África de cabo a rabo

Africa de cabo a rabo

Posts Tagged ‘excursiones’

Desierto

A África de cabo a rabo le gusta el desierto. Le gusta ver la inmensidad de sus dunas, oír el silencio, oler el viento, sentir cómo escurre la arena entre los dedos, paladear la sensación de soledad y libertad.

Allá que nos fuimos, al corazón de Mauritania para sumergirnos de lleno en el desierto del Sáhara, entre dunas de color cambiante con la luz del sol. Y descubrimos que el desierto está lleno de vida y no solo en los oasis.

Arantza se animó a venir con nosotros, a subirse en un camello y recorrer los kilómetros que separan Chinguetti del oasis de Lagueila.

Mauritania, zona roja

Y al cruzar el río Senegal entras en el Sáhara, de sopetón. Adíos al verdor, adios a los ríos, adios al África negra. Has cambiado de película y no tardas en darte cuenta. En apenas unos minutos te encuentras entre dunas a los lados de la carretera; kilómetros y kilómetros de tierra suelta, de árboles sedientos sin una sola brizna ni hierbajo a su sombra… atraviesas poblachos en los que te preguntas de qué vivirá esa gente, si allí no hay más que arena; y entramos en contacto con quienes serán los nuevos amigos de nuestros pasaportes y movimientos: la gendarmería y la policia a partes iguales, que a lo largo de nuestros días en el país se han dedicado a anotar nuestros nombres y pasaportes en decenas de controles. Es lo que tiene entrar en un país gobernado por militares: el control. “Por vuestra seguridad” seguro que apuntarían ellos. Já.

Llegar a Nouakchott fue sencillo: buena carretera de un carril, conductor con tendencias suicidas y un Renault 19 de hace veinte años, lo menos. “El motor está como nuevo” nos dijo al montarnos en el coche. Damos fe. La capital era tal cual nos esperábamos: otro espanto, solo que comparada con otros adefesios urbanísticos africanos esta no tenía ni un solo árbol ni nada que ofreciera algo de sombra. Una ciudad de un millón de personas, de casas de un piso o dos, sin rematar (por si un día contruyen otro piso más). Ningún interés, salvo por sus cajeros automáticos y su fantástico mercado de pescado, que todas las tardes se desarrolla en la playa. Pero no es nada trivial: es uno de los mercados más importantes de África Occidental, con una lonja espectacular, que moviliza a miles de personas entre pescadores, vendedoras, negociantes y turistas. Compramos jureles (a 1 euro el kilo) y nos los hicimos a la plancha en el hotel, junto con un tunecino y un libio que viven allí. ¿Su trabajo? Comprar el pescado fresco por kilos o toneladas y organizar el envío a sus países, enavión o congelado. Se pasaron los dos días que les vimos por el hostal pegados a la radio. Pero no eran los únicos: los telediarios no hablan de otra cosa. El Mahgreb y Oriente Próximo están ardiendo y desde aquí se mira con atención lo que pasa.

Ocho horas de coche y siete controles en 400 kilómetros nos llevaron al corazón del país, a la región de Adrar. Pasamos por paisajes de dunas rojizas, por extensiones totalmente yermas y monótonas, por valles y montañas rocosas hasta llegar a Atar y de allí, en otro taxi tras una espera de dos horas, a Chinguetti. Una ciudad con un aura mítica: fue una de las paradas más importantes de las rutas caravaneras que transportaban por el desierto sal, oro… antaño, claro. Hoy es una somnolienta ciudad oasis, rodeada a cierta distancia por imponentes dunas, que poco a poco están engullendo las casas y calles del barrio antiguo. Los hoteles, vacíos, están en la nueva ciudad. Ya no viene ese vuelo directo desde París. Esta zona es “no recomendada” por el gobierno francés, por su aparente riesgo. Según los guías y hoteleros lo único que temen los franceses es que vengan otros países a intentar explotar los yacimientos petrolíferos que explotan los gabachos en esa zona, de ahí su recomendación. ¿A quién creer?

