África de cabo a rabo

Africa de cabo a rabo

Archive for agosto, 2010

Un hotel en la granja

Allí estábamos, en eso que llaman “guest farm”, un estupendo hotel dentro de una granja en Solitaire, cuando vinieron a hacernos una visita Beatriz y Miguel. El sitio era espectacular, entre montañas. Con lo que no contábamos era con una gacela doméstica que se dedicaba a embestir a los visitantes…

Beatriz, Miguel, ¡gracias por la visita!

Un desierto lleno de gente

En agosto recibimos la visita de cinco personas entre familiares y amigos, que venían a vernos y a conocer Namibia. Ellos llegaron al aeropuerto de Windhoek en avión y nosotros en un reluciente mercedes blanco con tapicería de cuero conducido por un universitario angoleño muy bien vestido. Es la primera vez que un coche así nos recogía haciendo autoestop. También era la primera vez que íbamos al aeropuerto a dedo.

El viaje pasó de la improvisación de dos a la planificación para siete: durante los meses anteriores habíamos estado organizando esta visita para aprovechar el tiempo al máximo y porque agosto es temporada alta también en Namibia. Itinerario decidido de antemano, hoteles reservados, comidas y cenas previstas… todo un cambio respecto a nuestra dinámica de viaje de los anteriores cuatro meses… y que no resultó fácil de asimilar. El itinerario comenzaba con una visita de tres días a Etosha, el parque nacional por excelencia de Namibia. En sus escasas lagunas con agua (agosto es plena temporada seca) tuvimos ocasión de ver cebras, ñus, antílopes y jirafas concentrados a su alrededor para beber. Un par de leones descansando a la sombra, junto al cadáver de una jirafa, nos entretuvieron un buen rato. Pero el verdadero acontecimiento llegó por la noche, en las lagunas que se encuentran junto a los campamentos y que son visibles desde estos. En la de Halali, suavemente, sin apenas mover el agua, bebían varios rinocerontes negros, que fueron desplazados por un par de elefantes macarras que llegaron levantando polvo. La segunda noche, en Okaukuejo, tuvimos la suerte de asistir al espectáculo de ver desfilar hasta 34 elefantes, mientras las jirafas, rinocerontes y cebras esperaban su turno para acercarse a la laguna. Todo ante la atenta mirada de los turistas situados a lo largo de la valla, cámara en mano, lo que daba a la laguna cierto aire de zoo.

Pero no todo iba a ser ver animales… ¿Qué tal un poco de cultura prehistórica? Al día siguiente, tras varias horas de calor y polvo de esta tierra tan árida, entre montañas de roca y cauces resecos, visitamos un bosque petrificado. Qué bonita la imagen de árboles convertidos en piedra, parece increíble que la falta de oxígeno y la presión de capas de arena y rocas consiga que la madera parezca tallada en piedra. Unos kilómetros después, acompañados por varias personas que hacían autoestop y nos enseñaron algo más de las costumbres locales, llegamos a Twyfelfontein. Esta zona alberga petroglifos de hace unos cinco mil años hechos por los bosquimanos, una tribu nómada que habitaba estos lares.

Logísticamente todo estaba saliendo bien, según lo planeado, hasta que tuvimos problemas no con uno sino con los dos coches alquilados. Uno de ellos no soportó el paso sobre una piedra del tamaño de un melón y tuvimos que circular con la frágil rueda de repuesto por una pista de grava hasta que, por suerte, en medio de este casi desierto, de un asentamiento que ni aparecía en los mapas surgió un señor con un martillo que nos arregló la llanta y la rueda. Al otro coche, al que no le funcionaba bien el aire acondicionado, dejó de funcionarle el embrague. Estupendo, en medio de ninguna parte, lejos de todo. Os ahorro los detalles de la agria discusión con la compañía de alquiler de coches, pero se comprometieron a traernos un coche esa misma noche al pueblo en el que habíamos dormido y al que nos tocó volver a trancas y barrancas.

