África de cabo a rabo

Africa de cabo a rabo

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Donde viven los diola

En Oussouye y Mlomp , dos pueblos de Casamance, la región más al sur de Senegal, pudimos ver en detalle dos tipos de construcciones en adobe muy peculiares: las casas a impluvium y las casas à étages (casas de dos pisos). No en vano los diola, la tribu predominante en la zona, están considerados de los mejores arquitectos de África.

Las casas a impluvium son circulares, con ventanas diminutas y una sólida puerta, como si fueran una fortaleza. El interior se caracterizan por tener un patio central con un depósito al que el tejado, en forma de embudo, vierte el agua de lluvia. Alrededor del patio hay habitaciones casi sin ventanas, lo que permite que mantengan una temperatura constante. La luz de la casa, patio y habitaciones incluidas, proviene fundamentalmente del espacio abierto en el centro del tejado.

Esta estructura permitía a los diola defenderse de los ataques de otras tribus y de los colonos blancos. La familia y el ganado se encerraba en su interior, donde tenían víveres, cerraban las puertas herméticamente y se abastecían de agua a través del tejado. Un sistema sencillo y al parecer, eficaz.

Las casas à étages son de casas de adobe de dos pisos. Las que vimos en Oussouye y Mlomp son únicas en África. Tienen columnas en el exterior que delimitan un porche que recorre todo el frontal de la casa, en ambos pisos. En el interior se distribuyen la cocina, el almacén para el grano y alguna habitación en el piso de abajo. Una amplia escalera da acceso al piso superior, en el que se encuentran los dormitorios.

Olga e Isa vinieron a visitarnos a Oussouye y dormimos en un albergue ubicado en una casa à étages, la que aparece en la foto. Y, cómo no, celebramos su visita comiendo un caldou, un plato de arroz con pescado y hojas de hibisco, que es lo típico de la zona. ¡Gracias por venir! Esperamos que disfrutaseis de Casamance.

A lo “más remoto” de Senegal… llegó el turismo… y los turistas

El “incidente” del autobús (si es que podemos llamar incidente a tardar 22 horas en recorrer los 193 kilómetros hasta nuestro destino) no nos quitó la ilusión de llegar al País Bassari (una de las zonas más remotas del país y supuestamente una de las menos cambiadas por el turismo de masas) pero sí que nos dejó con la necesidad de recargar las pilas durante un par de días.

El lugar elegido fue el campamento de Badian que resultó ser una iniciativa solidaria de una ONG española. Es el ecoturismo en su máxima expresión: te cobran por lo mismo el doble que en el campamento de al lado que no es “eco”. Pero seamos positivos: con el dinero que se recauda en exceso, según entendimos, llevan a cabo proyectos en los pueblos de la zona. Se hacen pozos, se nutre con medicamentos la casa de salud, se contrata un médico (que el Estado no pone), etc. Además, se da alojamiento a los empleados en casas construidas a tal efecto, suponemos que pagan salarios por encima de mercado y contratan en mejores condiciones… y bueno, pues eso. Todos eco-contentos.

El coñazo es que si eres un eco-turista-sostenible-solidario no debes/puedes hacer nada sin contratar un servicio, ni dejar de comprar una figurita a los varios artistas que allí venden su mercancía. Llega un momento en que casi te hacen sentir culpable por irte a ver tú solo los hipopótamos al río Gambia, a cuya ribera se levanta el campamento, sin un guía que te acompañe los 500 metros hasta el observatorio. O por lavarte tú la ropa, pudiendo dársela a una mujer para que sea ella la que lo haga. O por no querer pagar 3.000 francos (4,5 euros) por un café, pan, mantequilla y mermelada cuando en el pueblo te tomas el café y el pan por 150 (25 céntimos de euro). Eso sí, sin mantequilla (pero por 50 francos más te lo rellenan de carne guisada).

