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Donde viven los diola
En Oussouye y Mlomp , dos pueblos de Casamance, la región más al sur de Senegal, pudimos ver en detalle dos tipos de construcciones en adobe muy peculiares: las casas a impluvium y las casas à étages (casas de dos pisos). No en vano los diola, la tribu predominante en la zona, están considerados de los mejores arquitectos de África.
Las casas a impluvium son circulares, con ventanas diminutas y una sólida puerta, como si fueran una fortaleza. El interior se caracterizan por tener un patio central con un depósito al que el tejado, en forma de embudo, vierte el agua de lluvia. Alrededor del patio hay habitaciones casi sin ventanas, lo que permite que mantengan una temperatura constante. La luz de la casa, patio y habitaciones incluidas, proviene fundamentalmente del espacio abierto en el centro del tejado.
Esta estructura permitía a los diola defenderse de los ataques de otras tribus y de los colonos blancos. La familia y el ganado se encerraba en su interior, donde tenían víveres, cerraban las puertas herméticamente y se abastecían de agua a través del tejado. Un sistema sencillo y al parecer, eficaz.
Las casas à étages son de casas de adobe de dos pisos. Las que vimos en Oussouye y Mlomp son únicas en África. Tienen columnas en el exterior que delimitan un porche que recorre todo el frontal de la casa, en ambos pisos. En el interior se distribuyen la cocina, el almacén para el grano y alguna habitación en el piso de abajo. Una amplia escalera da acceso al piso superior, en el que se encuentran los dormitorios.
Olga e Isa vinieron a visitarnos a Oussouye y dormimos en un albergue ubicado en una casa à étages, la que aparece en la foto. Y, cómo no, celebramos su visita comiendo un caldou, un plato de arroz con pescado y hojas de hibisco, que es lo típico de la zona. ¡Gracias por venir! Esperamos que disfrutaseis de Casamance.

A lo “más remoto” de Senegal… llegó el turismo… y los turistas
El “incidente” del autobús (si es que podemos llamar incidente a tardar 22 horas en recorrer los 193 kilómetros hasta nuestro destino) no nos quitó la ilusión de llegar al País Bassari (una de las zonas más remotas del país y supuestamente una de las menos cambiadas por el turismo de masas) pero sí que nos dejó con la necesidad de recargar las pilas durante un par de días.
El lugar elegido fue el campamento de Badian que resultó ser una iniciativa solidaria de una ONG española. Es el ecoturismo en su máxima expresión: te cobran por lo mismo el doble que en el campamento de al lado que no es “eco”. Pero seamos positivos: con el dinero que se recauda en exceso, según entendimos, llevan a cabo proyectos en los pueblos de la zona. Se hacen pozos, se nutre con medicamentos la casa de salud, se contrata un médico (que el Estado no pone), etc. Además, se da alojamiento a los empleados en casas construidas a tal efecto, suponemos que pagan salarios por encima de mercado y contratan en mejores condiciones… y bueno, pues eso. Todos eco-contentos.
El coñazo es que si eres un eco-turista-sostenible-solidario no debes/puedes hacer nada sin contratar un servicio, ni dejar de comprar una figurita a los varios artistas que allí venden su mercancía. Llega un momento en que casi te hacen sentir culpable por irte a ver tú solo los hipopótamos al río Gambia, a cuya ribera se levanta el campamento, sin un guía que te acompañe los 500 metros hasta el observatorio. O por lavarte tú la ropa, pudiendo dársela a una mujer para que sea ella la que lo haga. O por no querer pagar 3.000 francos (4,5 euros) por un café, pan, mantequilla y mermelada cuando en el pueblo te tomas el café y el pan por 150 (25 céntimos de euro). Eso sí, sin mantequilla (pero por 50 francos más te lo rellenan de carne guisada).
