África de cabo a rabo

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De puntillas por el Sáhara Occidental

Entrar en el Sáhara Occidental (con nuestro sello de Marruecos en el pasaporte, eso sí) fue como entrar en el primer mundo. De repente, las ciudades no olían a cloacas ni aguas fecales dificultaban nuestro paso; la basura no estaba en cualquier esquina; al anochecer farolas alumbraban las calles y la gente continuaba de paseo, en mercadillos nocturnos que no perdían intensidad; decenas de tiendas poblaban el centro de las ciudades y el surtido era, en cada una de ellas, como hacía tiempo que no recordábamos. Pero no todo era fantasiland: desaparecieron los puestos callejeros de comistrajos en cualquier esquina; la posibilidad de comprar raciones tan pequeñas como necesitaramos (tan pequeñas como la leche en polvo necesaria para hacerte el café con leche) o la facilidad para tomarte una birra. Estaba claro: ya estábamos en pleno Mahgreb.

La sorpresa al llegar a Dakhla fue mayúscula: una moderna ciudad, bien organizada, activa, viva, limpia. Imáginabamos algo más destartalado y precario pero tardamos pronto en averiguar el porqué: es uno de los mayores puertos pesqueros de la región y eso genera mucho dinero. Si éste se reparte o si los saharauis que aún deben vivir allí ven algo de éste no lo sabemos. Tan solo hablamos con Ahmed, mientras comíamos pescado frito con las manos, ensalada de tomate y lentejas. Hablaba muy bien el español, con un deje italiano (allí vivió 5 años) y quien nos confió su secreto: los países que le gustan son aquellos en los que hay aceitunas, así de sencillo. Aunque no solo conversamos con él, también con Mamadou, un senegalés con quien compartimos viaje desde la frontera mauritana y habitación por la noche. Tuvo la delicadeza de avisar que roncaba y, afortunadamente, teníamos los tapones a mano: no solo roncaba boca arriba, ¡sino también de lado! Un prodigio de la naturaleza.

Poco vimos de la ciudad o de los saharauis: a las 8 estábamos saliendo destino a Laayoune, la gran ciudad de la región. Decenas de kilómetros por un enorme secarral, al igual que el día anterior, con rectas infinitas, a ratos junto al mar, a ratos en mitad de arenas blanquecinas y polvorientos matojos. Me acordaba de las palabras de Khalifa “nuestros país es muy rico, tremendamente” nos decía. Se refería a la pesca, a las minas de fosfatos (las más grandes de todo África)… pero no sé a qué más. Allí no crece ni un árbol ni nada que no sea en invernaderos artificiales.

En el camino, controles como en Mauritania (o sea, desproporcionados, 8 en apenas 400 kilómetros), tan solo por nosotros, los extranjeros. ¿Ocupación? “Profesores” respondíamos, para simplificar las cosas. Cada parada, diez minutos que hacíamos perder al autobús, a tope de pasajeros. La gendarmería y la policía estaban muy interesados en seguir nuestros pasos. Pero allí nadie rechistó, aofrtunadamente. La culpa no era nuestra, estaba claro.

Nueve horas después entrábamos en Laayoune, pasando por un enorme puerto (con seis barcos esperando en la bahía), fábricas, polígonos industriales… Si Dakhla nos impresionó por lo inesperado, aquella ciudad era demasié. Todo edificios nuevos, impecables, enormes avenidas, gente paseando por ellas, comercios a raudales, y restaurantes y cafés a tope (claro que jugaba el Madrid, para alegría de mujeres: los hombres desaparecen de las calles, todos ocupan los bares). Dejamos las mochilas, fuimos a cenar un pollo asado (con patatas fritas y ensalada) y una harira (sopa de legumbres y verduras y… de todo) y pasamos de la victoria del Madrid durmiendo como lirones.

