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A lo “más remoto” de Senegal… llegó el turismo… y los turistas
El “incidente” del autobús (si es que podemos llamar incidente a tardar 22 horas en recorrer los 193 kilómetros hasta nuestro destino) no nos quitó la ilusión de llegar al País Bassari (una de las zonas más remotas del país y supuestamente una de las menos cambiadas por el turismo de masas) pero sí que nos dejó con la necesidad de recargar las pilas durante un par de días.
El lugar elegido fue el campamento de Badian que resultó ser una iniciativa solidaria de una ONG española. Es el ecoturismo en su máxima expresión: te cobran por lo mismo el doble que en el campamento de al lado que no es “eco”. Pero seamos positivos: con el dinero que se recauda en exceso, según entendimos, llevan a cabo proyectos en los pueblos de la zona. Se hacen pozos, se nutre con medicamentos la casa de salud, se contrata un médico (que el Estado no pone), etc. Además, se da alojamiento a los empleados en casas construidas a tal efecto, suponemos que pagan salarios por encima de mercado y contratan en mejores condiciones… y bueno, pues eso. Todos eco-contentos.
El coñazo es que si eres un eco-turista-sostenible-solidario no debes/puedes hacer nada sin contratar un servicio, ni dejar de comprar una figurita a los varios artistas que allí venden su mercancía. Llega un momento en que casi te hacen sentir culpable por irte a ver tú solo los hipopótamos al río Gambia, a cuya ribera se levanta el campamento, sin un guía que te acompañe los 500 metros hasta el observatorio. O por lavarte tú la ropa, pudiendo dársela a una mujer para que sea ella la que lo haga. O por no querer pagar 3.000 francos (4,5 euros) por un café, pan, mantequilla y mermelada cuando en el pueblo te tomas el café y el pan por 150 (25 céntimos de euro). Eso sí, sin mantequilla (pero por 50 francos más te lo rellenan de carne guisada).
Durante nuestra estancia tuvimos la suerte (o desgracia) de coincidir con un grupo de eco-turistas españoles que iban a estar alojados allí durante 4 días. Fue un gusto conocer y charlar con algunos de ellos pero de repente nuestro oasis de tranquilidad, de puestas de sol junto al río, de pájaros y brisa meciendo las hojas de los árboles, de noches en las que solo se oyen los grillos, se transformó en un patio español: la radio con música del Canto del Loco o Seguridad Social, conversaciones sobre el partido del Madrid del fin de semana anterior, bromas de Chiquito (¡aún siguen vivas!) y ese acento que tanto se oye por el barrio de Salamanca pero tan poco por esta zona del mundo… todo a gritos, por supuesto. Fue… como un salto en el espacio y tiempo, muy impactante e inesperado.
No seamos tan negativos. La suerte fue poder conocer un poco mejor los problemas bucodentales de la población: resulta que venían de turistas-cooperantes y realizaron una revisión a todos los niños y adultos que quisieron del pueblo. Sacaron muelas. Regalaron coches a los niños buenos, como hacía mi dentista en Madrid… Nos confirmaron que el cepillo de dientes tradicional (un palo cuyo extremo desfibran y con el que frotan sus dientes) funciona (no tanto por el cepillo sino por los ácidos y ph y esas cosas que debido a la salivación se generan y que combaten la caries) y que los negros tienen una mandíbula más amplia y unos dientes más profundos, por lo que desguazar la caña de azúcar o abrir botellas con los dientes no les produce tanto daño como a nosotros, los blancos. Bueno es saberlo. Pero tuvimos más suerte aún: en su honor organizaron una fiesta nocturna, junto a una gran fogata, en la que las mujeres (y sólo ellas, manda la tradición) bailaban al son de la percusión. Los hombres desde la barrera estaban más preocupados por intentar que los dentistas les invitaran a unos chupitos de ron o ginebra que de estar a la fiesta. Nada nuevo.
Llegar a Bandafassi, nuestro siguiente destino, nos llevó casi otro día entero. Nos íbamos de la zona mandinga para entrar en la bedik. Nueva etnia, nueva lengua. Lo que habíamos aprendido en dos días, ya no nos serviría… Casi tres horas de espera a que el taxi se llenara con clientes. Una hora de recorrido hasta una ciudad intermedia. Otra hora de espera para ver si encontrábamos un camión o coche que nos llevara al pueblo (el autobús diario salía por la mañana, lo habíamos perdido) y otra para encontrar, negociar y partir con un taxi al dichoso pueblo, tras no encontrar nadie que fuera en la misma dirección.
