no solo salió con hora y media de retraso (nosotros dentro del bus, por supuesto) sino que nos metieron a 5 por fila, en un bus pensado para 4… Cosas peores han pasado nuestros traseros, pero al llegar a Yaoundé de noche estábamos reventados. Suerte que Cathy nos vino a buscar a la “estación” con su destartalado coche.

De sorpresa en sorpresa en Angola (1/2)

Entramos en el país con el corazón en un puño. Con el culo bien apretado y la mirada baja. Pero la rapidez del control de inmigración (solo nos hicieron esperar quince minutos mientras el policía iba a preguntar a un superior qué hacer con nosotros) nos sorprendió y cuando estamparon el sello con la fecha de entrada en el pasaporte, empezamos a respirar con calma. Todo en orden. Además, nos abrieron las mochilas pero solo miraron por encima su contenido. Nadie pidió nada. Y a la salida, preocupados por el cambio de dinero, descubrimos varios cajeros automáticos encantados de saludar a nuestra tarjeta VISA.

La frontera era un hervidero de gente. De repente, pasamos de un país despoblado a uno con gente por todos lados. Y, además, podíamos entender lo que hablaban entre ellos sin demasiada dificultad: el portugués de aquí es como el de Brasil: suave, dulce, vocalizado.

Aun acojonados ante lo que pensábamos que teníamos por delante (controles policiales, tensión en el ambiente, delincuencia, costes altísimos…) decidimos hacer autostop. Era más necesario que nunca aplicar el PRG (Plan de Reducción de Gastos) en uno de países más caros del continente. La guía estima el gasto medio en más de 150 dólares al día por persona, algo inasumible para África de cabo a rabo. Así que nos pusimos manos a la obra recortando gastos.

Los primeros 90 kilómetros fueron gratis. Un flamante 4×4 negro, ocupado por tres policías, paró para llevarnos. Imaginaos nuestra sorpresa al enterarnos de su oficio… Bebiendo cerveza y conduciendo a 140 km/h pasaron rápidamente los kilómetros hasta Xangongo, mientras nos distraíamos buscando esqueletos de camiones y tanques, vestigios de la guerra, a lo largo de la carretera.

Nos depositaron en aquel pueblacho, en su polvorienta estación. La gente nos miraba con curiosidad. Pero nos sorprendió el buen rollo y la tranquilidad de todo el mundo. El conductor del taxi compartido que nos llevó hasta Lubango, tras nuestras cuatro horas de infructuoso autostop, lejos de intentar timarnos nos hizo un descuento especial. Acabamos pagando menos que los locales por un trayecto de siete horas entre enormes baobabs, por una carretera destrozada e impecablemente asfaltada a partes iguales.

Llegamos a Lubango de noche. A las 11. En Namibia no hubiera habido nadie en la calle. Aquí se veían coches, gente, ambiente. Quisimos ahorrarnos el buscar un hostal a esas horas y, también, el puñado de dólares que seguro que nos costaría. Así que tras pedirle al conductor quedarnos a dormir con él en su furgoneta (no se opuso, pero nos dijo que debía partir a las 2 de la mañana) nos sugirió dormir en la estación de autobuses. Así que tras unos segundos de dudas, por lo poco habitual de la propuesta, eso hicimos, nos tiramos sobre nuestros aislantes en el suelo de la estación, junto a decenas de personas que dormían tirados en la explanada con mantas y sus bártulos, esperando a coger el primer autobús de la mañana. Eso no solo era gratis, sino seguro: varios guardias con metralletas montaban guardia. Y al amanecer fliparon tanto como nosotros.

Dormir una noche en la estación, como experiencia, estuvo bien. Pero al día siguiente nos buscamos una pensión. No eran caras, eran carísimas ($60 sin baño), sobre todo por las escasas comodidades que ofrecían a cambio. Pero una de ellas tenía jardín y el encargado nos dejó acampar en él y, para nuestra sorpresa, no solo no nos quiso cobrar nada sino que incluso nos ofreció el cuarto de servicio para que nos duchásemos. Imaginaos la mala pinta que nos debió de ver…

Nos fuimos a explorar Lubango, ciudad arropada por montañas y adornada con árboles en flor. Era domingo, día de misa y entramos en una iglesia de las santas penúltimas horas de los últimos días o algo por el estilo, a refugiarnos del calor de la calle y a escuchar cómo cantaban. Y cantaban bien. Cuando nuestros corazones ya vibraban de alegría con la palabra del Señor, nos fuimos a comer al peso: tantos gramos, tanto pagas. Y de postre, una sandía local, de la tierra, cuyo sabor nos decepcionó pero su frescura nos alegró la tarde.

La alegría nos duró hasta que salimos del centro, donde todo es “museke”, zona chabolista de casas de ladrillo malucón con techo de uralita. Y mucha basura, mucha agua estancada en la que flotan botellas de plástico y restos de bolsas, latas y cartones. Las condiciones de vida son duras, muchas viviendas no tienen electricidad ni agua corriente, tienen que ir a buscar el agua a los pozos, de donde la extraen con bombas manuales. Vimos muchos niños caminando con una silla a cuestas: deben llevar su propia silla a la escuela. Eso sí, tienen escuelas públicas gratuitas.