Durante nuestra estancia tuvimos la suerte (o desgracia) de coincidir con un grupo de eco-turistas españoles que iban a estar alojados allí durante 4 días. Fue un gusto conocer y charlar con algunos de ellos pero de repente nuestro oasis de tranquilidad, de puestas de sol junto al río, de pájaros y brisa meciendo las hojas de los árboles, de noches en las que solo se oyen los grillos, se transformó en un patio español: la radio con música del Canto del Loco o Seguridad Social, conversaciones sobre el partido del Madrid del fin de semana anterior, bromas de Chiquito (¡aún siguen vivas!) y ese acento que tanto se oye por el barrio de Salamanca pero tan poco por esta zona del mundo… todo a gritos, por supuesto. Fue… como un salto en el espacio y tiempo, muy impactante e inesperado.
No seamos tan negativos. La suerte fue poder conocer un poco mejor los problemas bucodentales de la población: resulta que venían de turistas-cooperantes y realizaron una revisión a todos los niños y adultos que quisieron del pueblo. Sacaron muelas. Regalaron coches a los niños buenos, como hacía mi dentista en Madrid… Nos confirmaron que el cepillo de dientes tradicional (un palo cuyo extremo desfibran y con el que frotan sus dientes) funciona (no tanto por el cepillo sino por los ácidos y ph y esas cosas que debido a la salivación se generan y que combaten la caries) y que los negros tienen una mandíbula más amplia y unos dientes más profundos, por lo que desguazar la caña de azúcar o abrir botellas con los dientes no les produce tanto daño como a nosotros, los blancos. Bueno es saberlo. Pero tuvimos más suerte aún: en su honor organizaron una fiesta nocturna, junto a una gran fogata, en la que las mujeres (y sólo ellas, manda la tradición) bailaban al son de la percusión. Los hombres desde la barrera estaban más preocupados por intentar que los dentistas les invitaran a unos chupitos de ron o ginebra que de estar a la fiesta. Nada nuevo.
Llegar a Bandafassi, nuestro siguiente destino, nos llevó casi otro día entero. Nos íbamos de la zona mandinga para entrar en la bedik. Nueva etnia, nueva lengua. Lo que habíamos aprendido en dos días, ya no nos serviría… Casi tres horas de espera a que el taxi se llenara con clientes. Una hora de recorrido hasta una ciudad intermedia. Otra hora de espera para ver si encontrábamos un camión o coche que nos llevara al pueblo (el autobús diario salía por la mañana, lo habíamos perdido) y otra para encontrar, negociar y partir con un taxi al dichoso pueblo, tras no encontrar nadie que fuera en la misma dirección.
Llegamos al anochecer al campamento, situado en un pueblo de apenas 20 o 30 casas. Una sola tiendecita para abastecer. En esas condiciones casi fue una suerte que nos prepararan la especialidad local de emergencia: espaguetis con sardinas en aceite. Cómo estaríamos que nos supieron hasta ricos. Y durmimos como troncos en nuestra chocita particular. En toda la región los campamentos (lo que nosotros llamaríamos hostales) reproducen las casas de la región: construcciones redondas, de 4 o 5 metros de diámetro, construidas en adobe, con techo de paja. Algunas como la nuestra con un baño anexo y una cama en un lateral, con mosquitera y todo.
Conscientes de la necesidad de dejar un poco más de dinero en la región, esta vez sí, contratamos un guía que nos llevó de caminata a dos pueblos bedik, una etnia que llegó a esta zona desde Malí en el siglo xiii escapando de nosequé rey que les quería islamizar. Ellos, animistas, decidieron esconderse en las montañas, en pueblos que desde el valle no se veían y, a la vez, fácilmente defendibles en caso de ataque. Y allí se han quedado hasta hoy. Cuando llegaron los misioneros no salieron huyendo y hoy son una mezcla de cristianos y animistas. Vaya, que van a misa el domingo y de vez en cuando sacrifican una gallina por algún espíritu o asunto pendiente…
La verdad es que los pueblos como tal no eran impresionantes, pero su localización sí. En lo alto de los riscos era sorprendente conocer lo duro de su existencia allí durante siglos. Los pozos que tienen apenas duran unos meses con agua. Los campos de cultivo apenas son productivos pues crecen sobre roca. Se trabaja para sobrevivir, poco más. Modernidades como colegios u hospitales quedan a varios, en ocasiones, decenas de kilómetros… Pero de repente, entró un día el turismo en la ecuación, como oportunidad, como posibilidad de un futuro mejor. El turismo como herramienta para generar nuevos ingresos, para mejorar la calidad de vida, algo en lo que siempre he creído, que siempre he apoyado y que hemos disfrutado a lo largo de este viaje, aquí me pareció asfixiante.
