África de cabo a rabo

Africa de cabo a rabo

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De puntillas por Burkina Faso

Aunque Itziar aún tenía algunas agujetas después de tanto baile, las ganas (de ambos) de seguir el viaje pudieron con nosotros. Así que compramos dos billetes y nos embarcamos camino a Banfora. En fila, eso sí, que aquí lo de los apretujones para subir a los autobuses no se lleva.

En el autobús, para nuestra sorpresa, todos los carteles estaban en español, incluidas las instrucciones en caso de emergencia, los de aire acondicionado e incluso, junto a la matrícula, la plaquita de SP, “Servicio Público”. Nos lo habían contado: en esta parte de África es muy habitual que los autobuses, al igual que los coches, sean los que usábamos en Europa hace 10 años. Este era de hace 15 lo menos y hemos visto otras reliquias históricas mucho mayores… cuanto mejor es la empresa, menos antiguos son sus vehículos. Bueno, algunos de ellos.

En las siete horas hasta Banfora disfrutamos del Sahel en estado puro: lagunas aisladas, en torno a las cuales pequeños pueblecillos crecen. Sin eletricidad, de casas de adobe redondas y cuadradas en las que no había ni rastro de chapa en los techos, solo paja seca. Rebaños de vacas guiadas por los peul, la etnia nómada tan abundante en esta región. Baobabs enormes, palmeras y muchos árboles pequeños, abundantes, pero no lo suficiente como para formar bosques. Y una carretera de un carril de ida y vuelta, en la que los únicos vehículos aparte de las bicicletas y los carromatos tirados por asnos, eran los de transporte público con los techos cargados a rebosar o impulutos 4×4 de ONG europeas…

Llegamos a Banfora a tiempo para comer en el MacDonald (sin la “s” final, ojo) un buen trozo de carne con judias verdes y ensalada mixta (con sus espaguetis y patata cocida ?!?!). El Sahel y nuestra casa tienen muchos ingredientes en común, para mi sorpresa. Como las sandías, que nos refrescan la boca seca y polvorienta al final de cada tarde.

Esperaba que la ciudad fuera algo bonita, pero tampoco. No hay ciudades bonitas en África, por lo menos, en nuestra África. Aun así, es una de las poblaciones más turísticas del país, por las atracciones en sus alrededores. No tardamos en comprobarlo: la presencia de no-puedes-ir-sin-mí-que-soy-guía, alquilistas de motos y músicos enseñantes de percusión es mayor que en ninguna otra ciudad de la zona. Y no te dejarán en paz, con mucha educación, eso sí.

Decidimos montárnoslo por nuestra cuenta: nos alquilamos una moto y un par de cascos y nos fuimos a explorar la región. Solos, a nuestro ritmo. Lo primero el lago, famoso por sus hipopótamos. Como a nuestro barquero, el barquero saliente le dijo que no había visto los animales decidió que a mitad de camino daba media vuelta, porque para qué remar si no estaban los bichos. Todo eso sin decirnos nada, por supuesto. “Tío, que no venimos a ver solo los hipopótamos, queremos ver también el lago” le dijimos cuando vimos lo que hacía y, sin entender nada, nos llevó al medio del mismo, para que disfrutáramos de él y de la solanera que caía a las 12 del mediodía, creemos. Allí nos dejó unos buenos minutos hasta que le dijimos que nos sacara de allí. No tenía sentido. Hablamos el mismo idioma, pero no nos entendemos. A veces es desesperante.

Aparte de comer polvo en la moto, disfrutamos del campo, con sus enormes mangos, casi en el punto de maduración, de los pequeños pueblos, del silencio, del Sahel. En los dos días visitamos también los picos de Sindou, una formación rocosa maravillosa: decenas de picos puntiagudos, agrupados en una cadena de varios kilómetros, saliendo en mitad de cultivos de arroz y maíz. Podríamos habernos perdido días por allí, pero unas horas nos bastaron para pensar que aquel lugar era uno de los más especiales del país. 1.000 francos de entrada y otros 1.000 por cada cámara. “Van para el fondo del desarrollo del pueblo” nos explican sabiendo que es un poco abusivo, es como cobrar dos veces… Y por supuesto, también visitamos la cascada (como todo buen pueblo africano que se precie, tiene una) en la que al ver que no llevábamos uno, nos ofrecieron un guía, con cierta insistencia. Cuando vieron que no nos interesaba contratar un guía para que nos explicara la altura de la cascada o desde dónde sacar la mejor foto, nos dijeron “el camino para subir está mojado y os podéis patinar o perder”.