Durante nuestra estancia tuvimos la suerte (o desgracia) de coincidir con un grupo de eco-turistas españoles que iban a estar alojados allí durante 4 días. Fue un gusto conocer y charlar con algunos de ellos pero de repente nuestro oasis de tranquilidad, de puestas de sol junto al río, de pájaros y brisa meciendo las hojas de los árboles, de noches en las que solo se oyen los grillos, se transformó en un patio español: la radio con música del Canto del Loco o Seguridad Social, conversaciones sobre el partido del Madrid del fin de semana anterior, bromas de Chiquito (¡aún siguen vivas!) y ese acento que tanto se oye por el barrio de Salamanca pero tan poco por esta zona del mundo… todo a gritos, por supuesto. Fue… como un salto en el espacio y tiempo, muy impactante e inesperado.

No seamos tan negativos. La suerte fue poder conocer un poco mejor los problemas bucodentales de la población: resulta que venían de turistas-cooperantes y realizaron una revisión a todos los niños y adultos que quisieron del pueblo. Sacaron muelas. Regalaron coches a los niños buenos, como hacía mi dentista en Madrid… Nos confirmaron que el cepillo de dientes tradicional (un palo cuyo extremo desfibran y con el que frotan sus dientes) funciona (no tanto por el cepillo sino por los ácidos y ph y esas cosas que debido a la salivación se generan y que combaten la caries) y que los negros tienen una mandíbula más amplia y unos dientes más profundos, por lo que desguazar la caña de azúcar o abrir botellas con los dientes no les produce tanto daño como a nosotros, los blancos. Bueno es saberlo. Pero tuvimos más suerte aún: en su honor organizaron una fiesta nocturna, junto a una gran fogata, en la que las mujeres (y sólo ellas, manda la tradición) bailaban al son de la percusión. Los hombres desde la barrera estaban más preocupados por intentar que los dentistas les invitaran a unos chupitos de ron o ginebra que de estar a la fiesta. Nada nuevo.

Llegar a Bandafassi, nuestro siguiente destino, nos llevó casi otro día entero. Nos íbamos de la zona mandinga para entrar en la bedik. Nueva etnia, nueva lengua. Lo que habíamos aprendido en dos días, ya no nos serviría… Casi tres horas de espera a que el taxi se llenara con clientes. Una hora de recorrido hasta una ciudad intermedia. Otra hora de espera para ver si encontrábamos un camión o coche que nos llevara al pueblo (el autobús diario salía por la mañana, lo habíamos perdido) y otra para encontrar, negociar y partir con un taxi al dichoso pueblo, tras no encontrar nadie que fuera en la misma dirección.

Llegamos al anochecer al campamento, situado en un pueblo de apenas 20 o 30 casas. Una sola tiendecita para abastecer. En esas condiciones casi fue una suerte que nos prepararan la especialidad local de emergencia: espaguetis con sardinas en aceite. Cómo estaríamos que nos supieron hasta ricos. Y durmimos como troncos en nuestra chocita particular. En toda la región los campamentos (lo que nosotros llamaríamos hostales) reproducen las casas de la región: construcciones redondas, de 4 o 5 metros de diámetro, construidas en adobe, con techo de paja. Algunas como la nuestra con un baño anexo y una cama en un lateral, con mosquitera y todo.

Conscientes de la necesidad de dejar un poco más de dinero en la región, esta vez sí, contratamos un guía que nos llevó de caminata a dos pueblos bedik, una etnia que llegó a esta zona desde Malí en el siglo xiii escapando de nosequé rey que les quería islamizar. Ellos, animistas, decidieron esconderse en las montañas, en pueblos que desde el valle no se veían y, a la vez, fácilmente defendibles en caso de ataque. Y allí se han quedado hasta hoy. Cuando llegaron los misioneros no salieron huyendo y hoy son una mezcla de cristianos y animistas. Vaya, que van a misa el domingo y de vez en cuando sacrifican una gallina por algún espíritu o asunto pendiente…