Al día siguiente nuevo madrugón: el autobús destino Sidi Ifni salía pronto. Apenas unas decenas de kilómetros tras dejar la ciudad salíamos del Sáhara Occidental. Nadie nos pidió el pasaporte para entrar en Marruecos, ni aduanas, ni fronteras… Técnicamente ya estábamos en Marruecos, nuestro último país antes de volver a casa… Avanzábamos con una mezcla de alegría por volver a casa a comer bien, dormir, descansar… pero con la cuentra atrás en mente, pensando en que el “se acabó” cada vez estaba más cerca…

Mauritania, zona roja

Y al cruzar el río Senegal entras en el Sáhara, de sopetón. Adíos al verdor, adios a los ríos, adios al África negra. Has cambiado de película y no tardas en darte cuenta. En apenas unos minutos te encuentras entre dunas a los lados de la carretera; kilómetros y kilómetros de tierra suelta, de árboles sedientos sin una sola brizna ni hierbajo a su sombra… atraviesas poblachos en los que te preguntas de qué vivirá esa gente, si allí no hay más que arena; y entramos en contacto con quienes serán los nuevos amigos de nuestros pasaportes y movimientos: la gendarmería y la policia a partes iguales, que a lo largo de nuestros días en el país se han dedicado a anotar nuestros nombres y pasaportes en decenas de controles. Es lo que tiene entrar en un país gobernado por militares: el control. “Por vuestra seguridad” seguro que apuntarían ellos. Já.

Llegar a Nouakchott fue sencillo: buena carretera de un carril, conductor con tendencias suicidas y un Renault 19 de hace veinte años, lo menos. “El motor está como nuevo” nos dijo al montarnos en el coche. Damos fe. La capital era tal cual nos esperábamos: otro espanto, solo que comparada con otros adefesios urbanísticos africanos esta no tenía ni un solo árbol ni nada que ofreciera algo de sombra. Una ciudad de un millón de personas, de casas de un piso o dos, sin rematar (por si un día contruyen otro piso más). Ningún interés, salvo por sus cajeros automáticos y su fantástico mercado de pescado, que todas las tardes se desarrolla en la playa. Pero no es nada trivial: es uno de los mercados más importantes de África Occidental, con una lonja espectacular, que moviliza a miles de personas entre pescadores, vendedoras, negociantes y turistas. Compramos jureles (a 1 euro el kilo) y nos los hicimos a la plancha en el hotel, junto con un tunecino y un libio que viven allí. ¿Su trabajo? Comprar el pescado fresco por kilos o toneladas y organizar el envío a sus países, enavión o congelado. Se pasaron los dos días que les vimos por el hostal pegados a la radio. Pero no eran los únicos: los telediarios no hablan de otra cosa. El Mahgreb y Oriente Próximo están ardiendo y desde aquí se mira con atención lo que pasa.

Ocho horas de coche y siete controles en 400 kilómetros nos llevaron al corazón del país, a la región de Adrar. Pasamos por paisajes de dunas rojizas, por extensiones totalmente yermas y monótonas, por valles y montañas rocosas hasta llegar a Atar y de allí, en otro taxi tras una espera de dos horas, a Chinguetti. Una ciudad con un aura mítica: fue una de las paradas más importantes de las rutas caravaneras que transportaban por el desierto sal, oro… antaño, claro. Hoy es una somnolienta ciudad oasis, rodeada a cierta distancia por imponentes dunas, que poco a poco están engullendo las casas y calles del barrio antiguo. Los hoteles, vacíos, están en la nueva ciudad. Ya no viene ese vuelo directo desde París. Esta zona es “no recomendada” por el gobierno francés, por su aparente riesgo. Según los guías y hoteleros lo único que temen los franceses es que vengan otros países a intentar explotar los yacimientos petrolíferos que explotan los gabachos en esa zona, de ahí su recomendación. ¿A quién creer?

Tras otro de esos desencuentros con el organizador de nuestra excursión en camello (“¿cómo?¿que queríais un camello cada uno? Teníais que haberlo dicho. ¿Cómo iba yo a saberlo? Igual queríais caminar cada uno un rato por las dunas y turnaros con el camello…” nos dijo el jeta) partimos con un día de retraso, cada uno con un animal eso sí, a recorrer los 12 kilómetros entre dunas hasta el impresionantemente solitario oasis de Lagueira, apenas unas palmeras entre extensiones de dunas, con varios pozos, unas cuantas casas, una veintena de niños y… un colegio. “Un oasis, una escuela” es el lema de la ONG que lo ha financiado. Mientras deambulamos cotilleando por el palmeral, el camellero preparó el plato tradicional de la gente del desierto: un pan denso cocido directamente sobre ascuas y luego empapado en un caldo de zanahorias y cebolla. Contundente es la palabra que me viene a la cabeza al recordarlo. Regresamos al empezar a caer la tarde por la misma ruta que vinimos. Daba igual, no te daba la sensación de estar repitiendo… disfrutamos de otras tres horas entre dunas, con su de silencio, inmensidad, belleza. Qué poca cosa se siente uno allí, en mitad de tanta arena.