En ambos pueblos nos sentimos como huchas andantes. Para pasar por el pueblo hay que pagar un euro y medio por persona. En el primero nos sentimos robados: ni nos enseñaron la adea ni nos contaron nada del pueblo, de sus habitantes o de su historia. Igual porque nadie les ha explicado que tal vez sería bueno dar algo a cambio, aunque sea algo que para ellos no tiene valor: darnos a conocer su cultura, cómo viven, en qué creen… Por suerte en el segundo, mucho mejor organizado -y turistizado, porque tiene carretera hasta el pie de la montaña-, nos dieron una vuelta enseñandonos todo el pueblo y nos contaron (porque preguntamos) qué hacen con el dinero: reparar los techos y las casas de la población en caso de desastre natural, comprar medicinas para la casa de salud, reparar el pozo o el molino de harina en caso de necesidad… de eso se trata. Mejorar las difíciles condiciones de vida con nuestra pequeña ayuda, con nuestra visita. Pero también dando algo a cambio: el conocimiento de esa realidad.
De todas maneras, en ambos pueblos la gente dejaba lo que estuviera haciendo para venir a vendernos pulseras, pendientes, figuras de arcilla, cestas de paja, cualquier cosa… Por supuesto, cualquier insinuación de sacar una foto a alguna de las mujeres con su tocado tradicional era respondida con un “cadeau” (regalo) . Y claro, los niños, con Chupa-chups en la boca (los que les dieron los del grupo anterior a nosotros) a pedir más… ¿quién les cura luego las caries? ¿los voluntariosos y generosos españolitos? Al igual que en otros pueblos de Camerún, Madagascar o Benín nos habíamos sentido visitantes a los que recibir, a los que enseñar, en estos de Senegal nos sentimos visitantes a los que sablear. Lo importante era conseguir todo lo que pudieran de nosotros. Dimos gracias de que el recorrido solo visitáramos dos poblados. En esas condiciones, se le quitan a uno las ganas de intentar conocer cómo se vive en esos lugares ni conocer a sus gentes.
Dijimos adios al país Bassari anticipadamente. Ni visitamos los poblados peul, los bassari, ni las cascadas ni… Pensamos que iba a ser lo mismo en cada uno de ellos… A estas alturas del viaje, por desgracia, ya no tenemos energías ni humor para este tipo de shows.
And suddenly, it was three of us (English version)
So after a couple of weeks in the south of the country we waited for Ainhoa, Itziar’s sister, to come and head then to the north. It was great to have her with us but not only because she came loaded with jamón and chorizo. We did not think the same the day of her arrival: at 3am we woke up to collect her from he airport. Very practical arrival time, really: everyone is annoyed, both passengers and people waiting for them. Not the taxi drivers, of course, that triple their rates…
We allowed Ainhoa to get contaminated one day in the city, browsed with her through the incredible market of Dantopka and ate fairly decent street food before heading to Nattitingou, the capital of the northern region.
According to the guide it should have taken 8 hours. According to the company, 10. But the reality is that it took 15 to get there. Luckily we were in Comfort Lines, which was a too optimistic name for the bus, although to be true we each had one seat for ourselves, no need to share it with anybody else. The journey was interesting as we went from the greeny south to the drier and dustier north, although the country, or at least that road, is nothing special: nature is
boring, as there are no mountains or nothing to make every one of the 500 kilometres a bit different from the previous one… Always interesting are the bus stops, where food and drinks sellers push each other to be the ones selling first their products to the passangers getting off the bus. In one we bought some barbaqued meat. In another a baguette with avocado, egg, fish and spicy tomato sauce. In another a mini pineapple, which was pure juice although a bit tasteless. In another a chocolate icecream frozen inside a plastic bag. It is always exciting to try to guess what you will be able to find in the next stop…
Natitingou offered nothing but logistical comforts. There we rented a car, hired a guide and set off to visit the Pendjari National Park, apparently the best park in the whole West Africa. The car was really cool: it was a 4×4 and on the roof it had attached a 3-seater bench, so once inside the park we could seat on the roof and watch the animals from there. The two days in the park were fun, that is the truth, but the king was missing when we left. We visited after the wet season had finished so the grass was really high, too high too see anything in most of the park. Probably that is why we saw so many elephants: they were easily visible over the grass and many birds flying all around. But also hippos and crocodiles in ponds, warthogs and loads of juicy antelopes waiting to be eaten by the wild lion in front of our eyes… but did not happen.