Llegamos al anochecer al campamento, situado en un pueblo de apenas 20 o 30 casas. Una sola tiendecita para abastecer. En esas condiciones casi fue una suerte que nos prepararan la especialidad local de emergencia: espaguetis con sardinas en aceite. Cómo estaríamos que nos supieron hasta ricos. Y durmimos como troncos en nuestra chocita particular. En toda la región los campamentos (lo que nosotros llamaríamos hostales) reproducen las casas de la región: construcciones redondas, de 4 o 5 metros de diámetro, construidas en adobe, con techo de paja. Algunas como la nuestra con un baño anexo y una cama en un lateral, con mosquitera y todo.
Conscientes de la necesidad de dejar un poco más de dinero en la región, esta vez sí, contratamos un guía que nos llevó de caminata a dos pueblos bedik, una etnia que llegó a esta zona desde Malí en el siglo xiii escapando de nosequé rey que les quería islamizar. Ellos, animistas, decidieron esconderse en las montañas, en pueblos que desde el valle no se veían y, a la vez, fácilmente defendibles en caso de ataque. Y allí se han quedado hasta hoy. Cuando llegaron los misioneros no salieron huyendo y hoy son una mezcla de cristianos y animistas. Vaya, que van a misa el domingo y de vez en cuando sacrifican una gallina por algún espíritu o asunto pendiente…
La verdad es que los pueblos como tal no eran impresionantes, pero su localización sí. En lo alto de los riscos era sorprendente conocer lo duro de su existencia allí durante siglos. Los pozos que tienen apenas duran unos meses con agua. Los campos de cultivo apenas son productivos pues crecen sobre roca. Se trabaja para sobrevivir, poco más. Modernidades como colegios u hospitales quedan a varios, en ocasiones, decenas de kilómetros… Pero de repente, entró un día el turismo en la ecuación, como oportunidad, como posibilidad de un futuro mejor. El turismo como herramienta para generar nuevos ingresos, para mejorar la calidad de vida, algo en lo que siempre he creído, que siempre he apoyado y que hemos disfrutado a lo largo de este viaje, aquí me pareció asfixiante.
En ambos pueblos nos sentimos como huchas andantes. Para pasar por el pueblo hay que pagar un euro y medio por persona. En el primero nos sentimos robados: ni nos enseñaron la adea ni nos contaron nada del pueblo, de sus habitantes o de su historia. Igual porque nadie les ha explicado que tal vez sería bueno dar algo a cambio, aunque sea algo que para ellos no tiene valor: darnos a conocer su cultura, cómo viven, en qué creen… Por suerte en el segundo, mucho mejor organizado -y turistizado, porque tiene carretera hasta el pie de la montaña-, nos dieron una vuelta enseñandonos todo el pueblo y nos contaron (porque preguntamos) qué hacen con el dinero: reparar los techos y las casas de la población en caso de desastre natural, comprar medicinas para la casa de salud, reparar el pozo o el molino de harina en caso de necesidad… de eso se trata. Mejorar las difíciles condiciones de vida con nuestra pequeña ayuda, con nuestra visita. Pero también dando algo a cambio: el conocimiento de esa realidad.
De todas maneras, en ambos pueblos la gente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a vendernos pulseras, pendientes, figuras de arcilla, cestas de paja, cualquier cosa… Por supuesto, cualquier insinuación de sacar una foto a alguna de las mujeres con su tocado tradicional era respondida con un “cadeau” (regalo) . Y claro, los niños, con Chupa-chups en la boca (los que les dieron los del grupo anterior a nosotros) a pedir más… ¿quién les cura luego las caries? ¿los voluntariosos y generosos españolitos? Al igual que en otros pueblos de Camerún, Madagascar o Benín nos habíamos sentido visitantes a los que recibir, a los que enseñar, en estos de Senegal nos sentimos visitantes a los que sablear. Lo importante era conseguir todo lo que pudieran de nosotros. Dimos gracias de que el recorrido solo visitáramos dos poblados. En esas condiciones, se le quitan a uno las ganas de intentar conocer cómo se vive en esos lugares ni conocer a sus gentes.
Dijimos adios al país Bassari anticipadamente. Ni visitamos los poblados peul, los bassari, ni las cascadas ni… Pensamos que iba a ser lo mismo en cada uno de ellos… A estas alturas del viaje, por desgracia, ya no tenemos energías ni humor para este tipo de shows.
