África de cabo a rabo

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Y tú, ¿qué harías?

¿Tú qué harías?

Los hechos:

1. El 3 de septiembre, en la ciudad namibia de Oshakati (en el norte del país) nos dan el visado de visita de corta duración para entrar en Angola. A pesar de rogarles por un visado de 10 días, nos lo expiden por solo 7. Problema: el día 13 de septiembre tenemos un vuelo para salir del país hacia Santo Tomé. Eso nos obligará a prorrogarlo en Luanda, un trámite que intuimos dificil pero que en el consulado dicen que es rápido y gratuito.

2. Entramos el día 4 de septiembre por la frontera sur del país. Es decir, el visado caducará el sábado 11. En efecto tendremos que extender el visado por 2 días. Problema: caduca un sábado y la Administración en fin de semana no trabaja.

3. Por lo que conocemos de otros viajeros, solo renuevan los visados cuando vencen, lo cual parece también un problema. Según eso solo podríamos renovarlo el lunes, pero ese mismo día estaríamos saliendo en un avión del país. Es decir, el 13 o cogemos el avión, con un visado caducado, o intentamos prorrogar el visado, obviamente teniendo que retrasar el vuelo (o perderlo).

4. Al llegar a Luanda, hablando con españoles habituados a trámites con la Administración, nos confirman lo que sospechábamos: el tiempo de renovación es incierto. Lo mismo pueden tardar un día que una semana. Eso es, sorpresa, un gran problema: si empezamos la renovación se podrían quedar con el pasaporte por un tiempo indefinido, sin saber con antelación cuándo podríamos salir del país.

5. Tenemos un billete de avión comprado para salir el día 13 por la mañana rumbo a Santo Tomé. Nos gustaría cogerlo aunque, vistas las opciones, podríamos atrasarlo, pero nos dicen que el cambio de billete suele costar $100 dólares por billete…

Con esta situación llegamos a Luanda el jueves 9. Solo tenemos un interés: salir el lunes en el vuelo a Santo Tomé. Hablando con unos, con otros, intentando sopesar qué es lo más prudente, sensato y económicamente razonable se nos presentan las siguientes opciones…

Nosotros optamos por una de ellas, después de pasarnos un día entero de averiguaciones, gestiones, charlas con unos y con otros… pero ¿tú qué harías?

a) Ir al aeropuerto sin intentar renovar el visado. Es decir, intentar salir con el visado caducado. Tocaría contarles la historia a los policías allí. Según sea el policía de inmigración de turno puede apiadarse de nosotros y dejarnos salir, haciendo la vista gorda. O ponernos una multa (que se calcula en $150 por día) por estar ilegales en el país. O incluso, aunque poco probable, retenernos y meternos en la cárcel. O visto esto, sugerirnos que si le damos un dinero ($50, $100, $150… no está claro…) para una “gaseosa” obviar el asunto, lo cual, va contra nuestros principios…

b) Ir a Inmigración el viernes e intentar iniciar el proceso de renovación aunque el visado no haya caducado, explicando porqué lo hacemos y el porqué de nuestra urgencia. Pudiera ser que se apiadaran de nosotros y nos lo renovaran en un día. Pero es poco probable. Pero podría ser que se quedaran el pasaporte más días tramitando la renovación, con lo que no podríamos salir del país, ni pagando multa ni nada, el lunes. Perderíamos entonces el billete de avión ($280 p.p.) y tendríamos que comprar uno nuevo, aparte de los elevadísimos gastos de vivir en este país hasta que saliera el siguiente vuelo.

c) Intentar cambiar el billete de día, retrasarlo 3 días (el siguiente vuelo a Santo Tomé) aunque cueste una pasta, e iniciar la renovación en Inmigración con normalidad. De esa manera, tendríamos más margen por si en vez de un día o dos tardan más tramitar en Inmigración la prórroga. Pero ni aun con esas sabríamos exactamente cuándo lo podrían tener y si el margen de tres días más en el vuelo sería suficiente, por lo que tendríamos que atrasarlo una segunda vez.

d) Hablar con Joao (nombre ficticio) quien por $100 por pasaporte puede tramitar la renovación del visado en el mismo día. De esos cien dólares, apenas 15 ó 20 son para él. El resto, gaseosas a pagar a los funcionarios que, dejando sus otras tareas, dieran prioridad a nuestra solicitud. Vaya, un soborno en toda regla. Pero un soborno que nos puede permitir salir del país a tiempo (el lunes), sin recibir multa alguna al salir (aprox. $150) sin perder un avión ($275)…

Así que ¿tú qué harías?