The park itself was really cool and wild. With only dirty tracks on it and a few cars searching for animals, we felt very unique, alone, remote. Only when arriving to the hotel located right in the middle of the park, completely covered in dust, we would see other whites. Most of them where there for the Christmas holidays. Yeah, Christmas… as many have asked, we spent our Xmas eve there and Xmas lunch too, at 35ºC in the shade… It was nice and special for us: we sat on the floor, got the jamón, chorizo and cheese, open a couple of baguettes and enjoyed a simple but rewarding dinner: last time we had eaten those was months ago… We even got turrón, a spanish season dessert… what else could we ask for? (the answer is… cheap beers!!).
Leaving the park was sad as we had not seen the lion (a thing that Ainhoa really wanted to) but we stopped at Abiba’s homestay to get our good mood back. Her house was located in the village of Tanongou, right by the park
entrance. We had already slept a night at her place the night before entering the park and we decided that her chicken with peanut sauce was so good that we had to repeat again there. An local NGO has set up this ecotourism project in the village: they have chosen and prepared 5 family homes for tourists to stay at. This way you enter a home and stay the night with a family, at their place. They had arranged a room for us, and we even had our private organic toilet and bucket shower. Once we entered we were greeted by many children… they explained us that they belong to two different women, that share the husband. He lives in one room, each of the wives in a different and separate room, and the children, according to their ages, either in the mother’s room or on their own. Each wife had its own kitchen and, of course, only cooks for her children and the husband, that gets food from both. It was a great opportunity, albeit short, to sample how people live: no electricity (no television!), no running water, woodfire to cook… and the orchestra of animals playing at night: the sheep, the dog, the cow, the chicken and the cock…
The final day we visited the region which is full of “tata somba”, castel-like houses, built in mud. Incredibly they have two floors, leaving the lower one for the animals and the higher for the family and the maize, millet and corn grains. When we asked the guide he said they were built like this to repel wild animal attacks. If you read the guide it says it was to protect agains other tribes attacks. Either one or the other, the dangers are long gone today, so most of the families that can afford it live in “normal” squared one-floor houses, with corrugated iron ceiling. Much more practical, indeed. I would do the same, and as the family we visited, preserve the old one: tourists might come to visit and pay for it, so it is worth it.
Y de pronto, eran las tres de nosotros (versión española)
(Nota: esta es una traducción de la versión original en inglés hecha con GoogleTranslator. Hace varios meses hicimos la prueba con otra crónica y el resultado fue mucho más críptico. Parece que Google va mejorando.)
Así que después de un par de semanas en el sur del país esperamos Ainhoa, hermana de Itziar, para venir a la cabeza luego hacia el norte. Fue maravilloso tenerla con nosotros, pero no sólo porque ella vino cargado con jamón y chorizo. No pensamos lo mismo el día de su llegada: a las 3 am nos levantamos a recogerla de su aeropuerto. Muy práctica la hora de llegada, de verdad: todo el mundo está molesto, tanto de pasajeros como la gente espera de ellos. No los taxistas, por supuesto, que triplicar sus tarifas …
Hemos permitido que se contamine Ainhoa un día en la ciudad, buscan con ella a través del mercado increíble de Dantopka y comió alimentos en la vía bastante decente antes de dirigirse a Nattitingou, la capital de la región norte.
Según la guía que debería haber tenido en 8 horas. Según la empresa, 10. Pero la realidad es que se tomó 15 para llegar allí. Por suerte estábamos en líneas Confort, que era un nombre demasiado optimistas para el autobús, aunque es cierto que cada uno tenía un puesto para nosotros mismos, sin necesidad de compartirlo con nadie más.