Nos íbamos a Benguela en un autobús amplio, cómodo, con asientos numerados… para subir al cual vimos, por primera vez en cinco meses, ¡que se formaba una cola! Este país nos sorprendía a cada momento. Allá íbamos, por una carretera que de vez en cuando se convertía en una pista polvorienta, antes de volver a ser de asfalto. Perdimos la cuenta de la cantidad de paradas a lo largo del trayecto: todo el mundo aprovechaba para hacer la compra en pequeños pueblos. Al cabo de unas horas, el autobús estaba repleto de repollos, cebollas, zanahorias, lechugas, pescado seco… todo más baratos que en las ciudades. Sin contar todas las cosas que compraban para ir comiendo (pollo frito, refrescos, fruta…), que lograron que nos pareciera estar en una casa de comidas. Para que os hagáis una idea, una pata de pollo frito (sin mucha carne y más bien correosa) nos costó 2 dólares. Y atravesando pueblos salpicados de casas de adobe con techo de ramas, donde no ha llegado, ni llegará la electricidad en tiempo, llegamos a Benguela.

Al desierto, de golpe.

Y de repente, nos plantamos en Namibia. Como quien se quita una tirita, rápido, deprisa, para que no duela, salimos de Madagascar, nos metimos en Sudáfrica y en dos días estábamos fuera, en pleno secarral, en el corazón de Namibia. Varios miles de kilómetros en apenas 72 horas. A veces, en África resulta que se puede ir muy deprisa…

Pues sí, volvimos a Sudáfrica pero, tras haber estado más de un mes en abril y mayo, teníamos ganas de ver cosas nuevas, ganas de cambio. Sudáfrica no ofrecía nada nuevo. Necesitábamos un día de gestiones en Johannesburgo, que acabó significando pasarse el día en el centro comercial y nos permitió recordar lo que habíamos vivido (y lo que nos había disgustado) dos meses atrás: un mundo de blancos gravitando en torno a centros comerciales; un país en el que solo los negros caminan (y sin coche estás perdido, se necesita para todo); una ciudad paranoica con la seguridad, con las alambradas, con las alarmas; un país claramente segregado, los blancos por un lado, los negros por otro, con mucho cuidado de no mezclarse más allá de lo imprescindible… y las enormes burbujas residenciales de los blanquitos, tan distantes de los townships en los que los negros fueron expulsados a vivir… y donde siguen estando.

Así que con ilusión, nuevamente, nos largamos de Johannesburgo, pero en la dirección opuesta: hacia el oste, por carretera, otra paliza de 18 horas de autobús seguidas. Poco había que ver en el centro norte del país según nuestras guías. Bueno, sí, el desierto del Kalahari y el Parque Nacional Transfronterizo Kgalagadi pero la necesidad de alquilar un caro 4×4, el carísimo alojamiento dentro del mismo y las ganas de entrar en Namibia hicieron que lo hayamos dejado para una próxima visita.

Según avanzábamos pensábamos en lo diferente que era de Madagascar. Cruzamos el país en un autobús de dos pisos, tumbados en nuestras cómodas butacas; la carretera, perfectamente asfaltada, nos permitía ir a 100 kilómetros hora, nunca visto en los últimos dos meses; el billete, que nos costó lo que habíamos gastado en transportes en las dos últimas semanas; los insulsos restaurantes de comida basura de las gasolineras volvían a ser nuestra única opción para comer; tampoco nadie se dirigió a nosotros, muy aséptico todo; y, por supuesto, nada de pollos ni pasajeros amontonados unos encima de otros… eso sí, en lugar de videos musicales estridentes, nos tocó sufrir videos (película incluida) de publicidad cristiana.

Los cruces por tierra de fronteras tienen algo de terrorífico, de acojonante. Sin embargo, en mitad de la noche, el control de pasaportes fue fácil y sencillo. Los unos encantados de dejarnos salir una vez vieron que teníamos el historial policial limpio y otros encantados de que entráramos a gastar nuestros euros en su país. Y a las dos de la mañana el autobús nos soltó en una gasolinera a cinco kilómetros de Keetmanskoop, una ciudad (como deben ser casi todas en el país) en la que por la noche no funcionan ni los taxis. Nuestro ángel de la guarda (sería por eso de la adoctrinación cristiana previa) quiso que un hombre que dejaba a su mujer en el autobús del que nos bajábamos se apiadara de nosotros y nos llevara, cual ONG a cuatro ruedas, hasta la puerta de nuestro hotel.

Keetmanskoop se mostró como una ciudad de paso, sin gracia, sin nada que ofrecer. Un punto en mitad del desierto en el que todos los blancos hablan inglés con acento alemán. Una ciudad construida en pleno secarral, ordenadamente con una racional cuadrícula de calles, casas de un piso, negocios somnolientos, bancos, y mucho polvo en el ambiente. También aquí con sus townships (herencia del pasado sudáfricano, pues Namibia fue colonia sudafricana desde la Primera Guerra Mundial hasta su independencia en 1990). Y muchas gasolineras, que por allí pasa mucha gente pero poca se queda. Apenas estuvimos en ella seis horas, cuatro de las cuales nos las pasamos esperando en una gasolinera la salida de la furgoneta que nos llevaría a Luderitz, en la costa. Nuestra intención inicial, ir a visitar el supuestamente espectacular cañon del río Fish, parecía frustrada: ni hay transporte público ni se puede alquilar un coche para ir allí desde esta ciudad. Esperando a que se llenara la furgoneta para partir, empezábamos a comprobar que también aquí (como en Sudáfrica), el no tener coche es un lastre importante para ver lo que el país tiene que ofrecer.

Una carretera rectilínea, infinita (pero asfaltada) y cuatro horas circulando por un desierto pedregoso, árido, a ritmo de música tecno, nos llevaron a ese pueblo de pescadores, remoto, rodeado de dunas al norte y pedregal al sur. Y más allá, el Atlántico. Un pueblo sin escapatoria. A medida que caía el sol, nos acercábamos a la costa. La niebla nos rodeó. Y a pesar de los carteles de alerta con chacales pintados en ellos, atropellamos a dos animales esa noche. Triste balance de llegada a un país famoso, entre otras cosas, por su fauna salvaje.