Conociéndo algo la psique africana no nos equivocamos: el camino estaba bien señalizado y no tenía ni gota de agua en la que patinarse. En momentos así los remordimientos por no llevar un guía se te quitan. Los argumentos que muchas veces nos dan no sirven o son falsos, se recurre a la mentira para convencernos de la necesidad, cuando como en este caso no existe. De repente el turismo llega a una ciudad y todos los jovencitos quieren ser guías. Se cuelgan el carnet aunque algunos no tengan ni idea. Y pasa a ser fundamental ir con un guía para que te cuente la altura de la cascada, la profundidad del lago o cualquier detalle para nosotros sin demasiada importancia… No cogimos ningún guía con cierta pena: es una buena manera de ganar un dinero honestamente con el turismo, de aprender algunas cosas que no sabrías… pero a la vez, pensamos que otras ocasiones serán más importantes: en visitas a pueblos, etnias, lugares con historia o arquitectura… aun a riesgo de parecer unos insensibles y anti-turistas lo hicimos: pasamos de guías. Y nos arriesgamos a perdernos, nos obligamos a buscar, preguntar, descubrir por nosotros mismos… Al final, resulta que no vimos el baobab sagrado, ni otro par de lugares en la lista de todos los guías… pero no nos importó demasiado.

Bobo-Dioulasso fue nuestra última parada antes de Malí, por apenas unas horas. La segunda ciudad del país es como un gran pueblo: tranquilo, sombrío, polvoriento. Paseamos por el bazar; por su impresionante mezquita, encalada, con palos clavados en el adobe (soporte para las reparaciones que tienen que hacer regularmente al adobe); por sus calles oliendo a partes iguales a cloaca, jazmín o a carne de cordero asando en las parrillas… Compramos crema de karité, música de artistas que no conocemos y una máscara de madera impresionante. Degustamos el fast food local: hamburguesa de chopped, con mucha mayonesa, un manjar como podéis imaginar, los fantásticamente dulces yogures locales y nos quedamos con ganas de probar lo que ellos mismos llamaban “horchata”. Sí, como suena, zumo de chufa…

No había tiempo para más: había que descansar. A las 5 de la mañana del día siguiente partíamos rumbo a Bamako, Malí.

Aprenda a bailar el dengue

Algunos de ustedes se preguntarán porqué el punto rojo del mapa no se ha movido de Ouagadougou durante dos semanas completas. Nos hemos quedado porque he participado en un curso intensivo de dengue. No es que me hubiera propuesto aprender a bailarlo, simplemente me tocó en un sorteo una inscripción al cursillo y tuve que aprender.

El dengue es un baile de pareja, lo que en un guateque se llamaría “un agarrao”. Bailar el dengue es muy fácil: sólo hay que dejarse llevar por el maestro. Así es cómo se hace.

Al principio el ritmo es suave, pausado, el maestro te lleva sin prisa y durante cuatro días te deslizas por la pista de baile con algo de fiebre y un ligero dolor de cabeza.

Los siguientes cuatro días el ritmo va in crescendo, la velocidad del baile aumenta y el maestro te arrastra frenéticamente por la pista, te lleva de un lado a otro sin descanso, te zarandea, te lanza al aire y te recoge in extremis… lo que hace que la fiebre aumente y aparezcan los sudores. En esta fase también se introduce un zapateado endiablado y unas palmas furiosas, lo que provoca un dolor de cabeza insoportable.

A partir de aquí, la música va decayendo y con ella la velocidad del baile y de la fiebre y los dolores que la acompañan. Y en estas estaba cuando, afortunada de mí, volví a ser agraciada con otro premio: fiebres tifoideas, lo que me tuvo en la pista de baile, con fiebre, diarrea y vómitos, unos cuantos días más…

En total han sido quince días sin parar de bailar que me han dejado agotada. Lo único que lo ha hecho un poco llevadero ha sido Pablo, que desde la barrera estaba pendiente en todo momento de los avances del baile y me enjugaba el sudor, me daba agua y me animaba a aprender rápido para que el maestro me dejase ir lo antes posible. Sí, han sido quince días muy duros, sobre todo porque a mí nunca me ha gustado bailar…

Levando anclas, desde Ouagadougou y con amor

Y nuevamente Roge Blasco, después de la última entrevista que hicimos en Namibia, se ha acordado de nosotros en la entrada de año. Conectamos hace dos días con su programa La casa de la palabra y charlamos diez minutillos sobre nuestro viaje.

Para los que solo quieran escucharnos a nosotros, salimos por el minuto 20, más o menos.

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