Tras otro de esos desencuentros con el organizador de nuestra excursión en camello (“¿cómo?¿que queríais un camello cada uno? Teníais que haberlo dicho. ¿Cómo iba yo a saberlo? Igual queríais caminar cada uno un rato por las dunas y turnaros con el camello…” nos dijo el jeta) partimos con un día de retraso, cada uno con un animal eso sí, a recorrer los 12 kilómetros entre dunas hasta el impresionantemente solitario oasis de Lagueira, apenas unas palmeras entre extensiones de dunas, con varios pozos, unas cuantas casas, una veintena de niños y… un colegio. “Un oasis, una escuela” es el lema de la ONG que lo ha financiado. Mientras deambulamos cotilleando por el palmeral, el camellero preparó el plato tradicional de la gente del desierto: un pan denso cocido directamente sobre ascuas y luego empapado en un caldo de zanahorias y cebolla. Contundente es la palabra que me viene a la cabeza al recordarlo. Regresamos al empezar a caer la tarde por la misma ruta que vinimos. Daba igual, no te daba la sensación de estar repitiendo… disfrutamos de otras tres horas entre dunas, con su de silencio, inmensidad, belleza. Qué poca cosa se siente uno allí, en mitad de tanta arena.

La belleza y el estado de embriagadez en que nos dejó de la excursión casi nos hizo olvidar lo bandido que era el dueño de nuestro “hotel”. Al llegar a Atar, dos días antes, lo conocimos en la estación de taxis. ¿A qué hotel vais? ¡Qué casualidad, es el mío! exclamó con naturalidad al decirle el nombre, uno que nos había gustado de la guía. Nos enteramos dos días más tarde que ese hombre, Monsieur Merhaba, había sido el antiguo propietario del hotel en cuestión pero que se lo vendió a un francés que, ahora, lo ha cerrado. Así que el tipo se ha apropiado del nombre de su antiguo hotel y engaña a turistas como nosotros enviándonos a su nuevo hotel, justo detrás del antiguo: así, además, no levanta sospechas pues el cartel junto a la puerta del antiguo parece indicar, en realidad, en dirección al nuevo… (aunque todo hay que decirlo, como las habitaciones estaban estupendamente no nos cambiamos al enterarnos del timo, uno ya no tiene tanta fuerza ni convicción…) En fin, que nos las prometíamos felices en el supuestamente hospitalario, honesto y diferente Mauritania pero no tardamos en descubrir que aqui también lo que importa es sacarle la pasta al blanco de turno, aunque para eso haya que engañarle. Eso es lo de menos.

Seguía el viaje. Como no queríamos retroceder hasta la capital para subir por la costa, nos embarcamos en una de esas inolvidables jornadas épicas, combinando coche y tren. Pero no cualquiera, sino el tren de carga más largo del mundo. Tiene centenares de vagones que transportan piedra para convertir en acero, que suman una distancia de más de dos kilómetros de largo, dicen… ¿Lo bonito? Nuevamente el trayecto en 4×4 hasta el pueblo de Choum, pasando por varios tipos de desierto: montañoso, dunas, piedra… ¿Lo duro? La espera, pues el tren llegó con 7 horas de retraso a la parada, una caseta de adobe a un kilómetro del pueblacho. A esas alturas, las 12 de la noche, ya estábamos durmiendo sobre el suelo, cubiertos con el saco y añoré la comodidad de ese lugar cuando tocó montar en el único vagón de pasajeros del tren. ¿Lo demoledor? El trayecto en sí, intentando dormir algo sobre asientos que eran meros tablones y respaldos cuyo acolchado había sido arrancado con violencia, o eso parecía. En realidad, todo el compartimento estaba como vandalizado.