La belleza y el estado de embriagadez en que nos dejó de la excursión casi nos hizo olvidar lo bandido que era el dueño de nuestro “hotel”. Al llegar a Atar, dos días antes, lo conocimos en la estación de taxis. ¿A qué hotel vais? ¡Qué casualidad, es el mío! exclamó con naturalidad al decirle el nombre, uno que nos había gustado de la guía. Nos enteramos dos días más tarde que ese hombre, Monsieur Merhaba, había sido el antiguo propietario del hotel en cuestión pero que se lo vendió a un francés que, ahora, lo ha cerrado. Así que el tipo se ha apropiado del nombre de su antiguo hotel y engaña a turistas como nosotros enviándonos a su nuevo hotel, justo detrás del antiguo: así, además, no levanta sospechas pues el cartel junto a la puerta del antiguo parece indicar, en realidad, en dirección al nuevo… (aunque todo hay que decirlo, como las habitaciones estaban estupendamente no nos cambiamos al enterarnos del timo, uno ya no tiene tanta fuerza ni convicción…) En fin, que nos las prometíamos felices en el supuestamente hospitalario, honesto y diferente Mauritania pero no tardamos en descubrir que aqui también lo que importa es sacarle la pasta al blanco de turno, aunque para eso haya que engañarle. Eso es lo de menos.

Seguía el viaje. Como no queríamos retroceder hasta la capital para subir por la costa, nos embarcamos en una de esas inolvidables jornadas épicas, combinando coche y tren. Pero no cualquiera, sino el tren de carga más largo del mundo. Tiene centenares de vagones que transportan piedra para convertir en acero, que suman una distancia de más de dos kilómetros de largo, dicen… ¿Lo bonito? Nuevamente el trayecto en 4×4 hasta el pueblo de Choum, pasando por varios tipos de desierto: montañoso, dunas, piedra… ¿Lo duro? La espera, pues el tren llegó con 7 horas de retraso a la parada, una caseta de adobe a un kilómetro del pueblacho. A esas alturas, las 12 de la noche, ya estábamos durmiendo sobre el suelo, cubiertos con el saco y añoré la comodidad de ese lugar cuando tocó montar en el único vagón de pasajeros del tren. ¿Lo demoledor? El trayecto en sí, intentando dormir algo sobre asientos que eran meros tablones y respaldos cuyo acolchado había sido arrancado con violencia, o eso parecía. En realidad, todo el compartimento estaba como vandalizado.

El día no tardó en llegar y los tés, las conversaciones y el chismorreo tampoco. En cada compartimento había una bombona de butano con un fogón, para que cada cual pudiera hacerse el té o la comida, y hacer así más llevaderas las 12 horas de trayecto hasta llegar a Nouadhibou. Entre otros, conocimos a Khalifa, un saharaui cuya familia está en el campo de refugiados argelino de Smara. Nos ofrecieron té, zumo de naranja mezclado con leche (¡!) y con su acento andaluz (ahora lleva cuatro años en España) nos contaba lo agradecidos que están al pueblo español por todo lo que hace por ellos allí, lejos de su tierra. Tenía un discurso complicado: el sentimiento (“algún día volveremos a nuestra casa, a la tierra de nuestros padres y abuelos”) luchaba con una realidad que él mismo admitía (“el Sáhara se lo dio España a Marruecos a cambio de Ceuta y Melilla” o “Marruecos no renunciará a nuestra tierra: tiene fosfatos, pesca… ¡es muy rica!”).

Con el tren pasamos rozando la frontera de lo que un día fue el Sáhara Occidental y hoy es Marruecos. Una zona altamente minada desde los años 70 y llegamos a mediodía, molidos, doloridos, tras más de 24 horas desde nuestro inicio del viaje en Chinguetti. Pas mal, como dirían por aquí.

Casamance, a pesar de todo

“Se desaconseja viajar a la región de Casamance por el importante aumento de atentados y enfrentamientos armados, que está afectando recientemente a la propia ciudad de Zinguinchor. También se desaconseja cualquier desplazamiento por carretera al darse casos de asaltos y actos de bandidaje. Cualquier desplazamietno por la carretera principal que enlaza la zona turística de Cap Skirring con Zinguinchor, debe hacerse de día y preferiblemente en caravana en el marco de circuitos turísticos organizados. Se desaconsejan los viajes individuales.” El Ministerio de Asuntos Esteriores de España dixit.