La verdad es que los pueblos como tal no eran impresionantes, pero su localización sí. En lo alto de los riscos era sorprendente conocer lo duro de su existencia allí durante siglos. Los pozos que tienen apenas duran unos meses con agua. Los campos de cultivo apenas son productivos pues crecen sobre roca. Se trabaja para sobrevivir, poco más. Modernidades como colegios u hospitales quedan a varios, en ocasiones, decenas de kilómetros… Pero de repente, entró un día el turismo en la ecuación, como oportunidad, como posibilidad de un futuro mejor. El turismo como herramienta para generar nuevos ingresos, para mejorar la calidad de vida, algo en lo que siempre he creído, que siempre he apoyado y que hemos disfrutado a lo largo de este viaje, aquí me pareció asfixiante.

En ambos pueblos nos sentimos como huchas andantes. Para pasar por el pueblo hay que pagar un euro y medio por persona. En el primero nos sentimos robados: ni nos enseñaron la adea ni nos contaron nada del pueblo, de sus habitantes o de su historia. Igual porque nadie les ha explicado que tal vez sería bueno dar algo a cambio, aunque sea algo que para ellos no tiene valor: darnos a conocer su cultura, cómo viven, en qué creen… Por suerte en el segundo, mucho mejor organizado -y turistizado, porque tiene carretera hasta el pie de la montaña-, nos dieron una vuelta enseñandonos todo el pueblo y nos contaron (porque preguntamos) qué hacen con el dinero: reparar los techos y las casas de la población en caso de desastre natural, comprar medicinas para la casa de salud, reparar el pozo o el molino de harina en caso de necesidad… de eso se trata. Mejorar las difíciles condiciones de vida con nuestra pequeña ayuda, con nuestra visita. Pero también dando algo a cambio: el conocimiento de esa realidad.

De todas maneras, en ambos pueblos la gente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a vendernos pulseras, pendientes, figuras de arcilla, cestas de paja, cualquier cosa… Por supuesto, cualquier insinuación de sacar una foto a alguna de las mujeres con su tocado tradicional era respondida con un “cadeau” (regalo) . Y claro, los niños, con Chupa-chups en la boca (los que les dieron los del grupo anterior a nosotros) a pedir más… ¿quién les cura luego las caries? ¿los voluntariosos y generosos españolitos? Al igual que en otros pueblos de Camerún, Madagascar o Benín nos habíamos sentido visitantes a los que recibir, a los que enseñar, en estos de Senegal nos sentimos visitantes a los que sablear. Lo importante era conseguir todo lo que pudieran de nosotros. Dimos gracias de que el recorrido solo visitáramos dos poblados. En esas condiciones, se le quitan a uno las ganas de intentar conocer cómo se vive en esos lugares ni conocer a sus gentes.

Dijimos adios al país Bassari anticipadamente. Ni visitamos los poblados peul, los bassari, ni las cascadas ni… Pensamos que iba a ser lo mismo en cada uno de ellos… A estas alturas del viaje, por desgracia, ya no tenemos energías ni humor para este tipo de shows.

Vamos al teatro

Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Hemos tenido la oportunidad de admirar el trabajo de Queen Elisabeth como directora: las actrices, los tiempos, las entradas en escena… todo perfectamente orquestado por la “Reina”, una himba que tiene como mayores virtudes una gran visión comercial del espectáculo, mucho desparpajo y el mejor español que hasta ahora hemos encontrado en Namibia.