El día no tardó en llegar y los tés, las conversaciones y el chismorreo tampoco. En cada compartimento había una bombona de butano con un fogón, para que cada cual pudiera hacerse el té o la comida, y hacer así más llevaderas las 12 horas de trayecto hasta llegar a Nouadhibou. Entre otros, conocimos a Khalifa, un saharaui cuya familia está en el campo de refugiados argelino de Smara. Nos ofrecieron té, zumo de naranja mezclado con leche (¡!) y con su acento andaluz (ahora lleva cuatro años en España) nos contaba lo agradecidos que están al pueblo español por todo lo que hace por ellos allí, lejos de su tierra. Tenía un discurso complicado: el sentimiento (“algún día volveremos a nuestra casa, a la tierra de nuestros padres y abuelos”) luchaba con una realidad que él mismo admitía (“el Sáhara se lo dio España a Marruecos a cambio de Ceuta y Melilla” o “Marruecos no renunciará a nuestra tierra: tiene fosfatos, pesca… ¡es muy rica!”).

Con el tren pasamos rozando la frontera de lo que un día fue el Sáhara Occidental y hoy es Marruecos. Una zona altamente minada desde los años 70 y llegamos a mediodía, molidos, doloridos, tras más de 24 horas desde nuestro inicio del viaje en Chinguetti. Pas mal, como dirían por aquí.

Con los pies en la arena

¿Esto es Cap Skirring? Pero si parece Lloret de Mar… Según llegamos al pueblo, la primera vista es su calle más comercial y desde la ventanilla del sept-places (el decrépito 505 que nos trae) vemos desfilar ambos lados restaurantes, bares, hoteles, tiendas de recuerdos, puestos de sandalias… Bueno, no exageremos, que en Lloret hay edifcios de más de dos plantas y aquí no…

Poco tiempo tarda uno en darse cuenta de que este pueblacho, uno de los lugares más turísticos del país, no tiene nada que ver con el desarrollo turístico que hemos sufrido en el Mediterráneo. El pueblo está a 500 metros de la costa, con lo que la playa está libre de edificios. Por alguna sensacional razón, los hotelitos (pequeños establecimientos de bungalows y sólo alguno grande, formato “resort del Caribe, todo incluido”) han sido obligados a mantenerse a una prudente distaancia de la playa y, entre las palmeras y otros árboles, cuesta encontrarlos desde el agua. Nada que ver con los rascacielos que decoran nuestras playas españolas.

Pero no todo en el pueblo es turismo, también conserva la manera más tradicional de ganarse la vida: la pesca. Cada mañana, si el mar no está muy revuelto, los pescadores lanzan sus coloridas piraguas al agua para regresar con sus capturas a medio día, cuando el calor más aprieta. Es necesaria una docena de hombres para sacar las embarcaciones del agua, haciéndolas rodar sobre troncos para asentarlas en la arena, lejos de las olas. Y una vez recogida la pesca de las redes, son las mujeres las que seleccionan y limpian el pescado. Las entrañas de los peces acaban en la arena, donde las gaviotas y los buitres (sí, sí, buitres) dan buena cuenta de ellas.

Nosotros utilizamos las piraguas (a motor) para explorar la zona. Pero no el mar, sino el río Casamance (en esta zona una ría, salada y con mareas), sus ramales y los “no puedes irte sin ver” sus “famosos” manglares. Cuando baja la marea se pueden ver las raíces de las plantas llenas de ostras y, si hubiéramos llegado unas semanas antes, miles de pájaros que emigran desde Europa. Nuestro guía tuvo que contarnos otras cosas, como la historia de la isla de Carabane (uno de los antiguos puntos de agrupamiento de esclavos antes de enviarlos a América) o los secaderos de pescado de Elinkine, en los que secan y ahuman pescado (raya, cazón, pez gato…) para exportar a países de la zona sin costa cercana o en los que la pesca no está tan desarrollada. “Aquí eso no nos gusta” nos dijo el guía “aquí nos lo comemos fresco”. Solo faltaría, pensamos para nuestros adentros.