Habíamos leído que Casamance, la región senegalesa que se encuentra entre Gambia y Guinea-Bissau, es de las más bonitas del país por su costa y sus playas, por su verdor, por la amabilidad de su gente, por su buen pescado… A pesar de las recomendaciones del Ministerio, no queríamos perdérnosla. Y menos después de haber pasado más de un mes por los áridos Burkina Faso y Mali. También queríamos conocer más sobre la realidad de la zona. Y es que desde hace alrededor de 30 años, en Casamance hay grupos rebeldes, así los llaman, que luchan por la independencia de la región.

Estos grupos reclaman su independencia de Senegal basándose en sus diferencias étnicas (porque predominan los diola frente a los wolof, que tienen el poder económico y político del país) y de fe (hay una mayoría cristiana y animista frente a la predominancia del islam en el resto del país). También acusan a Dakar de centralismo y de intentar aislarlos. Por ejemplo, ahora todos los vuelos tienen que hacer escala en Dakar. Y, por supuesto, no podían faltar los motivos económicos: gracias a su fertilidad la región es “el granero del país” y la capital de la Baja Casamance, Ziguinchor, es un importante puerto comercial. Sin embargo, los independentistas dicen que aportan más de lo que reciben. (Javier Tejera ha hecho un buen resumen en castellano de la situación de Casamance.)

Así que no era por llevar la contraria al Ministerio, pero decidimos ir. Habíamos leído en foros de internet y hablado con gente que venía de allí y, según decían nuestros informantes, la región estaba tranquila. Los únicos problemas eran los enfrentamientos de los independentistas con el ejército, que son muy escasos y aparentemente se dan en una zona concreta, y los robos nocturnos en algunas carreteras (los autores, más que independentistas, son bandidos que aprovechan el momento). Como suponíamos, para los viajeros la tensión no es palpable y en lo único que se ven afectados es en los cortes de carretera entre el anochecer y el amanecer, para evitar los asaltos.

Con uno de estos cortes de carretera nos encontramos en nuestro camino a Ziguinchor y, por segunda vez en cinco días, nos tocó dormir en la calle. Pero esta es otra historia… A la mañana siguiente continuamos viaje y nos plantamos en Cap Skirring, un pueblo con largas playas de arena fina y blanca que se dedica a la pesca de peces y turistas a partes iguales. Conociendo las aspiraciones independentisas, no es de extrañar que en Cap Skirring, al oírnos hablar, nos preguntasen ¿españoles o catalanes?

Aquí decidimos pasar unos días como base para conocer la zona, dando largos paseos y, sobre todo, descansando. Nuestro querido Mikel, aunque venía con cierta precaución por las recomendaciones del ministerio, se apuntó a disfrutar con nosotros de unos días de playa y pescado a la brasa. Hoy, dos semanas después, solo lamentamos una cosa de nuestra visita a Casamance: no haber ido en temporada de ostras. Esperamos que Mikel vuelva con nosotros a comer ostras.

Le Grand Sud (2/2)

Así que para matar el tiempo, decidimos ir a dar una vuelta por los alrededores del pueblo. Bajo la sombra de los eucaliptus salimos por la calle principal y tomamos un pequeño sendero, entre pequeños cultivos, siguiendo a lo lejos a unas señoras. A lo lejos unos niños nos observaban, seguramente pasmados ante la imagen de unos hombres blancos caminando por allí. ¿Serían visiones? ¿Les habría sentado mal el desayuno? Cruzamos un río y a lo lejos vimos lo que parecían unas tumbas, rectangulares, destacando por su blancura (las casas de la gente son de barro de color rojizo y solo se pintan los edificios oficiales: el ayuntamiento, correos, etc) Decidimos encaminarnos hacia allí: los cementerios malgaches tienen fama por su especiales tumbas y queríamos verlas. En algunas regiones usan túmulos de piedra, en otras las decoran con esculturas en madera y aquí, por lo poco que sabáimos, las pintaban de una manera naif con escenas y pasajes del difunto con sus cosas más preciadas (bicicletas, guitarra, zebús o escopeta, por ejemplo). Había camino así que lo seguimos hacia el cementerio aunque sospechando que tal vez no era la mejor idea: del mismo modo que las tumbas son muy interesantes, los ancestros son muy venerados y todo lo que les rodea, como los cementerios, son lugares con una significación especial. A lo lejos, algunas figuras nos observaban, como siempre en este país. Entre curiosos y temerosos, caminamos apenas unos minutos por el cementerio, sin tocar nada, ni acercarnos demasiado. Un par de fotos de recuerdo y regresamos al camino. Y ahí empezó todo.