Donde dije digo…

Donde dije digo, digo Angola. Estábamos en Oshakati, ciudad al norte de Namibia, de paso hacia Kaokoland, tierra de los himba, y ya que hay un consulado de Angola, y ya que estábamos allí, y ya que nos sobraba tiempo, y ya que teníamos una espinita clavada, indagamos sobre la posibilidad de obtener el visado. De los tres consulados de Angola en los que hemos preguntado (los otros estaban en Ciudad del Cabo y en Windhoek), este fue el que menos documentación pedía y menos cara extrañada puso a nuestra solicitud. Nos decidimos a solicitarlo al volver de Kaokoland. Nos tuvieron un par de días en ascuas pero, al fin, el día 3 de septiembre, a última hora de la mañana, una señorita muy sonriente nos dio los pasaportes con el codiciado visado. Debía de estar tan sonriente porque acabábamos de soltar una buena pasta (160 euros cada uno, más de la que pedían en los otros dos consulados) por una pegatina y una firma en el pasaporte.

Y con Angola, llegó la sorpresa. Las personas con las que habíamos hablado la pintaban desastrosa, corrupta, cara, complicada para desplazarse, llena de bandidos y gente desconsiderada. Casi daba miedo entrar en el país… Y lo que hemos encontrado ha sido gente extremadamente amable, simpática, acogedora, siempre dispuesta a echar una mano o a conversar y echar unas risas, gente con genuina curiosidad por los países y gentes extranjeras. Nuestro miedo, uno de ellos, era cómo desplazarnos, pero el transporte público no solo existe, sino que abunda, es fácil de utilizar y tiene un precio razonable. Además, las infraestructuras son bastante mejores que las de otros países que conocemos. Otro de los miedos: la seguridad. En todo momento hemos sentido que era un país seguro, especialmente en las provincias, donde se pueden dejar cosas a la vista en el coche, dormir en la playa o caminar por la calle de noche, impensable en otros países africanos.

En lo que acertaron aquellas voces es en que es un país muy caro. Especialmente para turistas y expatriados, porque los hoteles, restaurantes, alquiler de coche o de casa son ridículamente caros. Especialmente pero no solo, porque los productos que se venden en el mercado alcanzan unos precios que al ciudadano de a pie le deben de dejar tiritando. Por ejemplo, media docena de huevos cuesta 5 dólares, una lechuga 2 y cada naranja 1. Lo que nadie se explica es cómo llegan a fin de mes quienes tienen sueldos más modestos. Será a base de chanchullos, de vender cualquier cosa (aquí todo se vende, todo se compra) y “gasosas”, digo yo.

¿Que qué son las “gasosas”? Es la propina, el soborno, la mordida, la coima… Es el precio a pagar a un funcionario para que agilice un trámite, a un policía para asegurar el olvido de una multa de tráfico o a un intermediario para acceder a determinados servicios. En definitiva, para arreglar los problemillas cotidianos o salir de alguna situación excepcional. Nosotros no hemos dado ninguna gasosa aún (aún, repito, que nunca se sabe) pero los residentes extranjeros en Angola aseguran que es parte de su día a día en el coche, en la renovación del visado, para desbloquear un negocio… Angola parece ser un país burbujeante que nada en gasosa.

Nuestro paso por el país es de diez días. Diez días en Angola solo dan para rascar un poco su superficie, para adivinar que es un país con un potencial tremendo para el turismo, para intuir que su naturaleza es abrumadora, para sospechar que hierve de vida, para saber que sus gentes son de las más acogedoras de los países que hasta ahora hemos visitado… Diez días en Angola solo dan para quedarnos con ganas de conocerla más.