Y nosotros no íbamos a ser menos que los locales y casi cada día comimos pescado bien fresco, recién sacado del agua. Eso sí, la oferta gastronómica no era muy variada: pescado a la brasa o pescado con arroz. Y para no aburrirse, a veces preparan el arroz frito en vez de hervido. Tuvimos también ocasión de probar las gambas locales y de constatar el daño que los cubitos Maggi han hecho a la cocina…

Juan y Cristina quisieron venir a ver las piraguas de Cap Skirring, decoradas con diseños de colores y lo que parecían nombres o lemas (solo aprendimos unas pocas palabras en diola, la lengua local). Y con ellos nos comimos unos pescaditos a la brasa en una de las cabañas de la playa, con los pies en la arena, disfrutando de la brisa del mar.

A lo “más remoto” de Senegal… llegó el turismo… y los turistas

El “incidente” del autobús (si es que podemos llamar incidente a tardar 22 horas en recorrer los 193 kilómetros hasta nuestro destino) no nos quitó la ilusión de llegar al País Bassari (una de las zonas más remotas del país y supuestamente una de las menos cambiadas por el turismo de masas) pero sí que nos dejó con la necesidad de recargar las pilas durante un par de días.

El lugar elegido fue el campamento de Badian que resultó ser una iniciativa solidaria de una ONG española. Es el ecoturismo en su máxima expresión: te cobran por lo mismo el doble que en el campamento de al lado que no es “eco”. Pero seamos positivos: con el dinero que se recauda en exceso, según entendimos, llevan a cabo proyectos en los pueblos de la zona. Se hacen pozos, se nutre con medicamentos la casa de salud, se contrata un médico (que el Estado no pone), etc. Además, se da alojamiento a los empleados en casas construidas a tal efecto, suponemos que pagan salarios por encima de mercado y contratan en mejores condiciones… y bueno, pues eso. Todos eco-contentos.

El coñazo es que si eres un eco-turista-sostenible-solidario no debes/puedes hacer nada sin contratar un servicio, ni dejar de comprar una figurita a los varios artistas que allí venden su mercancía. Llega un momento en que casi te hacen sentir culpable por irte a ver tú solo los hipopótamos al río Gambia, a cuya ribera se levanta el campamento, sin un guía que te acompañe los 500 metros hasta el observatorio. O por lavarte tú la ropa, pudiendo dársela a una mujer para que sea ella la que lo haga. O por no querer pagar 3.000 francos (4,5 euros) por un café, pan, mantequilla y mermelada cuando en el pueblo te tomas el café y el pan por 150 (25 céntimos de euro). Eso sí, sin mantequilla (pero por 50 francos más te lo rellenan de carne guisada).

Durante nuestra estancia tuvimos la suerte (o desgracia) de coincidir con un grupo de eco-turistas españoles que iban a estar alojados allí durante 4 días. Fue un gusto conocer y charlar con algunos de ellos pero de repente nuestro oasis de tranquilidad, de puestas de sol junto al río, de pájaros y brisa meciendo las hojas de los árboles, de noches en las que solo se oyen los grillos, se transformó en un patio español: la radio con música del Canto del Loco o Seguridad Social, conversaciones sobre el partido del Madrid del fin de semana anterior, bromas de Chiquito (¡aún siguen vivas!) y ese acento que tanto se oye por el barrio de Salamanca pero tan poco por esta zona del mundo… todo a gritos, por supuesto. Fue… como un salto en el espacio y tiempo, muy impactante e inesperado.

No seamos tan negativos. La suerte fue poder conocer un poco mejor los problemas bucodentales de la población: resulta que venían de turistas-cooperantes y realizaron una revisión a todos los niños y adultos que quisieron del pueblo. Sacaron muelas. Regalaron coches a los niños buenos, como hacía mi dentista en Madrid… Nos confirmaron que el cepillo de dientes tradicional (un palo cuyo extremo desfibran y con el que frotan sus dientes) funciona (no tanto por el cepillo sino por los ácidos y ph y esas cosas que debido a la salivación se generan y que combaten la caries) y que los negros tienen una mandíbula más amplia y unos dientes más profundos, por lo que desguazar la caña de azúcar o abrir botellas con los dientes no les produce tanto daño como a nosotros, los blancos. Bueno es saberlo. Pero tuvimos más suerte aún: en su honor organizaron una fiesta nocturna, junto a una gran fogata, en la que las mujeres (y sólo ellas, manda la tradición) bailaban al son de la percusión. Los hombres desde la barrera estaban más preocupados por intentar que los dentistas les invitaran a unos chupitos de ron o ginebra que de estar a la fiesta. Nada nuevo.