El viaje fue interesante, ya que pasó de verde el sur hacia el norte más seco y polvoriento, aunque el país, o al menos ese camino, es nada especial: la naturaleza es aburrido, ya que no hay montañas o nada que hacer cada uno de los 500 kilometro un poco diferente de la anterior … Siempre es interesante son las paradas de autobús, donde los vendedores de alimentos y bebidas compiten entre ellos para ser los primero vendiendo sus productos a los pasajeros bajarse del autobús. En un compramos un poco de carne barbaqued. En otro una barra de pan con aguacate, huevo, pescado y salsa de tomate picante. En otro de piña un mini, que se jugo puro, aunque un poco insípido. En otro, un helado de chocolate congelado dentro de una bolsa de plástico. Siempre es interesante tratar de adivinar lo que va a ser capaz de encontrar en la próxima parada …
Natitingou ofrecen nada más que comodidades logísticas. Hay que alquilamos un coche, contrató a un guía y se lanzó a visitar el Parque Nacional de Pendjari, al parecer, el mejor parque de toda África occidental. El coche fue realmente genial:
se trataba de un 4×4 y en el techo se ha atribuido un banco de tres plazas, así que una vez dentro del parque que podría sentarse en el techo y ver los animales de allí. Los dos días en el parque eran divertidas, que es la verdad, pero el rey no estaba cuando nos fuimos. Visitamos después de la temporada de lluvias había terminado por lo que la hierba estaba muy alta, demasiado alta también ver nada en la mayor parte del parque. Probablemente es por eso que hemos visto tan muchos elefantes: eran fácilmente visibles sobre la hierba y muchas aves que vuelan por todas partes. Pero también hipopótamos y cocodrilos en los estanques, jabalíes y un montón de antílopes jugosa la espera de ser comidos por los leones salvajes frente a nuestros ojos … pero no fue así.
El parque en sí fue realmente genial y salvaje. Con sólo pistas sucias en él y unos cuantos coches en busca de los animales, nos sentimos muy singular, solo, retirado. Sólo al llegar al hotel ubicado en pleno centro del parque, completamente cubierto de polvo, veríamos otros blancos. La mayoría de ellos donde hay para las vacaciones de Navidad. Sí, la Navidad … como muchos han pedido, pasamos vísperas de Navidad y la comida de Navidad no demasiado, a 35 º C en la sombra … Fue muy agradable y especial para nosotros: nos sentamos en el suelo, consiguió el jamón, el chorizo y el queso, abrir un par de bocadillos y disfrutaron de una cena sencilla pero gratificante: la última vez que había comido los de hace meses … Pudimos, incluso, turrón, un postre temporada de español … ¿qué más se puede pedir? (La respuesta es … las cervezas baratas!).
Saliendo del parque estaba triste ya que no había visto el león (una cosa que realmente quería Ainhoa), pero nos detuvimos en casa de familia Abiba para conseguir nuestro estado de ánimo muy buena recuperación.
Su casa estaba situada en el pueblo de Tanongou, junto a la entrada del parque. Ya habíamos dormido una noche en su casa la noche antes de entrar en el parque y decidimos que su pollo con salsa de maní fue tan bueno que tuvimos que repetir de nuevo allí. Una ONG local ha puesto en marcha este proyecto de ecoturismo en el pueblo: que han elegido y preparado cinco casas de familia para los turistas a permanecer en el. De este modo, entrar en una casa y pasar la noche con una familia, en su lugar. Habían arreglado una habitación para nosotros, y hasta tuvimos nuestro baño privado y ducha cubo orgánicos. Una vez que entramos nos recibió muchos niños … nos explicaron que pertenecen a dos mujeres distintas, que comparten el marido. Vive en una habitación, cada una de las esposas en una habitación diferente y particular, y los niños, de acuerdo a sus edades, ya sea en la habitación de la madre o por su cuenta. Cada mujer tiene su propia cocina y, por supuesto, los cocineros sólo para sus hijos y el marido, que recibe los alimentos de ambos. Fue una gran oportunidad, aunque breve, para muestra cómo vive la gente: no hay electricidad (sin televisión!), Sin agua corriente, fuego de leña para cocinar … y la orquesta de animales jugando en la noche: la oveja, el perro, la vaca, la gallina y el gallo …
El último día visitamos la región, que está lleno de “Tata Somba”, casas como un castillo, construido en barro. Increíblemente tienen dos pisos, dejando la inferior para los animales y el más alto para la familia y el mijo, maíz y granos de maíz. Cuando le preguntamos a la guía dijo que se construyeron como éste para repeler los ataques de animales salvajes.