Festival sur le Niger
Ségou reúne una vez al año a algunos de los músicos más famosos de África Occidental en el Festival sur le Niger. Aunque gira en torno a la música, el festival ofrece mucho más: teatro, debates, exposiciones de pintura de artistas locales, muestras de máscaras y marionetas, talleres y, claro, puestos donde comprar artesanía o productos locales. Esta es una cita multicultural a la que acuden muchos turistas pero el público principal son los africanos. Además, las abundantes actividades gratuitas acercan el festival a los locales que no se pueden permitir pagar la entrada de los mejores conciertos, los de la noche. Los tuaregs aprovechan la afluencia de gente y vienen del norte del país en caravanas a vender sal, eso dicen con un halo místico en su voz, y la artesanía que hacen sus familias. Son espectaculares, con los ropajes amplios, azules, muy elegantes y los turbantes cubriéndoles cabeza, cuello y parte de la cara. También es espectacular lo insistentes que son y cómo negocian, pero esa no es la historia que nos ocupa aquí…
África de cabo a rabo tuvo la suerte de asistir un par de días a la edición de 2011 del festival. En todos los conciertos que vimos el protagonismo lo tenían los instrumentos tradicionales: la kora, el balafón (un xilófono de madera y calabazas), el djembé y otros instrumentos de percusión… El concierto que más disfrutamos fue el de Bassekou Kouyaté, al que no conocíamos de nada y nos sorprendió mucho su grupo de ngoni (unas guitarritas de unos 70 cms de largo, hechas de madera). Vimos cosas curiosas, como unos tuaregs (Future Takamba) que tocaban su música tradicional acompañados de un blanco con un ordenador, aunque el resultado nos dejó un poco fríos. El único concierto de los que vimos en el que no había instrumentos tradicionales nos aburrió, a pesar de que era el único nombre del cartel que conocíamos: Vieux Farka Touré. Aunque como solo estuvimos dos días nos perdimos algunos de los grandes músicos de la zona, como Toumani Diabaté (maliense y, según dicen, el mejor “korista” del mundo), Ismail Lo (de Senegal) o Femi Kuti (de Nigeria). ¡Otra vez será!
Como improvisamos y aparecimos en Ségou el mismo día de la inauguración del festival y los hoteles estaban reservados, nos tocó alojarnos en un barco de los que hacen recorridos largos por el río, atracado en el embarcadero y utilizado como hotel. Lo bueno es que estaba frente al recinto del festival y lo malo es eso mismo, que estaba frente al recinto del festival. Os dejamos una foto en la que se ve el barco y la visita que recibimos en el festival: Itziar y Kiko, que estuvieron enredando con los cables del escenario… Esperamos que os gustasen los conciertos ¡gracias por venir!

Destapando Madagascar
A pesar de lo a gusto que estábamos en Tana, las ganas de seguir conociendo el país nos llevaron a dejar la ciudad. En un taxi destartalado conducido por un vejete desdentado fuimos a la estación de los taxi-brousse, los coches, furgonetas y camiones que constituyen el principal medio de transporte de los malgaches. Cómo funcionan las estaciones merece su propia crónica… y la haremos.
En un taxi-brousse con la baca cargada hasta arriba, tras una tormenta que nos dejó las mochilas empapadas, llegamos a Antsirabe, “el lugar donde hay mucha sal” (todos los nombres de ciudades significan algo). Sal vimos poca, por no decir ninguna que no fuera en un salero (por cierto, aquí no conocen el truco del arroz para que no se apelmace). Lo que sí nos tocó ver todo el rato fueron los pousse-pousse, esos carritos tirados por un tipo, generalmente descalzo y siempre pequeño y fibroso, que a veces utilizamos a pesar del reparo que nos daba que un tío tirase de nosotros, mientras íbamos cómodamente sentados. Antsirabe es la capital de los “pepes” (así hemos bautizado a los pousse-pousse) y en ella casi tienes que pedir perdón por querer ir andando a comprar el pan.