Teníamos coche nuevo pero, en contra de lo planeado, no íbamos a ver la Costa de los Esqueletos, no podíamos recorrerla por el tiempo que habíamos perdido con las dos averías. En vez de llorar, nos fuimos a Swakopmund, atravesando un desierto de color ocre lleno de espejismos y desviándonos para pasar antes por Cape Cross, el hediondo paraíso de las focas con orejas. En Swakopmund, un pueblecito con aire alemán (Namibia fue colonia germana), nos tomamos un par de días de descanso de coche y nos permitimos algunos lujos como comer pescado, hacer una colada de verdad o sobrevolar el desierto en avioneta. De esto último, lo más impresionante es ver la inmensidad del desierto, los interminables kilómetros de dunas de arena roja del Namib y cómo las ciudades (Walvis Bay y Swakopmund) parecen una maqueta que un niño ha puesto en la playa, ciudades al borde del mar cuyo trazado termina abruptamente y quedan rodeadas por arena y más arena. Excepto por la parte del mar, se entiende.

Por si no habíamos tenido suficiente desierto, nos adentramos por la parte norte del Parque Nacional Namib-Naukluft (impresionante paisaje de llanura con una corona de montañas, sembrada de rocas y algún arbusto espinoso, donde sobreviven avestruces y antílopes) para llegar a Solitaire, un lugar que no hace honor a su nombre: es aún más pequeño y desangelado de lo que habíamos imaginado. No vinimos aquí a disfrutar de su vida nocturna, sino porque está a las puertas de Sesriem, donde se encuentran las lagunas secas y las dunas más impresionantes (y accesibles) del Namib. Entramos por la tarde, para aprovechar las horas de menos calor y la luz del atardecer, lo que se reveló como demasiado poco tiempo para disfrutar y visitar con calma Sossusvlei y Deadvlei, lagunas que cuando están secas (es decir, la mayor parte del tiempo) relucen blancas al pie de las enormes dunas rojizas. Cuando volvamos a Namibia, porque volveremos, explorar con más tiempo estos dos “vlei” y subir a “Big Daddy”, la duna más alta, está en los primeros puestos de nuestra lista.

Cambiando el rumbo

No la habíamos visto tan sonriente en los días anteriores: estaba radiante. Lo interpretamos como un buena señal. Además, esta vez no estaba detrás del cristal blindado, estaba en la sala de espera, hablando con otros compatriotas que tramitaban cualquier documentación. Pintaba bien y nos saludó al vernos. Creíamos que todo eran señales. De las buenas… hasta que la funcionaria de la embajada de Angola en Windhoek se acercó a nosotros y nos soltó, con normalidad: “No, no os vamos a tramitar el visado. Si queréis visitar Angola tenéis que volver a España y solicitarlo allí”. Por unos instantes creímos que nos estaba vacilando, pero nos lo repitió con la misma sonrisa y frialdad en su tono de voz. No era broma. De repente se nos cayó el mundo encima. De repente nuestra ruta encontraba un escollo infranqueable: no podíamos seguir remontando África por la costa atlántica, como era nuestra intención inicial.

Era nuestro cuarto día consecutivo de visita a la embajada de Angola. El primero fuimos a pedir toda la información necesaria para tramitar el visado, pero ya nos dieron las primeras malas noticias: la norma es tramitar únicamente visados para los residentes en ese país y, además, había no sé qué nuevas reglamentaciones que habían entrado vigor (increíblemente) el lunes anterior a nuestra visita y que hacían que las embajadas de Angola hubieran empezado a ser mucho más firmes en los procesos de tramitación de los visados. Es decir, si queríamos pedir el visado en Windhoek o nos hacíamos residentes namibios o podíamos, tal vez, hablar con la embajada española en Namibia para que nos escribieran una carta de apoyo a nuestra solicitud y conseguir con ello hacer la excepción a la regla. Así que allí nos fuimos, zumbando, a pedir el favor a nuestra embajada. Y nos hicieron el dichoso papel, para nuestra alegría y sorpresa, sin mayores dificultades (gracias, Isabel, gracias, Rufino). Parecía que íbamos a sortear el obstáculo inicial.

Regresamos el martes con toda la documentación: pasaporte y su fotocopia; fotos de carnet; carta de la embajada española apoyando nuestra solicitud (y exponiendo que no habíamos solicitado el visado en la embajada de Angola en España hace más de 4 meses porque nos hubiera caducado a los 3 meses, es decir, antes de entrar al país); por si no fuera poco teníamos un billete de avión comprado y emitido para el 13 de septiembre para salir del país, hacia Sao Tomé, para que vieran que no nos íbamos a quedar en el país más tiempo del necesario… Además, íbamos con los estados de nuestras cuentas bancarias (nos habían dicho en la Embajada angoleña en Sudáfrica que nos lo pedirían) y teníamos, incluso, la que pensamos que sería la baza definitiva, irrechazable: una carta de invitación de una amiga de un amigo (gracias por todo, Rosa) que vive en Angola y trabaja para la embajada española allí, que decía que esperaba nuestra visita y que se hacía cargo de nosotros allí. Todo con su membrete y oficialidad… No podía ir mal, pensábamos, lo teníamos todo.