Si usted lee la guía que dice que fue para proteger contra los ataques de otras tribus. O uno o el otro, los peligros se han ido hoy, así que la mayoría de las familias que pueden permitirse vivir en tiempos “normales” cuadrado casas de un solo piso, con techos de hierro corrugado. Mucho más práctico, de hecho. Yo haría lo mismo, y como la familia que visitamos, preservar la antigua: los turistas pueden venir a visitarnos y pagar por él, por lo que vale la pena.
De sorpresa en sorpresa en Angola (2/2)
Llegamos a Benguela a media mañana. Nos encantó: es bonita, cuidada, con edificios coloniales, plazas, árboles… por lo menos su parte más céntrica. Teníamos la suerte de que íba a alojarnos Camil, un chico francés con el que habíamos contactado a través de internet pero al llegar ala ciudad resultó imposible contactar con él. Tuvimos que buscar dónde dormir (visto, sobre todo, que aquí no había estación de autobuses como en Lubango, sino que era un simple descampado polvoriento). Sabíamos que el alojamiento iba a resultar más caro aun que en Lubango, pero alucinamos con la realidad. Vimos dos o tres sitios. El andrajoso, a 50$. Los hostales más decentes, unos desorbitados 100$… algo que no nos podíamos permitir. Y entonces apareció Sofia, nuestra hada madrina. “Españoles y portugueses somos hermanos en el extranjero” y nos invitó a quedarnos en su casa un par de noches. No solo eso, también cuidó de nosotros y nos preparó muamba de galinha, un típico guiso angoleño, y gracias a ella conocimos mejor la vida de expatriados y angoleños de origen portugués en el país.
En esta ciudad también conocimos a Yolanda y Patricia, de una ONG española que trabaja en el campo del VIH, apoyando la prevención (facilitando condones a quien los necesite y haciendo análisis gratuitos de sangre) y la información y sensibilización (a través de programas de radio). Aquí el SIDA no es el problema que sí es en otros países en los que hemos estado (por ejemplo Botsuana, con tasas de infección de más del 20% de la población), según dicen, porque la guerra aisló y convulsionó tanto el país durante casi tres décadas que el SIDA no se extendió tanto. Ahora se trabaja para que no se vaya en la dirección de otros países vecinos. Uno de los primeros pasos, saber quién está contagiado y quién no. En todas las mujeres embarazadas se hace la prueba. Uno de los mayores problemas, los hombres: no tantos como sería deseable acuden a los centros a analizarse.
No era raro en un lugar donde los extrajeros destacan y escasean, Yolanda y Patricia conocían a Camil, el francés con el que ibamos a alojarnos, así que nos dieron su contacto y comimos con él. Da gusto conocer gente interesante y tan generosa que te ofrece su casa sin conocerte de nada.