Llegar a Bandafassi, nuestro siguiente destino, nos llevó casi otro día entero. Nos íbamos de la zona mandinga para entrar en la bedik. Nueva etnia, nueva lengua. Lo que habíamos aprendido en dos días, ya no nos serviría… Casi tres horas de espera a que el taxi se llenara con clientes. Una hora de recorrido hasta una ciudad intermedia. Otra hora de espera para ver si encontrábamos un camión o coche que nos llevara al pueblo (el autobús diario salía por la mañana, lo habíamos perdido) y otra para encontrar, negociar y partir con un taxi al dichoso pueblo, tras no encontrar nadie que fuera en la misma dirección.

Llegamos al anochecer al campamento, situado en un pueblo de apenas 20 o 30 casas. Una sola tiendecita para abastecer. En esas condiciones casi fue una suerte que nos prepararan la especialidad local de emergencia: espaguetis con sardinas en aceite. Cómo estaríamos que nos supieron hasta ricos. Y durmimos como troncos en nuestra chocita particular. En toda la región los campamentos (lo que nosotros llamaríamos hostales) reproducen las casas de la región: construcciones redondas, de 4 o 5 metros de diámetro, construidas en adobe, con techo de paja. Algunas como la nuestra con un baño anexo y una cama en un lateral, con mosquitera y todo.

Conscientes de la necesidad de dejar un poco más de dinero en la región, esta vez sí, contratamos un guía que nos llevó de caminata a dos pueblos bedik, una etnia que llegó a esta zona desde Malí en el siglo xiii escapando de nosequé rey que les quería islamizar. Ellos, animistas, decidieron esconderse en las montañas, en pueblos que desde el valle no se veían y, a la vez, fácilmente defendibles en caso de ataque. Y allí se han quedado hasta hoy. Cuando llegaron los misioneros no salieron huyendo y hoy son una mezcla de cristianos y animistas. Vaya, que van a misa el domingo y de vez en cuando sacrifican una gallina por algún espíritu o asunto pendiente…

La verdad es que los pueblos como tal no eran impresionantes, pero su localización sí. En lo alto de los riscos era sorprendente conocer lo duro de su existencia allí durante siglos. Los pozos que tienen apenas duran unos meses con agua. Los campos de cultivo apenas son productivos pues crecen sobre roca. Se trabaja para sobrevivir, poco más. Modernidades como colegios u hospitales quedan a varios, en ocasiones, decenas de kilómetros… Pero de repente, entró un día el turismo en la ecuación, como oportunidad, como posibilidad de un futuro mejor. El turismo como herramienta para generar nuevos ingresos, para mejorar la calidad de vida, algo en lo que siempre he creído, que siempre he apoyado y que hemos disfrutado a lo largo de este viaje, aquí me pareció asfixiante.

En ambos pueblos nos sentimos como huchas andantes. Para pasar por el pueblo hay que pagar un euro y medio por persona. En el primero nos sentimos robados: ni nos enseñaron la adea ni nos contaron nada del pueblo, de sus habitantes o de su historia. Igual porque nadie les ha explicado que tal vez sería bueno dar algo a cambio, aunque sea algo que para ellos no tiene valor: darnos a conocer su cultura, cómo viven, en qué creen… Por suerte en el segundo, mucho mejor organizado -y turistizado, porque tiene carretera hasta el pie de la montaña-, nos dieron una vuelta enseñandonos todo el pueblo y nos contaron (porque preguntamos) qué hacen con el dinero: reparar los techos y las casas de la población en caso de desastre natural, comprar medicinas para la casa de salud, reparar el pozo o el molino de harina en caso de necesidad… de eso se trata. Mejorar las difíciles condiciones de vida con nuestra pequeña ayuda, con nuestra visita. Pero también dando algo a cambio: el conocimiento de esa realidad.