Pero no sirvió de nada. El miércoles pasamos por allí nuevamente a ver si había noticias, pero nos pidieron volver al día siguiente. Tal vez entonces, el encargado de la tramitación de los visados hubiera estudiado nuestra documentación. Y, en efecto, al día siguiente, jueves, nos dieron las malas noticias. No había nada que hacer. No nos emitirían el visado. Suponía que tras Sudáfrica y Namibia nuestro viaje no podía seguir hacia el norte, todo un revés a nuestros planes.

Nadie se extrañó en la embajada española cuando volvimos a contárselo. Se ve que Angola, tras años de guerra civil, de repente se ha encontrado con petroleo. Con mucho. Se ve que están extrayendo más cantidad que Arabia Saudi. Y diamantes. De repente el dinero fluye a mansalva, enriqueciendo a dirigentes, políticos y demás nobles (ex-militares, quiero decir). Así que el turismo les da igual. De hecho, es un engorro. A pesar de que se emiten visados de turismo desde 2007 han debido llegar a la conclusión de que un turista, un observador externo, no les viene demasiado bien, así que todo son dificultades. El país, sumido en la pobreza, debe tener una clase dirigente boyante, rica, riquísma, no demasiado interesada en otro beneficio para el país que no sea el suyo propio. Imaginaos del estado de las cosas: Luanda, su capital, ha sido aupada recientemente a la capital más cara del mundo para que resida un expatriado (según la consultora Mercer) por encima de Tokyo, Moscú u otras ciudades mundialmente famosas por sus precios elevados. De repente todo el mundo quiere ser rico, la fiebre del petroleo…

Sopesamos qué hacer. La verdad es que no teníamos un interés especial por Angola, salvo por el hecho de que estaba en el camino y por ser un país que apenas conoce el turismo. Pero casi todo fueron argumentos en contra: la corrupción campa a sus anchas y seguro que nos iba a afectar antes o después; algunas zonas están plagadas de minas, no se puede visitar a la ligera; además, viajar por el país nos iba a costar la friolera de entre 100 y 150 dólares por día por persona: a esos precios, no dan muchas ganas de explorarlo, de perderse, de pasar días y días en él. En resumen, decidimos no agotar la vía extra oficial que nos habían ofrecido en nuestra embajada (el cónsul español podía llamar a su homólogo angoleño para intentar conseguir como un favor personal que nos emitieran el dichoso visado) y pensamos que dejábamos Angola para otra ocasión. Y de un día para otro, decidimos cambiar la ruta, sin mucho dolor, todo sea dicho.

Así que África de cabo a rabo ahora se dibuja por otros caminos. De repente aparecen en nuestro horizonte Zambia, Malawi y tantos otros países, ciudades, gentes y parques naturales con los que no contábamos. De repente tenemos una hoja en blanco, desconocida. Y nos alegramos de poder ir dibujando nuestra ruta día a día, improvisando, en función de los acontecimientos. En el fondo nos da igual: lo que queremos es viajar, ver mundo, conocer África. Así que viramos al este. Tras Namibia vendrá Zambia, otro gran desconocido. ¿O alguien nos puede contar algo de él sin tener que buscarlo en el mapa?

Al desierto, de golpe.

Y de repente, nos plantamos en Namibia. Como quien se quita una tirita, rápido, deprisa, para que no duela, salimos de Madagascar, nos metimos en Sudáfrica y en dos días estábamos fuera, en pleno secarral, en el corazón de Namibia. Varios miles de kilómetros en apenas 72 horas. A veces, en África resulta que se puede ir muy deprisa…

Pues sí, volvimos a Sudáfrica pero, tras haber estado más de un mes en abril y mayo, teníamos ganas de ver cosas nuevas, ganas de cambio. Sudáfrica no ofrecía nada nuevo. Necesitábamos un día de gestiones en Johannesburgo, que acabó significando pasarse el día en el centro comercial y nos permitió recordar lo que habíamos vivido (y lo que nos había disgustado) dos meses atrás: un mundo de blancos gravitando en torno a centros comerciales; un país en el que solo los negros caminan (y sin coche estás perdido, se necesita para todo); una ciudad paranoica con la seguridad, con las alambradas, con las alarmas; un país claramente segregado, los blancos por un lado, los negros por otro, con mucho cuidado de no mezclarse más allá de lo imprescindible… y las enormes burbujas residenciales de los blanquitos, tan distantes de los townships en los que los negros fueron expulsados a vivir… y donde siguen estando.