Para compensar tanta comodidad y teniendo en cuenta que somos gente deportista, al día siguiente alquilamos un par de bicis y nos fuimos de excursión a ver los lagos Tritiva y Andraikiba. Ir en bici tiene muchas ventajas: te desplazas más rápido que andando pero el ritmo es suficientemente lento como para disfrutar del paisaje o saludar a la gente con la que te cruzas (una de nuestras actividades favoritas). En este paseo admiramos lo que es una constante a lo largo del país, los arrozales, a los que se dedica casi cada pedazo de tierra en llano. Y si no hay terreno llano, se hace una terraza y listo. La excursión de 50 kms en bici nos duró una jornada y las agujetas, un par de días…
Nuestra siguiente parada en la ruta hacia el sur fue Ambositra, una pequeña ciudad por la que paseamos admirando las casas betsileo tradicionales con sus balcones de madera, las docenas de hotelys (casas de comida) que salpican la calle principal y el mercado. Cada ciudad tiene el suyo, que normalmente tiene algunos puestos construidos en ladrillo o adobe en los que los carniceros muestran el género, colgando la carne y las salchichas al sol, para que luzcan bien. Además de los puestos fijos, suele haber puestos de madera (más bien de palos atados con cuerdas) en los que se vende la poca variedad de verduras y frutas locales y los artículos de bazar, como cubos de plástico, gafas de sol -también de plástico- o lambas, la tela típica que las señoras usan como falda o vestido o para llevar a los niños atados a la espalda. Y alrededor de estos puestos se colocan señoras con una manta en el suelo sobre la que muestran la escasa mercancía a la venta: cacahuetes y arroz (cuya unidad de venta utilizada en todo el país es la lata de leche condensada), un par de peines, unas velas para los cortes de electricidad (o para todos los que no la tienen, que son muchos)… El mercado de Ambositra no era diferente. Aunque sí tiene algo que no hemos visto en todas las ciudades: el videoclub, que no es otra cosa que una habitación con una tele en la que pasan películas, generalmente de kárate, de acción o porno, cuya programación se anuncia escrita con tiza en una pizarra situada junto a la sábana que hace las veces de puerta. Estuvimos tentados de entrar, pero esa noche no echaban ninguna de Bruce Lee…
Fianarantsoa, “la ciudad del buen aprendizaje”, hace honor a su nombre. Tuvimos ocasión de comprobarlo gracias a las docenas de niños de entre 9 y 15 años que se acercaron a nosotros para, en unos correctísimos inglés y francés y con un discurso calcado, ofrecernos unas postales hechas por ellos porque su profesora les ha dicho que no pueden pedir dinero a los turistas sin ofrecer nada a cambio. Fuimos a una escuela, pero no encontramos a nadie a quien preguntar si la iniciativa de transformar la mendicidad en capitalismo había partido de allí. Un par de niñas de 9 años nos escoltaron buena parte de la tarde porque desde que salían del cole hasta las 18:00 “se dedicaban a buscar turistas”. Una de ellas nos pidió que le hiciésemos una foto y se la enviásemos, para lo que, con tremenda profesionalidad, de un bolsillo sacó su tarjeta: un trozo de hoja de cuaderno con su nombre, email y dirección postal escritas a boli. Esta niña llegará lejos.
De esta ciudad parte el único tren de pasajeros activo del país, rumbo a Manakara, en la costa este. Allí que nos fuimos, permitiéndonos el lujo de viajar en el vagón de primera, aunque cualquier parecido con la idea de “primera” es pura coincidencia. Eso sí, era un poco mejor que el vagón de segunda, donde los asientos son bancos en los que se apretuja la gente y las ventanillas están tintadas, con lo que no se puede ver el paisaje. En los 170 kms de recorrido hay 17 estaciones, en cada una de las cuales el tren se detiene para recoger y dejar viajeros, sacos, paquetes, maletas, cerdos, jaulas de gallinas… lo que con suerte puede llevar mucho o muchísimo tiempo. Pero las paradas son entretenidas, cuando llega el tren los paisanos se acercan corriendo con comida, collares, frutas o especias de producción local y se agolpan en las ventanillas y puertas para vendérselas a los pasajeros. También se acercan los niños a pedir bon bon, stylo o cualquier cosa que vean, da igual que sea una botella de agua vacía que la goma que llevas puesta en el pelo. A lo largo del trayecto van pasando por la ventanilla (pero solo por la de primera…) paisajes de montaña, ríos y cascadas, bosques frondosos y pequeñas aldeas. Por eso no nos importó tardar 13 horas en hacer el recorrido, aunque con la friolera de 17 kms/h de media, habríamos tardado menos en bici…
Y con Manakara llegó la playa, el calor tropical, las palmeras y el día de la madre, que aquí lo celebran, y mucho, el último domingo de mayo. Por ser domingo, nos acercamos a la iglesia, donde un coro cantaba canciones muy animadas al son de un organillo. A misa todo el mundo va de punta en blanco, incluyendo zapatos -a diario lo más habitual es ir descalzo- y si tienes corbata o traje de fiesta, es el día de lucirlos. En la iglesia es la única vez que hemos visto a la gente ponerse en fila y caminar ordenadamente unos detrás de otros sin amontonarse, colarse ni empujarse. ¿Y para qué hacen cola? Para soltar pasta en el cepillo. Con la iglesia hemos topado…
Después de misa, estuvimos en la playa con todas las madres (y algún padre) del pueblo, en lo que se convirtió en “la fiesta del día de la madre borracha”. Venga cerveza, venga ron local (¿o era alcohol de quemar?) y venga baile desenfrenado. Y nosotros nos animamos a echar algún baile con las señoras hasta que nos retiramos prudentemente cuando la cosa empezó a desmadrarse… De repente, el centro de la fiesta empezamos a ser nosotros y las mamás de ojos vidriosos nos veían como potenciales suministradores de alcohol para todas.
Pero no todo fueron hostias y alcohol en la villa y en esta habitualmente tranquila ciudad nos permitimos un par de días de descanso en una casita junto al mar mientras esperábamos el momento de continuar el viaje a bordo de una piragua.