De todas maneras, en ambos pueblos la gente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a vendernos pulseras, pendientes, figuras de arcilla, cestas de paja, cualquier cosa… Por supuesto, cualquier insinuación de sacar una foto a alguna de las mujeres con su tocado tradicional era respondida con un “cadeau” (regalo) . Y claro, los niños, con Chupa-chups en la boca (los que les dieron los del grupo anterior a nosotros) a pedir más… ¿quién les cura luego las caries? ¿los voluntariosos y generosos españolitos? Al igual que en otros pueblos de Camerún, Madagascar o Benín nos habíamos sentido visitantes a los que recibir, a los que enseñar, en estos de Senegal nos sentimos visitantes a los que sablear. Lo importante era conseguir todo lo que pudieran de nosotros. Dimos gracias de que el recorrido solo visitáramos dos poblados. En esas condiciones, se le quitan a uno las ganas de intentar conocer cómo se vive en esos lugares ni conocer a sus gentes.

Dijimos adios al país Bassari anticipadamente. Ni visitamos los poblados peul, los bassari, ni las cascadas ni… Pensamos que iba a ser lo mismo en cada uno de ellos… A estas alturas del viaje, por desgracia, ya no tenemos energías ni humor para este tipo de shows.

De puntillas por Burkina Faso

Aunque Itziar aún tenía algunas agujetas después de tanto baile, las ganas (de ambos) de seguir el viaje pudieron con nosotros. Así que compramos dos billetes y nos embarcamos camino a Banfora. En fila, eso sí, que aquí lo de los apretujones para subir a los autobuses no se lleva.

En el autobús, para nuestra sorpresa, todos los carteles estaban en español, incluidas las instrucciones en caso de emergencia, los de aire acondicionado e incluso, junto a la matrícula, la plaquita de SP, “Servicio Público”. Nos lo habían contado: en esta parte de África es muy habitual que los autobuses, al igual que los coches, sean los que usábamos en Europa hace 10 años. Este era de hace 15 lo menos y hemos visto otras reliquias históricas mucho mayores… cuanto mejor es la empresa, menos antiguos son sus vehículos. Bueno, algunos de ellos.

En las siete horas hasta Banfora disfrutamos del Sahel en estado puro: lagunas aisladas, en torno a las cuales pequeños pueblecillos crecen. Sin eletricidad, de casas de adobe redondas y cuadradas en las que no había ni rastro de chapa en los techos, solo paja seca. Rebaños de vacas guiadas por los peul, la etnia nómada tan abundante en esta región. Baobabs enormes, palmeras y muchos árboles pequeños, abundantes, pero no lo suficiente como para formar bosques. Y una carretera de un carril de ida y vuelta, en la que los únicos vehículos aparte de las bicicletas y los carromatos tirados por asnos, eran los de transporte público con los techos cargados a rebosar o impulutos 4×4 de ONG europeas…

Llegamos a Banfora a tiempo para comer en el MacDonald (sin la “s” final, ojo) un buen trozo de carne con judias verdes y ensalada mixta (con sus espaguetis y patata cocida ?!?!). El Sahel y nuestra casa tienen muchos ingredientes en común, para mi sorpresa. Como las sandías, que nos refrescan la boca seca y polvorienta al final de cada tarde.

Esperaba que la ciudad fuera algo bonita, pero tampoco. No hay ciudades bonitas en África, por lo menos, en nuestra África. Aun así, es una de las poblaciones más turísticas del país, por las atracciones en sus alrededores. No tardamos en comprobarlo: la presencia de no-puedes-ir-sin-mí-que-soy-guía, alquilistas de motos y músicos enseñantes de percusión es mayor que en ninguna otra ciudad de la zona. Y no te dejarán en paz, con mucha educación, eso sí.