Así que con ilusión, nuevamente, nos largamos de Johannesburgo, pero en la dirección opuesta: hacia el oste, por carretera, otra paliza de 18 horas de autobús seguidas. Poco había que ver en el centro norte del país según nuestras guías. Bueno, sí, el desierto del Kalahari y el Parque Nacional Transfronterizo Kgalagadi pero la necesidad de alquilar un caro 4×4, el carísimo alojamiento dentro del mismo y las ganas de entrar en Namibia hicieron que lo hayamos dejado para una próxima visita.

Según avanzábamos pensábamos en lo diferente que era de Madagascar. Cruzamos el país en un autobús de dos pisos, tumbados en nuestras cómodas butacas; la carretera, perfectamente asfaltada, nos permitía ir a 100 kilómetros hora, nunca visto en los últimos dos meses; el billete, que nos costó lo que habíamos gastado en transportes en las dos últimas semanas; los insulsos restaurantes de comida basura de las gasolineras volvían a ser nuestra única opción para comer; tampoco nadie se dirigió a nosotros, muy aséptico todo; y, por supuesto, nada de pollos ni pasajeros amontonados unos encima de otros… eso sí, en lugar de videos musicales estridentes, nos tocó sufrir videos (película incluida) de publicidad cristiana.

Los cruces por tierra de fronteras tienen algo de terrorífico, de acojonante. Sin embargo, en mitad de la noche, el control de pasaportes fue fácil y sencillo. Los unos encantados de dejarnos salir una vez vieron que teníamos el historial policial limpio y otros encantados de que entráramos a gastar nuestros euros en su país. Y a las dos de la mañana el autobús nos soltó en una gasolinera a cinco kilómetros de Keetmanskoop, una ciudad (como deben ser casi todas en el país) en la que por la noche no funcionan ni los taxis. Nuestro ángel de la guarda (sería por eso de la adoctrinación cristiana previa) quiso que un hombre que dejaba a su mujer en el autobús del que nos bajábamos se apiadara de nosotros y nos llevara, cual ONG a cuatro ruedas, hasta la puerta de nuestro hotel.

Keetmanskoop se mostró como una ciudad de paso, sin gracia, sin nada que ofrecer. Un punto en mitad del desierto en el que todos los blancos hablan inglés con acento alemán. Una ciudad construida en pleno secarral, ordenadamente con una racional cuadrícula de calles, casas de un piso, negocios somnolientos, bancos, y mucho polvo en el ambiente. También aquí con sus townships (herencia del pasado sudáfricano, pues Namibia fue colonia sudafricana desde la Primera Guerra Mundial hasta su independencia en 1990). Y muchas gasolineras, que por allí pasa mucha gente pero poca se queda. Apenas estuvimos en ella seis horas, cuatro de las cuales nos las pasamos esperando en una gasolinera la salida de la furgoneta que nos llevaría a Luderitz, en la costa. Nuestra intención inicial, ir a visitar el supuestamente espectacular cañon del río Fish, parecía frustrada: ni hay transporte público ni se puede alquilar un coche para ir allí desde esta ciudad. Esperando a que se llenara la furgoneta para partir, empezábamos a comprobar que también aquí (como en Sudáfrica), el no tener coche es un lastre importante para ver lo que el país tiene que ofrecer.

Una carretera rectilínea, infinita (pero asfaltada) y cuatro horas circulando por un desierto pedregoso, árido, a ritmo de música tecno, nos llevaron a ese pueblo de pescadores, remoto, rodeado de dunas al norte y pedregal al sur. Y más allá, el Atlántico. Un pueblo sin escapatoria. A medida que caía el sol, nos acercábamos a la costa. La niebla nos rodeó. Y a pesar de los carteles de alerta con chacales pintados en ellos, atropellamos a dos animales esa noche. Triste balance de llegada a un país famoso, entre otras cosas, por su fauna salvaje.

Se están mostrando las entradas del blogÁfrica de cabo a raboescritos en el mes de agosto, 2010.