Unos agricultores se acercaron a “saludarnos”, con sus azadas y uno con una honda. Apenas hablaban francés, pero parecía que nos preguntaban de dónde veníamos, qué hacíamos allí. Su cara delataba que no estaban muy contentos. Nosotros intentamos explicar que eramos turistas, entre sonrisas y caras de poco entendimiento. La situación no era cómoda, así que decidimos intentar sortearla volviendo al pueblo. Con lo que no contábamos es que fueramos escoltados, mientras uno de ellos corría hacia el pueblo por delante de nosotros. Glups. Parecía que se iba a montar una gorda. Conforme nos acercamos lo vimos: 20 personas, mayoría hombres, acudían a nuestro encuentro, liderados por un hombre mayor, que hablaba algo de francés. Intercambiamos saludos y nuevamente nos preguntaron qué hacíamos allí, para qué habíamos ido, si habíamos sacado fotos… Todas nuestras explicaciones parecieron pocas y confusas, y nos exigieron acudir al pueblo en busca del que entendímos era el alcalde. Afortunadamente al llegar el buen hombre debió ver el pánico en nuestras caras y constatar que no éramos más que dos turistas despistados visitando un lugar sagrado, por lo que vimos algo bastante ofensivo. “Pensaban que erais ladrones de huesos” no dijo, “en esta zona son habituales: los roban y luego los venden en la capital”… No sabemos si aquella era la verdadera razón de aquel sarao o que simplemente habíamos metido la pata hasta el fondo, metiéndonos en un lugar sagrado sin alguien que nos acompañara, pero la experiencia nos dejó un mal cuerpo tremendo. Habíamos sido unos novatos, algo inconscientes, y con nuestra presencia allí seguramente ofendimos a las familias de los parientes allí enterrados. Dando las manos a todos, pidiendo una vez más excusas, nos largamos de allí pitando, deseando que la tierra se abriera y nos tragara. Cosa que casi sucedió.

Aparcado en el pueblo vimos un 4×4 remolcando a una camioneta, y nos acercamos a ver si podían llevarnos. “¡Por supuesto, subid a la furgoneta!” nos dijo, y allí que nos montamos, con otros 4 malagaches en unos bancos de madera, en la parte trasera. Con alegría nos largabamos de aquel pueblo que nos recordará durante tiempo, y continuabamos nuestro trayecto, de 78 kilómetros hasta Antanimora. “Entre 4 y 5 horas” nos dijo que tardaríamos. Pero en cuanto se rompío por primera vez el enganche entre los coches, nos dimos cuenta de que ese tiempo sería quimérico. Una viga de tres metros enganchada a los cohes con cadenas era el sistema de remolque. Primero rompió una cadena. Luego la otra. La tercera vez la reparación no pudo usar la cadena así que usaron un método que aspira al Premio a la chapuza más ingeniosa vista hasta la fecha: ni más ni menos que con un machete cortaron el cinturón de seguridad del copiloto del 4×4 y lo ataron a modo de cadena entre el coche y la viga… ¡Olé! Lo cierto es que el ingenio malgache duró bastante rato, pero una carretera en un estado demencial (por lo menos para ir remolcando coches) hizo que rompiera una cuarta y hasta una quinta vez… y lo peor es que cada vez había menos recursos… Por suerte, tras seis horas de botes, zarandeos y saltos llegamos, caída la noche, a Isoanala, entre tinieblas. Ni una sola luz, ni un solo alma… Afortunadamente aquí están preparados para todo: en un momento, abrieron el único restaurante y cenamos toda la comitiva (un festín de carne de zebú en salsa de tomate con arroz) a la luz de las velas, rodeados de gente durmiendo por el suelo, bajo mantas. A nosotros nos alquilaron por apenas 2 euros una pequeña casita de madera en la que no cabía nada más aparte de la cama. Dormimos cual lirones enfundados en nuestros sacos sabanas, confiando en que las pulgas estuvieran más entretenidas en la cama de otros.