Disfrutamos mucho de Benguela, sobre todo viniendo de Namibia y Sudáfrica. En esta ciudad había plazas, gente paseando, charlando y tomando birras en la calle. Nos impresionó ver gente que va andando a los sitios, también por la noche, con tranquiliad y seguridad, no ser nosotros los blancos raritos que caminan ¡Qué diferencia con esos países! Estábamos realmente a gusto, seguramente porque esperábamos algo muy diferente. Hablábamos con todo el mundo, con conductores, con transeuntes, con vendedores, con cualquier persona con la que nos cruzábamos… inventando el portugués con alegría. ¡Comunicarse es fácil cuando ambas partes quieren! Nos sentimos en todo momento muy bien recibidos, tanto, que nos alegrábamos muchísimo de haber insistido con el visado, aunque nos hubiera costado un ojo de la cara…
Con el visado de turismo de Angola de una semana (nos caducaba el sábado, tendríamos que renovarlo) y otras gestiones en mente (como obtener el visado para visitar Santo Tomé y Príncipe) nos teníamos que ir a Luanda, la capital, antes de lo deseado. Como siempre en bus y esta vez sí, buenas carreteras, atravesando paisajes secos, de árboles sin hojas, agostados. Tan solo alrededor de los ríos, que teñían de verde el paisaje, surgían cultivos y, con ellos, gentes, pueblos y mercados. Y, por supuesto, paradas para aprovisionarnos de los productos que fueran típicos de cada localidad.
En nueve horas llegamos al atasco permanente que es la capital. Una ciudad en la que conviven la miseria y la opulencia con sorprendente naturalidad: musekes por todas partes, rodeando chalés, el palacio presidencial y los nuevos y modernos rascacielos. No se tarda en ver el gran problema de basura y aguas fecales que tiene la ciudad y que durante cuatro días no dejó de sorprendernos. Nos pasamos casi tantas horas atascados como andando por la ciudad: está toda en obras. Luanda es la máxima expresión de lo que sucede en Angola: descubrieron petróleo y diamantes y de repente unos cuantos se han dado cuenta de que pueden ganar mucho dinero y gastarlo a manos llenas. Se ven por todos lados cochazos, relojes de oro de infarto y villas descomunales. Y, también, mucho chino: donde hay negocio, están ellos. Necesitan el petróleo y China lo compra construyendo edificios, según nos han dicho, usando como mano de obra a presos chinos para abaratar los costes. Toma ya.
Nuevamente la suerte estaba con nosotros: conocíamos a Rosa, amiga de un amigo, y ella nos brindó casa y apoyo espiritual y logístico (coche y chófer incluido). Pero no solo eso: si no es por ella, que desde el primer día de nuestro viaje se ofreció a escribir la carta de invitación que todos los consulados de Angola nos exigían, no hubiéramos podido obtener el visado ni haber visitado el país. Más no podíamos pedir.
De los cuatro días que estuvimos en Luanda, nos pasamos dos de gestiones: que si el visado de Sao Tomé, que si la renovación (o no) del visado de Angola, que si confirmar vuelo de salida del país… todo aparentemente muy sencillo, pero entre los atascos, las colas y demás visicitudes el tiempo en esta ciudad se escapa. Logramos todo eso y mucho más, sin duda, gracias a la ayuda de Rosa y Pedro que se volcaron con nosotros en todo momento. Creamos una especie de grupo de operaciones y estrategia y cada mañana, en el atasco, camino al centro en su coche, discutíamos las diferentes opciones en relación con las gestiones y qué sería lo más conveniente…
El resto fue disfrutar; charlando largo y tendido con Rosa con birras Cuca; una noche de la música y comida de Cabo Verde; otra, del lomo y jamón que aún le quedaba a Marisol; otra, celebrando el cumpleaños de Itziar con Ribeiro, queso manchego y arroz luandés (o cómo hacer una paella con arroz largo).
Nos íbamos el lunes hacia Sao Tomé con ganas de más Angola, diez días de viaje nos sabían a poco. Pero el visado, la necesidad de transporte privado para acceder a algunos lugares interesantes y sobre todo el alto coste de la vida nos forzaban a dejar el país. Sobre todo habíamos disfrutado de la gente: todo el mundo se ha desvivido por nosotros. En los candongueiros, los taxis compartidos, la gente nos guiaba; en la calle, al pedir indicaciones, nos acompañaban hasta que estaban seguros de que estuviéramos en el buen camino; en general todo ha sido buen rollo y ganas de conocer cosas de nosotros y nuestras vidas, sin pedir nada más que lo que ellos mismos ofrecían. En Angola constatamos que, como ocurre muchas veces, el sabor de un país no solo lo da el paisaje o los monumentos, sino la gente que encuentras en el camino. Hasta la próxima, Angola.