Decidimos montárnoslo por nuestra cuenta: nos alquilamos una moto y un par de cascos y nos fuimos a explorar la región. Solos, a nuestro ritmo. Lo primero el lago, famoso por sus hipopótamos. Como a nuestro barquero, el barquero saliente le dijo que no había visto los animales decidió que a mitad de camino daba media vuelta, porque para qué remar si no estaban los bichos. Todo eso sin decirnos nada, por supuesto. “Tío, que no venimos a ver solo los hipopótamos, queremos ver también el lago” le dijimos cuando vimos lo que hacía y, sin entender nada, nos llevó al medio del mismo, para que disfrutáramos de él y de la solanera que caía a las 12 del mediodía, creemos. Allí nos dejó unos buenos minutos hasta que le dijimos que nos sacara de allí. No tenía sentido. Hablamos el mismo idioma, pero no nos entendemos. A veces es desesperante.

Aparte de comer polvo en la moto, disfrutamos del campo, con sus enormes mangos, casi en el punto de maduración, de los pequeños pueblos, del silencio, del Sahel. En los dos días visitamos también los picos de Sindou, una formación rocosa maravillosa: decenas de picos puntiagudos, agrupados en una cadena de varios kilómetros, saliendo en mitad de cultivos de arroz y maíz. Podríamos habernos perdido días por allí, pero unas horas nos bastaron para pensar que aquel lugar era uno de los más especiales del país. 1.000 francos de entrada y otros 1.000 por cada cámara. “Van para el fondo del desarrollo del pueblo” nos explican sabiendo que es un poco abusivo, es como cobrar dos veces… Y por supuesto, también visitamos la cascada (como todo buen pueblo africano que se precie, tiene una) en la que al ver que no llevábamos uno, nos ofrecieron un guía, con cierta insistencia. Cuando vieron que no nos interesaba contratar un guía para que nos explicara la altura de la cascada o desde dónde sacar la mejor foto, nos dijeron “el camino para subir está mojado y os podéis patinar o perder”.

Conociéndo algo la psique africana no nos equivocamos: el camino estaba bien señalizado y no tenía ni gota de agua en la que patinarse. En momentos así los remordimientos por no llevar un guía se te quitan. Los argumentos que muchas veces nos dan no sirven o son falsos, se recurre a la mentira para convencernos de la necesidad, cuando como en este caso no existe. De repente el turismo llega a una ciudad y todos los jovencitos quieren ser guías. Se cuelgan el carnet aunque algunos no tengan ni idea. Y pasa a ser fundamental ir con un guía para que te cuente la altura de la cascada, la profundidad del lago o cualquier detalle para nosotros sin demasiada importancia… No cogimos ningún guía con cierta pena: es una buena manera de ganar un dinero honestamente con el turismo, de aprender algunas cosas que no sabrías… pero a la vez, pensamos que otras ocasiones serán más importantes: en visitas a pueblos, etnias, lugares con historia o arquitectura… aun a riesgo de parecer unos insensibles y anti-turistas lo hicimos: pasamos de guías. Y nos arriesgamos a perdernos, nos obligamos a buscar, preguntar, descubrir por nosotros mismos… Al final, resulta que no vimos el baobab sagrado, ni otro par de lugares en la lista de todos los guías… pero no nos importó demasiado.

Bobo-Dioulasso fue nuestra última parada antes de Malí, por apenas unas horas. La segunda ciudad del país es como un gran pueblo: tranquilo, sombrío, polvoriento. Paseamos por el bazar; por su impresionante mezquita, encalada, con palos clavados en el adobe (soporte para las reparaciones que tienen que hacer regularmente al adobe); por sus calles oliendo a partes iguales a cloaca, jazmín o a carne de cordero asando en las parrillas… Compramos crema de karité, música de artistas que no conocemos y una máscara de madera impresionante. Degustamos el fast food local: hamburguesa de chopped, con mucha mayonesa, un manjar como podéis imaginar, los fantásticamente dulces yogures locales y nos quedamos con ganas de probar lo que ellos mismos llamaban “horchata”. Sí, como suena, zumo de chufa…

No había tiempo para más: había que descansar. A las 5 de la mañana del día siguiente partíamos rumbo a Bamako, Malí.