Y el cuarto y previsiblemente último día ofreció más de lo mismo: sorpresas. Los dos camiones de transporte de pasajeros que nos dijeron que pasarían declinaron hacernos un hueco. Aún a día de hoy ignoramos el porqué pero de repente eso significaba quedarse colgados allí a ver si pasaba alguien que quisiera llevarnos (pagando, of course)… y en eso vino la furgoneta de Correos a rescatarnos, después de una hora de espera. Encantados nos llevaron, aunque sabían que tendrían que darle una mordida al guardia de turno al llegar a Ambovombe, por eso de llevar a guiris en un coche oficial. Por los otros 7 malgaches con los que nos apretujamos entre sacos, cajas y demás mercancías no era problema. Pero llevar a guiris, sin compartir el beneficio, era otra cosa. Así que nuestra tarifa, llevaba incluida la mordida. Sin darle más vueltas partimos, esta vez sentados sobre nuestras mochilas, agarrados a la estructura metálica para no salir volando en cada bote y disfrutando de una pista arenosa que nos obsequiaba con tramos en los que iríamos a 60 por hora con baches tomados a esa velocidad. Demoledores, sobre todo para los malgaches, sentados sobre el suelo metálico sin cojín alguno… Cada vez más cerca de la costa, las chumberas tomaron el paisaje y árboles de espinos junto con algunos baobabs adornaban el horizonte. Vimos lemures, vimos zebus, pero gente, ninguna. ¿Quién se iba a molestar en irse a vivir allí? Al llegar a Ambovombe tenía ampollas en las dos manos, de agarrarme como un poseso al techo. Mejor eso que haber salido botando hacia fuera…

Y en Ambovombe la suerte, por fín, se alió con nosotros: según entrábamos en la estación (un descampado desértico y polvoriento con tres casetas de empresas de transportes y algunas casuchas destartaladas a modo de restaurantes) una furgoneta salía hacia Fort Dauphin, nuestro destino soñado. La guía (de 2007) decía que la carretera era buena, asfaltada en sus 110 kilómetros, que apenas tardaríamos dos horas y media… Eramos felices, pensábamos (inocentemente) que por fin íbamos a poder relajarnos… cuando la realidad vino a demostrarnos que este país está mucho más cascado hoy que apenas hace tres años (y la caída no tiene visos de parar, viendo la situación política del país…). En los primeros kilómetros no quedaba rastro alguno del asfalto. Pero lo peor vino después, porque cuando apareció lo hizo con cráteres, pequeños boquetes constantes que convirtieron un camino de rosas en un nuevo calvario de 6 horas, por suerte, eso sí, sentados en un asiento blandito y, además, lujo de lujos, ocupado por solo una persona… En algunos tramos, la iniciativa privada está poniendo parches: niños con las palas de sus padres, se dedican a echar tierra en los agujeros para ganarse una propinilla. Pero lo triste es pensar que la aventura que fue para nosotros llegar a Fort Dauphin, supuestamente una de las principales ciudades del país, para sus aislados habitantes es un calvario habitual.

En movimiento (en sufrimiento)

Nuestro tercer día en Lesoto parecía sencillo: de Muela, donde habíamos dormido, a Semonkong, en pleno corazón del país, solo hay 296 kms. Después de dos días utilizando el transporte público sabíamos que era frecuente, rápido y barato, así que agarramos las mochilas y nos lanzamos a la carretera.

Apenas tuvimos que esperar unos minutos, el primer vehiculo que pasó era un taxi compartido, justo lo que necesitábamos. Por suerte, además tenía dos plazas libres. Como en Lesoto no se deja a nadie en tierra, el cobrador hizo salir a las tres personas de la cuarta y última fila para encajar una de nuestras mochilas bajo su asiento y embutirlas de nuevo, junto con Itziar, al fondo de la furgoneta. La mochila de Pablo no cabía bajo ningún asiento, así que el cobrador encontró una fácil solución: llevarla puesta sobre sus piernas (las de Pablo, claro). No era la primera ni sería la última vez, todo el mundo viajaba así: había sitio previsto para las personas pero no para las maletas, paquetes, bolsas, bidones o cubos. El taxi ya estaba lleno, estábamos los catorce pasajeros, el conductor y el cobrador, además de los niños, que al ir sentados en las faldas de sus madres no computan a efectos del máximo permitido. Lejos de ser la configuración definitiva hasta nuestro destino, 50 kms más allá, tuvimos que para cuatro veces más, para dejar bajar y luego subir a otros pasajeros, con la consiguiente reorganización, recompactación y encaje de personas y mercancías. Por suerte, en la quinta y última parada, la policía solo hizo bajar al conductor, que a falta del permiso de conducir, suponemos que arregló el asunto con un par de billetes, pues lejos de impedirle seguir conduciendo proseguimos nuestro camino veinte minutos después.