Para quienes no lo sepan, los himba son una tribu originaria de África central que hoy en día habita el norte de Namibia y una minoría, la que no fue desplazada por la guerra, el sur de Angola. Es una tribu de las más espectaculares de África por sus peculiares atuendos, tocados y sobre todo porque no son negros, sino rojos: se cubren el cuerpo y el pelo con una mezcla de grasa de vaca y pigmento rojo, extraido a partir de piedra. Las mujeres, como es habitual, mantienen más las tradiciones y son las más llamativas: lo único con lo que cubren su cuerpo es con una falda de piel de cordero y abundantes collares que tapan el cuello y buena parte del pecho, pulseras de cuerno de vaca y tobilleras metálicas. En la cabeza, un tocado de piel de cordero sobre rastas recubiertas del emplaste rojo que solo deja libres las puntas del pelo. Muchos hombres van con camisetas de fútbol, aunque algunos mantienen el uso de las faldas tradicionales: una pieza de tela larga en la parte posterior y una más corta, que suele ser azul con un gran volante en la delantera, unidas por un cinturón. Y para que no se diga que no son unos machos, todos llevan una vara y un machete.

Nuestro principal motivo para venir a Opuwo eran ellos, los himba. Pero lo que nos ha sorprendido no ha sido tanto verlos, sino descubrir cómo en esta ciudad tan pequeña conviven gentes tan diferentes y tan llamativas, sobre todo las mujeres. Porque están las himba, con sus pieles rojas; las herero, con sus voluminosos y coloridos trajes de corte victoriano y sus sombreros que recuerdan a los tricornios de la Benemérita; las demba, que van prácticamente desnudas, solo cubiertas por una faldita y algunos collares de abalorios; y el resto, una multitud de etnias de vestimenta uniformemente occidentalizada, entre ellas los turistas deseosos de acudir al teatro.

Esta tarde hemos estado en el teatro, en un espactáculo himba. Había varias funciones, nosotros elegimos la de Queen Elisabeth: cuando se aproximó a nosotros a la puerta del supermercado nos dio confianza, sobre todo el hecho de que el espectáculo era en su aldea y quién mejor que ella para mostrárnoslo. Fuimos a la aldea por caminos polvorientos, en una furgoneta que consiguió que en apenas unos minutos tuviéramos las manos y pantalones llenos de la grasa rojiza. Llegando al poblado, las actrices supieron que tocaba entrar en escena. Llegaban los blanquitos, la función iba a empezar: primero nos enseñaron las construcciones típicas en las que dormían, de paja, palos y adobe (en realidad, caca de vaca con paja); luego, los niños posaron en fila, mientras la Reina nos enseñaba los diferentes peinados y significados (una trenza o dos hacia delante, niña; hacia atrás, niño); cuando acabó, una de las jóvenes empezó a moler maiz forzadamente; más tarde, otra preparó ante nosotros el ungüento dichoso que, por supuesto, nos untó a cada uno en un brazo; mientras, el resto de las mujeres y niñas, sentadas a la sombra, nos pedían que les sacáramos fotos, eso que tanto gustan de hacer los turistas; y nosotros, distraidos con los números principales, no reparamos en el despliegue de artesanía preparada para que compráramos algún recuerdito… Sin embargo, no queríamos gastar más, ya habíamos pagado nuestra entrada: un saco de 10 kilos de harina, varios kilos de azúcar y tres panes de molde. Eso además del salario de la Reina y el transporte, a precio de turista adinerado. Y al ver que no comprábamos, dieron la función por terminada.

Al contratar los servicios de Queen Elisabeth ya sabíamos que lo que nos esperaba era una representación y no la vida real de los himba. Sería iluso pretender que la presencia de dos blanquitos en su pueblo durante apenas un par de horas no alterase sus actividades. También lo sería creer que en ese par de horas nosotros podríamos conocer un poco de su día a día. Pero no pensábamos que las cosas fueran tan forzadas, que llegaran al extremo de que en la aldea se pusieran a actuar, mostrándonos lo que suponían que queríamos ver. Nos fuimos decepcionados, pero no tanto por lo que habíamos visto como por lo ilusos que habíamos sido, porque habíamos actuado como los peores de los turistas, pretendiendo conocer algo sin dedicarle un tiempo razonable, viendo tan solo su superficie. Eso sí, las fotos muy bonitas, que al final pudiera parecer que es lo que importa…