Llegamos a la estación de Butha-Buthe, donde fuimos asignados a otro taxi compartido que esperaba vacío la llegada de pasajeros para salir zumbando. Tuvimos la ¿suerte? de sentarnos junto al conductor, las plazas más codiciadas, pudiendo dejar nuestras mochilas debajo de un asiento que después sería ocupado por una gorda y su maleta gigante. Planchado gratuito para nuestras camisas. Desde la primera fila fuimos espectadores de adelantamientos kamikaces a otros taxis para “robarles” los clientes, de la habilidad del conductor para sortear los agujeros del asfalto, pudimos constatar el exceso de velocidad que desde los asientos de atrás habíamos sospechado y admirar sus excelentes reflejos para esquivar las vacas y ovejas que cruzan la carretera. Todo ello por supuesto sin cinturones de seguridad, cosa que no pareció importar a la policía del segundo control, más preocupada de encontrar algún fallo en los papeles del vehículo que de la seguridad de los viajeros.

En Maputsuoe, inicio de nuestro siguiente tramo, tuvimos la suerte de poder elegir y cambiamos los sudores y apretones del taxi compartido por el más cómodo e impersonal minibús. Para nuestra sorpresa salió medio vacío. Pero pronto descubrimos el porqué: durante 75 kms paró a prácticamente cada una de las personas que caminaba junto a la carretera para preguntarles si querían subir, aunque solo fuera, para muchos, una centena de metros. Y no solo a estos, sino a todos aquellos que bajando por pequeños caminos de los pueblos circundantes se acercaban a la carretera, sin ninguna prisa. A nadie parecía importarle perder media mañana en aquel maldito minibús.

Ya estábamos en Maseru, la capital de Lesoto. Sorprendentemente tuvimos tiempo de comprar dos manzanas antes de ser embutidos en otro taxi compartido, ocupando nuevamente las dos últimas plazas en la última fila. Parecía que siempre nos estuvieran esperando, pero el entumecimientos de todas las articulaciones producido conforme avanzábamos nos hizo sospechar que mucha gente prefiere esperar a otro taxi antes que ocupar los últimos asientos del que está por salir. En el tercer control de policía del día el problema no fueron los papeles, sino el exceso de pasajeros: llevábamos uno más de los catorce pasajeros permitidos. Tras un tira y afloja de un cuarto de hora entre el conductor y el guardia, el cobrador le susurró algo a la pasajera más joven, que se bajó de la furgoneta y se marchó caminando. Nos dejaron continuar ruta, no sin antes pagar la multa o, siendo malpensados, el consabido soborno, que siempre sale más barato. Y doscientos metros después recogimos a la decimoquinta pasajera.

Como sardinas en lata llegamos a Roma (si, a Roma) con el tiempo casi justo para comernos el mejor pollo a la parrilla del mundo, con su verdura y su papa (esa pasta de maiz con la que se puede hacer una casa) y saltar al autobus que va a Semonkong, en medio del pais. El autobus iba lleno pero en Africa siempre hay sitio para uno mas. Y cuando no cabe ni un alfiler, suben tres mujeres mas con sus correspondientes churumbeles a la espalda y sus bolsas sobre la cabeza. Y con un codo en los rinyones, la pierna de un ninyo en las costillas y un senyor con un pollo vivo (al menos cuando subio, no sabemos como llego a destino) mirandonos fijamente, llegamos a Semonkong. Solo habian sido cuatro horas apretujados, can el aire viciado (no les gusta nada nada abrir las ventanillas) y soportando la musica de moda: el tio del acordeon que no canta sino grita.

Total: 10 horas de trayecto para 296 kms, en todos los medios posibles de la zona. Bueno, menos el taxi privado, que no estamos para tanto dispendio. Y para rematar, al dia siguiente recorrimos el pueblo a caballo.